La legalización de las drogas en México es un asunto que por décadas se ha debatido informalmente, pero hoy cobra especial interés porque hay quienes la proponen...
Por: Juan Sánchez-Mendoza10/08/2010 | Actualizada a las 23:14h
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+ Legalizar o no consumo de drogas, es
intrascendente + En México, el problema real es la inseguridad
pública + Se nota desconcierto gubernamental en torno al
tema + Necesario exhibir a responsables directos de
‘baches’ La legalización de las drogas en México es un asunto que por décadas se
ha debatido informalmente, pero hoy cobra especial interés porque hay quienes
la proponen como panacea a la inseguridad pública que mantiene aterrorizado al
país. De costa a costa y de frontera a frontera.
Sin embargo ninguno de los actores que las vestiduras se desgarran en
torno al tema, abordado en los últimos días bajo el marco del “Diálogo por la
seguridad, evaluación y fortalecimiento” --que se desarrolla en el Campo Marte
de la Secretaría de la Defensa Nacional (SeDeNa)--, ha tenido los tamaños para
reconocer públicamente que el tráfico de drogas y la violencia que
cotidianamente tiene lugar en todos los rincones de la Patria son ya cosas
distintas.
Me explico: 1) quienes se dedican al trasiego nacional, continental e
internacional de enervantes, poco interés tendrían de propiciar ríos de sangre
en el desarrollo de su actividad, pues para ellos más importante resulta seguir
obteniendo jugosos dividendos que apostarle a la pérdida de sus
multimillonarias ganancias enfrentándose a las fuerzas federales: y 2) por
parte de los bandoleros que han sembrado el pánico en nuestro país –cierto, ya
sin el tutelaje de los cárteles del crimen organizado--, la necesidad de
recursos económicos los ha llevado a cometer todo tipo de fechorías, bajo el
argumento de estar peleando zonas de influencia en su disputa por la supremacía
del narcotráfico, cuando han sido las mismas organizaciones criminales con
basto poder económico las que rehúsan su participación en los asaltos
carreteros, secuestros, extorsión, chantaje y otras prácticas malsanas.
Cierto es, sin embargo, que los grupos delincuenciales que generan la
psicosis en todo México en otras épocas formaron parte de los cárteles –y según
advierto algunos continúan bajo la férula de esas gavillas--, pero también hay
que reconocer que derivado de los desprendimientos surgieron y siguen
conformándose bandas delictivas que son, precisamente, las que más causan
terror por sus métodos para obtener recursos.
Esto lo saben las más altas autoridades del Gobierno Federal, pero
inexplicablemente no actúan en consecuencia, sino que generalizan el problema
porque así han querido matar dos pájaros de un solo tiro, cuando debieran
trabajar en dos vertientes: a) diezmar a los cárteles que siguen traficando con
enervantes; y b) emprender una persecución en serio contra los salteadores y
mercenarios que cobran vidas nomás por el placer de matar y robar vehículos
para utilizarlos en sus fechorías.
Es lo que marca la diferencia entre unos y otros.
No obstante, el señor de Los Pinos ha dado en eludir la profundidad del
tema –igual que los políticos que lo generalizan--, y por eso debaten la
legalización de las drogas, como si este fuera el remedio para acabar con la
inseguridad. Legalizar, o no A Felipe Calderón Hinojosa no le interesa legalizar el consumo.
Y no, porque según él eso provocaría que millones de jóvenes se
aficionaran a las drogas tanto como del alcohol y el tabaco, convirtiendo al
país en un paraíso de criminales igual que ocurre en Afganistán o Paquistán.
Sin embargo no toma en cuenta que aun cuando en México los jóvenes
consumidores de enervantes son la minoría --siendo que aquí les son ofertados
en la calle, la escuela y entre sus mismos amigos--, el hecho de legalizar su
consumo quizá no repercuta tanto como sí ocurre en la Unión Americana, donde
comprobado está (y con estadísticas) que al menos el 80 por ciento de sus
jóvenes las consumen.
En fin, es un asunto con muchas aristas.
Pero de que hay la necesidad de conjuntar esfuerzos entre los tres
niveles de gobierno –federal, estatal y municipal--, para enfrentar el problema
de la inseguridad pública, claro que existe. Sobre todo cuando nuestros hermanos, mujeres e hijos ya no pueden salir
a la calle tranquilamente. Inseguridad pública Uno de los más graves problemas que enfrenta el país, sin lugar a dudas
es la inseguridad pública, aun cuando se cuenta con reglamentos y órganos
policiales avocados a proteger al individuo y a la sociedad en su conjunto.
Hasta hoy la delincuencia organizada y hasta la común le siguen ganando
la partida al Gobierno Federal.
Con ello se evidencia que los planes, programas y acciones no pasan de
ser un catálogo de buenas intenciones y un argumento discursivo de los
funcionarios públicos mal llamados nacionales. Habitualmente los medios de comunicación masiva, que sus nichos tienen
en la Ciudad de México y en las entidades federativas, dan cuenta de las
atrocidades causadas por los maleantes, sin que exista poder alguno capaz
frenarlos.
A todas luces priva la impunidad y la irritación ha llegado a tal límite
que la sociedad ya salió de su marasmo y la prensa ha tomado las calles para
expresar su descontento ante la indolencia de la autoridad.
