Mañana se cumplen 42 años de la masacre estudiantil acontecida en la Plaza de las Tres Culturas del complejo habitacional Nonoalco-Tlatelolco (Distrito Federal)...
Por: Juan Sánchez-Mendoza01/10/2010 | Actualizada a las 08:23h
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+ A 42 años, no se olvida la masacre estudiantil de 1968 + Se han editado cualquier cantidad de libros al respecto + Oficialmente se deslinda de responsabilidad a políticos + Lo cierto es que se apostaba a la sucesión adelantada Mañana se cumplen 42 años de
la masacre estudiantil acontecida en la Plaza de las Tres Culturas del complejo
habitacional Nonoalco-Tlatelolco (Distrito Federal), y aunque legalmente Luis
Echeverría Álvarez ya fue exonerado del genocidio, la opinión pública lo sigue
considerando culpable. En consecuencia la historia
oficial de ningún modo fincará cargos al ex mandatario --cuyo período
constitucional fue entre 1970 y ‘76)--, quien se desempeñaba como secretario de
Gobernación cuando empezó, hizo crisis y se aniquiló la asonada juvenil en
1968, ni a Gustavo Díaz Ordaz (en ese entonces Presidente de México); pero
tampoco a los políticos y funcionarios federales (de la época) involucrados en
ese movimiento de masas tanto como en cruento suceso, por lo que su
responsabilidad sólo habrá de permanecer en los textos que sin tomar en cuenta
la opinión gubernamental han sido publicados a los largo de cuatro décadas. Y de eso existe una amplia
bibliografía. Algunas precisiones La masacre ocurrida el 2 de
octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas no fue, de ningún modo, todo
el movimiento estudiantil. Sí su fase más deplorable,
cierto, pero nunca el alma del conflicto que como características principales
tuvo la anarquía, la deslealtad y la traición de quienes no respetaron los
acuerdos entre el Gobierno Federal y el llamado Consejo Nacional de Huelga
(CNH). Esa insurrección juvenil la
aprovecharon varios precandidatos a la Presidencia de la República, buscando
así presionar a Gustavo Díaz Ordaz para que adelantara el rejuego sucesorio. Éstos eran Luis Echeverría
Álvarez, Alfonso Corona del Rosal, Emilio Martínez Manautou y Marcelino García
Barragán, quienes despachaban como secretario de Gobernación, jefe del
Departamento del Distrito Federal, secretario de la Presidencia de la República
y secretario de la Defensa Nacional, respectivamente. Como fundamento de esta
hipótesis, hay testimonios que refieren que luego de muchos coqueteos,
desaires, agresiones, vituperios, retos y una que otra mentada de madre, el
Consejo Nacional de Huelga y el Gobierno Federal establecieron un puente de
negociación. Por el lado oficial: Jorge de
la Vega Domínguez y Andrés Caso Lombardo; y por el CNH: Marcelino Perelló,
Gilberto Guevara Niebla, Luis González de Alba, Raúl Álvarez Garín, Anselmo
Muñoz Juárez, Félix Lucio Hernández Gamundi y Florencio López Osuna. El mediador: Fernando Solana
Morales, entonces secretario general de la Rectoría; y los escenarios fueron: 1) la casa del rector Javier
Barros Sierra, y 2) la residencia de Caso
Lombardo. Sin embargo los historiadores
soslayan hablar de esas reuniones, a no ser que lo comenten en público, porque
entonces la manipulación que pretenden hacer de la historia ya no obedecería a
las instrucciones recibidas por sus mecenas. La cercanía de la Olimpiada
(otoño de 1968), por otra parte, sirvió de pretexto a los funcionarios más
interesados en la sucesión presidencial, cuando sugirieron a Díaz Ordaz
acelerar el proceso de aniquilamiento del conflicto juvenil, porque, según
dijeron, éste podría servir a intereses desestabilizadores. Y los enumeraron: a) conjura
internacional, b) instigación, c) complot comunista, y d) agitación
profesional. Para sustentar su
recomendación represiva, los desleales burócratas arguyeron, además, que el
movimiento constituía una seria amenaza para el desarrollo de los Juegos
Olímpicos, pues los ojos de todo el mundo estarían sobre México y no era
conveniente, de ninguna forma, que se hablara de agitación social. Menos cuando los organizadores
del evento distribuyeron pegotes en todo el país con el símbolo de éste: una
paloma, significado de la paz. Frente a la duda, el señor de
Los Pinos ordenó I) se expulsara de México a diplomáticos de la Unión de
Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS); II) que se estrechara la vigilancia
sobre Carlos A. Madrazo y Humberto Romero Pérez alias “El Chino” –autor del
mote “El Tribilín”, impuesto a Díaz Ordaz--, porque supuestamente eran los
financieros del conflicto; III) que se echara del país a los líderes comunistas
–aun cuando los rojos de motu proprio se largaron de México mucho antes de
