Por: Juan Sánchez-Mendoza21/03/2011 | Actualizada a las 23:30h
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Contienda sexenal se estimula desde Los Pinos Y lo adelantado del proceso ¡no es cosa
fortuita! Con tanta ‘grilla’ la gobernabilidad está en
riesgo El alcalde de Río Bravo reconoce labor de Egidio En medio de un clima de
incertidumbre, los diversos actores políticos que operan en el ámbito nacional
ponen en práctica sus estrategias para no ser marginados de lo que se ha dado
en llamar la sucesión adelantada, que hoy (igual que en 1999 y el 2005) se
distingue por la confrontación y el desgaste permanentes. Esta realidad que impacta de
manera directa la tranquilidad y paz social e inhibe el desarrollo del país, es
animada por los principales partidos políticos y grupos de interés que existen
en México. Incluso desde las altas
esferas de la administración pública, incluida la Presidencia de la República. Y es que con la llegada de la
ultraderecha al poder --en el 2000--, entramos a una situación inédita en
cuanto al proceso sucesorio, que no sólo se adelantó en el ocaso del siglo XX
(y repitió seis años más tarde), sino que se salió del control de quienes
debían conducirlo, generando así profundas contradicciones que se salieron de
la normalidad. Igualito que en el presente. En el pasado, el sistema
federal determinó de manera precisa el procedimiento a seguir cuando tenía lugar
el cambio de autoridad, al nivel más alto, en su estructura de gobierno. De esta forma, al
institucionalizarse el poder en el México posrevolucionario, con la creación de
un partido político de amplia representatividad social que se encargó de
implementar las reglas del juego de la participación política, el problema de
la sucesión presidencial fue algo que estuvo bajo control. En lo formal los sectores,
frentes y movimientos de masas del llamado partido oficial eran los que
“destapaban” a quien con toda certeza sería el nuevo jefe del Ejecutivo
Federal. Pero en realidad, el
mandatario saliente era el responsable de elegir a su sucesor. El juego consistía en
considerar varias alternativas y sopesar en el ánimo de los grupos de interés,
aunque de antemano el jefe de las instituciones de la República ya tuviera bajo
su protectorado al elegido. Todos sabían que “el gran
elector”, en el proceso de cambio de estafeta a nivel Presidencia de la
República, las gubernaturas y hasta algunas diputaciones y senadurías,
correspondía al titular del Ejecutivo Federal. Su poder resultaba
incuestionable y aquellos que osaban contradecirlo simplemente pagaban las
consecuencias con el anonimato y la marginación, en el mejor de los casos. Así operó el sistema político
mexicano durante décadas, hasta que en la época de la sucesión del gobierno
encabezado por Carlos Salinas de Gortari –allá en los albores de 1994--, los
procedimientos se complicaron y los mecanismos de control y transferencia
pacífica de los mandos del poder empezaron a crujir, a grado tal que la misma
nomenclatura cobró una víctima más en la humanidad de Luis Donaldo Colosio
Murrieta, quien fuera asesinado en plena campaña en la colonia Lomas Taurinas,
de Tijuana, Baja California. De ahí en adelante inició la
debacle de la institución presidencial y su derecho, no escrito, de
imponer al relevo. La última maniobra la hizo el
propio Salinas para meter de emergente a Ernesto Zedillo Ponce de León, quien a
la postre se encargaría de sepultar el esquema sucesorio priísta, pese a que
hizo el intento al término de su gestión. Sin embargo la decisión se
topó con una revuelta ciudadana que sepultó, al menos coyunturalmente, una
tradición autoritaria, engendrada en el seno del sistema político mexicano. Costumbre en desuso Con el triunfo de la oposición
panista en julio del 2000, cuando llegó Vicente Fox Quesada a la Presidencia de
la República, el recetario de formas y entendidos en la manera de hacer
política en el país necesariamente cayó en desuso. México empezó a ser otro, en
tanto que la población otorgó, de manera sabia, el poder en forma equilibrada. Si bien el Gobierno Federal
quedó en manos de un distinguido miembro de la derecha, el Congreso de la Unión
