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Sección: Editoriales / Golpe a golpe

Confrontación al día

Estamos a un mes de celebrar el centenario del inicio de la Revolución Mexicana –considerada el acontecimiento...

Por: Juan Sánchez-Mendoza 19/10/2010 | Actualizada a las 22:41h
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Objetivos revolucionarios, siguen pendientes
¿Cuál justicia social? ¿Cuál tierra y libertad?
La falta de cultura cívica le pega duro al país
De ser pueblo bicicletero, hoy es “chatarrero”
 
Estamos a un mes de celebrar el centenario del inicio de la Revolución Mexicana –considerada el acontecimiento político-social más importante del siglo XX--, y aunque se preparan festejos de todo tipo pa’ honrar a los próceres que en el norte lucharon por la igualdad social y en el sur por la tierra y libertad --igual que a otros caudillos que en el movimiento armado encontraron el mejor camino para acceder al poder--, lamentablemente seguimos jugando con un barril de pólvora.
 
Y es que la descomposición socio-política no aminora.
 
Por el contrario, al paso del tiempo ésta aumenta en intensidad y frecuencia, tanto como la terquedad de querer resolver las diferencias a través de la calumnia y la confrontación.
Cotidianamente surgen en el escenario político batallas campales, escaramuzas y riñas, donde toma parte la mayoría de los personajes que detentan el poder o aspiran a ello.
Es lo que más entorpece el desarrollo del país en cualquier aspecto.
 
Por eso mismo las mujeres y los hombres de buena conciencia que enarbolan un noble ideal en su iniciación política generalmente terminan asidos a intereses facciosos y de camarillas, que tratan a toda costa de tomar por asalto las vertientes absolutas de mando y ponerlas a su servicio en un claro atentado contra las causas comunitarias.
 
Así, la política se pervierte aún más y es utilizada como instrumento de dominio e imposición, pues los hombres de poder insisten en aplicar la receta maquiavélica de que el fin justifica los medios.
 
Los conceptos de armonía y unidad, entonces, no pasan de ser retórica barata, mientras que la moral se convierte en algo raro y fuera de moda; en una práctica propia de los grupos de “la vela perpetua”, si no es que se sitúa en la vertiente de la hipocresía y el cinismo, que, sin temor a equivocarme, ruborizaría al mismo “Alazán tostado” Gastón N. Santos. El celebérrimo cacique potosino de la época revolucionaria, quien concebía a la moral como “un árbol que da moras”.
 
La expresión concreta de esa lucha intestina que se libra a lo largo y ancho de nuestro país, retrata a los políticos de cuerpo entero cual seres cargados de vicios e imperfecciones; individuos enfermos de poder.
 
Se lo comento porque a diario somos testigos, cercanos o lejanos, del surgimiento de nuevos puntos de tensión entre la clase política, en su búsqueda de trepar el andamiaje estructural de dominación para alcanzar la cima y perpetuarse en la misma, o bien conservar el poder.
 
Muestra de ello es que subyacen posturas encontradas que al paso del tiempo se vuelven fundamentalistas, sin que exista poder humano que logre conciliarlas.
 
Por ejemplo, 1) las recriminaciones de Felipe Calderón Hinojosa hacia los gobernadores estatales, porque según él éstos no colaboran con acciones concretas en la lucha contra la delincuencia organizada; 2) el pleito que el señor de Los Pinos sostiene con Andrés Manuel López Obrador desde el 2006; 3) la intestina disputa hacia el interior del PAN por la (todavía lejana) candidatura presidencial; 4) el sainete priísta en el rejuego de la sucesión adelantada; 5) la confrontación entre Marcelo Ebrard Casaubón y el cardenal Juan Sandoval Íñiguez; 6) los sindicatos en contra de lo patrones; 7) el Congreso de la Unión mide fuerzas con el jefe del Ejecutivo federal; y 8) la descomposición que sufren todos los partidos políticos con registro oficial.
 
Entonces, tenemos que el desacuerdo, la descalificación y la estéril confrontación están por doquier. Son expresiones inherentes a los políticos, aunque deseable sería que este fenómeno no trastocara la vida social ni a las instituciones.
 
Problema en casa
 
En el plano local, tenemos ejemplos excelsos y potenciales escenarios que en lo cortito darán mucho de qué hablar. Y más en esta etapa de transición de los poderes Ejecutivo y Legislativo.
 
Por eso desde ahora le adelanto que la lucha por las carteras de la administración pública gubernamental y municipal –ajenas éstas a las posiciones de los cabildos, pues las sindicaturas y regidurías con cargos de elección popular--, serán una verdadera cena de negros (sin aludir al dirigente tricolor).
 