iniciado el movimiento--, y IV) que los dirigentes del CNH, presentados ante él
como agitadores profesionales, fueran capturados. Lucha estudiantil Hasta la víspera de la asonada
juvenil de 1968, diversos grupos independientes (y en algunos casos
extremistas) le disputaban el control político-estudiantil a las organizaciones
académicas sometidas por (algunas) autoridades del Instituto Politécnico Nacional
(IPN), la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la Escuela Normal
Superior (ENS) y la Universidad Autónoma de Chapingo (UACH). Pero ese dominio ínter escolar
no se ejecutaba de motu proprio, sino en connivencia con determinados
funcionarios del Gobierno Federal, bajo el principio de Julio César Cayo:
“Vine, vi, vencí”, ya que sólo de esta forma podría “evitarse” el
desbordamiento de cualquier manifestación previa a los Juegos Olímpicos o
sabotear los intentos de reforma educativa planteados por sus comunidades. Pese a todo propósito de
contención, los estudiantes ya habían demostrado (entre 1956 y 1967) que
ninguna estructura académica (oficial) podía frenar sus legítimas demandas. O
disuadirlos de ganar la dirigencia. Lo hicieron en 1956, cuando se
dio la huelga nacional de escuelas; en el ‘58, inspirados en el movimiento
ferrocarrilero; un año después (en el ’59), al solidarizarse con el magisterio;
en el ‘62 y ‘63, alentando en las universidades de Puebla y Morelia la reforma
educativa; en 1966 durante las huelgas en la UNAM, las Normales Rurales y la
Escuela de Agronomía de Ciudad Juárez; en el ‘67, por la represión contra las
universidades de Sonora y Tabasco; y en muchas otras batallas estudiantiles,
que los libros de texto oficiales no reconocen ni aceptan, pero que sí están
plasmadas claramente en la historia de nuestro México independiente. Mar de confusiones Sobre el tema se han editado
muchos libros –regularmente bajo la autoría de los ex dirigentes
estudiantiles--, pero ninguno de manera oficial, por lo que cada texto ofrece
puntos de vista parciales y quienes los financiaron seguramente lo hicieron
para abono de sus propios intereses. Ya ve Usted que en México los
llamados intelectuales siempre han sido oportunistas. Siempre han hecho sus propias
interpretaciones del movimiento juvenil a lo largo de más de cuatro décadas, y,
al menos durante el conflicto, nunca orientaron a los muchachos ni los
alertaron sobre qué podría ocurrir por enfrentarse al Gobierno Federal. Por tanto, se insiste en que
en 1968 los intelectuales no se mostraron como líderes de opinión, pero en
cambio, años más tarde Carlos Salinas de Gortari cooptó a un grupo de ellos a
través de la revista “Nexos” y coincidentemente son los mismos que siguen medrando
con el pasado, aunque para hacerlo más productivo han retorcido los
acontecimientos. Anarquía en el CNH El claro desorden del
movimiento juvenil de 1968, aprovechado por algunos funcionarios
gubernamentales en su disputa por el poder, fue sencillo alentarlo por la
inercia misma de los jóvenes que al sentirse marxistas y/o maoístas, cuando
menos, confundieron sus desplantes revolucionarios cayendo en la anarquía. En esa doctrina que no tiene
un sustento ideológico firme, sino que preconiza la supresión del Estado. Fue su principal error. De ahí que los más propensos a
la asunción presidencial resulten los autores intelectuales de la masacre, aun
y cuando Luis Echeverría Álvarez siga espetando que Díaz Ordaz fue el único
responsable del genocidio. Esto y más lo revela el libro
intitulado “68, Tiempo de hablar”. De mi autoría, por supuesto. En el contexto afirmo que es
necesario analizar fríamente la rebelión estudiantil del ‘68, sin
apasionamientos, para poder ofrecer la claridad buscada por la opinión pública
durante 42 años. Y para que los jóvenes
conozcan cómo se desarrolló el movimiento estudiantil y cuál podría haber sido
su verdadero significado, pues si se entiende el proceso de la alzada pudiera
comprenderse todo lo demás. De eso estoy convencido,
porque sé que los significados deben encontrarse en los procesos y no,
erróneamente, en las interpretaciones desatinadas de unos cuantos ex dirigentes
de la masa estudiantil que en el martirologio han encontrado su modus vivendi a
lo largo de más de cuatro décadas. Em@il: jusam_gg@hotmail.com golpeagolpe@prodigy.net.mx
Juan Sánchez Mendoza
Ha ejercido el periodismo durante más de tres décadas, alcanzado premios estatales en dos ocasiones; autor del libro "68. Tiempo de hablar"(que refiere pormenores del memorable movimiento estudiantil); autor de ensayos literarios; y reportero de investigación de tiempo completo, acá en territorio nacional y más allá de nuestras fronteras y del continente americano.
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