(cámaras de Diputados y Senadores) alcanzó una notable pluralidad, en tanto que
sólo podía avanzar las reformas y acuerdos si se tomaba en cuenta a las nuevas
vertientes opositoras, que, juntas, alcanzaban mayoría y garantizaban así el
equilibrio de fuerzas, como se constata en los análisis serios elaborados al respecto. Por si fuera poco, el discurso
del nuevo Gobierno Federal propendió hacía la profundización de la democracia y
la transparencia de los procesos electorales, que era una tendencia impulsada
por fuertes movimientos ciudadanos a través de los años, lo que incluso cobró
cientos de vidas. Al paso del tiempo, la nueva
administración tuvo que salir de su euforia transformadora, al constatar que
los grupos de interés y la clase política tradicional seguían imponiendo sus
reglas y, a cada paso, dejaba constancia de su enorme poder. También la crítica señala que
el Presidente encontró en dichas inercias un excelente filón propagandístico
que le permitió argumentar a su favor por el incumplimiento de una serie de
promesas que hiciera a la ciudadanía. Como sea, el caso es que ya
sin “reglas de juego” --en cuanto a la sucesión presidencial, merced a la
situación inédita de la alternancia--, analistas, académicos y personajes de la
política coincidieron en señalar que el proceso que en el pasado iniciaba a la
mitad de un mandato, comenzó con la misma llegada de Fox a la residencia
oficial de Los Pinos. Lo mismo ha ocurrido en el
régimen de Felipe Calderón Hinojosa. Gobernabilidad es riesgo Hoy la sucesión adelantada
está en todo su apogeo. Y más porque el propio señor de Los Pinos se encargó de
animar la polémica de manera pública antes de cumplirse el tercer año de su
ejercicio constitucional, al permitir que el tema se abordará no sólo en lo
oscurito, sino en cualquier mentidero político. Así, de cara a sus propios y
más cercanos colaboradores en la administración pública, gobernadores y
legisladores de extracción albiceleste, dio el banderazo al hándicap
interpartidista, asegurando que el Partido Acción Nacional (PAN) conservaría
esa posición en el 2012. Nadie dudó, desde entonces,
que fuera un “destape adelantado” a favor de la ultraderecha; y que al respecto
no había reglas a seguir de manera unánime, ya que su desplante no era (ni es
compartido) por los partidos políticos ni por los amplios segmentos de la población. En ese sentido, las
expectativas que se abrieron al llegar Felipe a la titularidad del Poder
Ejecutivo Federal quedaron truncadas, en tanto que justamente él y su equipo se
han encargado de manosear y contaminar el tema. Más aún: debido a su inexperiencia
o mala fe, Calderón Hinojosa y los suyos siguen poniendo en riesgo la
gobernabilidad del país –como en su oportunidad lo hiciera Fox Quesada--,que
hoy se debate en medio de la turbulencia política en tanto los grandes
problemas nacionales se relegan a un segundo plano ante el desencanto de
millones de compatriotas. Se hace camino al andar *** La sana relación política entre el gobernador
Egidio Torre Cantú (PRI) y el presidente municipal de Río Bravo, Juan Diego
Guajardo Anzaldúa (PAN), confirma que con voluntad se pueden alcanzar acuerdos
para el beneficio colectivo sin que la ideología ni los colores tengan nada qué
ver. *** Por eso en la víspera, cuando el mandatario
encabezó los festejos de la XXXV edición del Día del Turista en Nuevo Progreso,
el alcalde hizo un reconocimiento a su labor, por el respaldo que de él ha
tenido y su visión para impulsar con apoyos concretos las actividades
turísticas y comerciales que permitan reactivar la economía de la zona. Em@il: jusam_gg@hotmail.comgolpeagolpe@prodigy.net.mx
Juan Sánchez Mendoza
Ha ejercido el periodismo durante más de tres décadas, alcanzado premios estatales en dos ocasiones; autor del libro "68. Tiempo de hablar"(que refiere pormenores del memorable movimiento estudiantil); autor de ensayos literarios; y reportero de investigación de tiempo completo, acá en territorio nacional y más allá de nuestras fronteras y del continente americano.
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