Sobre todo porque algunos aspirantes a repetir como funcionarios y otros interesados en acceder al poder, han dado por soltar la lengua a diestra y siniestra, sin el menor ánimo de respetar los tiempos ni al mandatario en turno.
 
Por el contrario, deslizando rumores avivan el fuego con tanta irresponsabilidad que lo único que provocan es, precisamente, hacerle daño al sistema político estatal y en menor escala al mandatario saliente y al sucesor de éste.
 
Y aún tienen la desfachatez de autonombrarse amigos de ambos.
 
Legalidad en crisis
 
Aun cuando en México existe una amplia y sólida estructura jurídica que norma la conducta entre los individuos a través de instituciones diversas, se adolece de cultura para acatar y respetar las leyes.
 
Tan pronto entra en vigor un nuevo ordenamiento, inmediatamente se incumple pese a tener conciencia de estar actuando al margen de la ley y que en razón de ello podría venir una sanción.
 
Reza un principio jurídico que la ignorancia del precepto no exime de la culpa al infractor, por lo que nadie se salva de verse inmerso en problemas legales, en un momento dado, si como frecuentemente ocurre soslayamos nuestras obligaciones como personas y ciudadanos.
 
Lo peor del caso es que como “buenos mexicanos” tenemos especialización en retorcer leyes y reglamentos, o en encontrarles las interpretaciones que más nos favorezcan.
Otra salida es recurrir al “influyentismo” o de plano al cohecho, a fin de no ser alcanzados por el brazo de la justicia ante un ilícito cometido.
 
En el colmo del cinismo hemos oído hasta la saciedad la ordinaria frase que se sostiene que las leyes se hicieron para violarlas; y a fuerza de tanto escuchar el absurdo algo se queda en el colectivo social, como si fuera motivo de orgullo, sin entender que esa actitud conduce a otras peores que son el ejemplo para nuestros hijos.
 
De ahí que las autoridades todas, hoy quieran inculcar de manera sistemática valores cívicos a los niños, adolescentes y adultos, porque tarde se han dado cuenta de que la problemática corroe el tejido social y no encuentran la forma de que la ley se respete.
 
En honor a la verdad, lejos estamos de alcanzar el ideal propuesto por los tres niveles de gobierno –federal, estatal y municipal--, toda vez que el mal es profundo y no se avizora para cuándo la sociedad y sus gobernantes entiendan que este problema nos incumbe a todos.
 
Contribuyen a la descomposición las marcadas diferencias de clase, injusticias y falta de oportunidades para importantes segmentos sociales que, en definitiva, no ven por ninguna parte la famosa y pregonada equidad; menos el respeto a sus elementales derechos.
 
Digamos a la salud, el trabajo y la educación.
 
Claro que el camino para el respeto a la legalidad no es la revuelta o la desobediencia pública ante tanta marginación y desigualdad, pero sí la exigencia de que la autoridad cumpla lo establecido en la ley y predique con el ejemplo.
 
Por eso los valores cívicos y el respeto a la legalidad están en crisis.
 
Pueblo “chatarrero”
 
Hasta hace una década, la vox populi radicada en los dos mil 419 municipios de México se refería a éstos –sobre todo a sus ejidos, rancherías, congregaciones, colonias agrícolas y todo tipo de caseríos--, como pueblos “bicicleteros”.
 
Incluso Ciudad Victoria en alguna ocasión así fue tipificada.
 
Pero vino la modernización citadina; se crearon fraccionamientos y nuevas colonias; se instalaron tiendas departamentales (y siguen instalándose); se abrieron maquiladoras y en los mismos diez años hubo crecimiento urbano, con lo que el hoy llamado “Corazón de Tamaulipas” dejó de ser un “pueblo bicicletero”.
 
Pero ¡oh!, triste desilusión, para convertirse en un pueblo “chatarrero”.
 
Y la culpa la tuvo Vicente Fox Quesada.
 
Sólo él, al decretar la regularización de vehículos de procedencia estadounidense, que no son otra cosa que pura chatarra.
 
Y esa chatarra es la que más problemas ocasiona a Ciudad Victoria, como bien lo reflejan los índices de choques, infracciones de tránsito, de congestionamiento vial, de accidentes sangrientos y de desorden.
 
En fin, cada día somos más democráticos. ¿O no?
 
Em@il:
jusam_gg@hotmail.com golpeagolpe@prodigy.net.mx

Juan Sánchez Mendoza
Ha ejercido el periodismo durante más de tres décadas, alcanzado premios estatales en dos ocasiones; autor del libro "68. Tiempo de hablar"(que refiere pormenores del memorable movimiento estudiantil); autor de ensayos literarios; y reportero de investigación de tiempo completo, acá en territorio nacional y más allá de nuestras fronteras y del continente americano.
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