Como respuesta, la administración de Felipe Calderón Hinojosa se ha
dedicado a emitir planes y más proyectos comprometiéndose a profesionalizar las
policías; concluir el registro personal de elementos; coordinar esfuerzos con
las diversas instancias de gobierno; publicar los datos relativos a la incidencia
de delitos federales; incrementar el uso del tiempo de que dispone el estado en
los medios, a fin de profundizar en la cultura de prevención y denuncia del
delito; depurar a la Procuraduría General de la República (PGR) y a la
Secretaría de Seguridad Pública, entre otras medidas.
Sobre los resultados de tantos planes, hace días el señor de Los Pinos
informó, públicamente, que “se ha cumplido con lo propuesto”.
Sin embargo otra es la realidad, y por ello mismo ha modificado su
discurso pidiendo otra vez la colaboración de todo el pueblo de México, además
de las estructuras de poder, para enfrentar el flagelo. Movimientos obsoletos Desde que Calderón Hinojosa asumió el compromiso de combatir
frontalmente al hampa, los delitos federales se han incrementado hasta en un 10
por ciento en relación a los índices registrados anteriormente. Y hay cosas
peores: ante el evidente fracaso en el tema que hoy nos ocupa, el Presidente
trata de enmascarar su gran mentira aduciendo que el Gobierno Federal, de
ninguna manera, considera a la seguridad pública como un asunto terminado, ya
que en este rubro ningún avance es suficiente.
Por fortuna la sociedad civil ya no se deja engañar con la verborrea y
la simulación a que son proclives los encargados de garantizar la seguridad
pública; de ahí que algunas organizaciones no gubernamentales (ONG’s) hayan
cuestionado de inmediato los supuestos logros, al considerar que el régimen
federal desarrolla acciones desde el punto de vista virtual y burocrático para
“curarse en salud.”
Quizá el Presidente, su grupo de asesores y los genios en seguridad
pública tengan buenas intenciones, pero ocurre que es una asignatura en la que
sólo encontramos justificaciones incoherentes, infundadas y por supuesto
mediocres.
Lo que sí hay que reconocerle al grupo en el poder, es su gusto por la
imagen, la mercadotecnia, las relaciones públicas y la propaganda, aunque,
claro, ello resuelve nada. Soberbia
político-administrativa Algunos presidentes municipales electos y diputados locales también
electos, que andan tan mareados que se niegan a contestar el teléfono a ¿sus
todavía amigos periodistas?, confirmando que el poder hace perder el piso a
quienes no están preparados para acceder a los pináculos del ejercicio público de
manera sensata, madura y profesional.
Son, sobre todo, aquellos que ostentan cargos públicos y de
representación popular sin tener el control real y efectivo de las áreas,
municipios y distritos en que han sido habilitados, pues hasta para emitir una
declaración o informar qué hacen actualmente deben pedir permiso a los que en
verdad mandan en Palacio de Gobierno.
Lo peor del asunto es que no alcanzan a entender que los profesionales
de la tecla no buscamos chamba, y que la soberbia, esa sí, es su principal
enemigo.
En fin, como reza otra sentencia popular: “rodando se encuentran las
piedras…” Los baches Ahora que el presidente municipal de Victoria, Arturo Díez Gutiérrez
Navarro, decidido está a corregir los desperfectos que luce la carpeta
asfáltica de esta ciudad capital, creo necesario proponerle que su
administración obligada está a deslindar responsabilidades, so pena de que él,
los síndicos, regidores y hasta los funcionarios administrativos, sean el
centro de la crítica ciudadana que transita sobre una carpeta asfáltica más
peligrosa que cualquier campo minado.
Hasta donde estoy enterado, en el tendido del asfalto que de día se
ejecutó (pese a la molestia de los ciudadanos victorenses por los
congestionamientos viales provocados) intervinieron las constructoras que
supuestamente concursaron y ganaron la adjudicación de los trabajos merced a su
oferta de:
a) Realizar los trabajos sin alterar la circulación de los automotores; b) Aplicar asfalto de calidad inmejorable; c) Terminar con el problema de baches, y d) Ejecutar un trabajo que sorteara cualquier inclemencia del tiempo. Sin embargo las lluvias registradas en los últimos días en Ciudad
Victoria han exhibido, al menos: 1) La aplicación de materiales de dudosa calidad en el tendido de la
carpeta asfáltica; 2) Apatía en el control de calidad; y 3) Desconocimiento técnico para ejecutar trabajos de tal magnitud. De ahí que Arturo Díez Gutiérrez Navarro, en su calidad de alcalde, esté
obligado a deslindar responsabilidades pa’ que los citadinos conozcan quiénes,
cómo y por qué lograron dividendos cuantiosos en su simulación.
En caso contrario la crítica ciudadana, repito, a él lo señalará con
índice flamígero cuando de antemano sabe, lo sé y lo advierte el grueso de
quien pueblan Victoria, Arturo nada tuvo que ver con la asignación de contratos
para el tendido del asfalto. Em@il: jusam_gg@hotmail.com golpeagolpe@prodigy.net.mx
Juan Sánchez Mendoza
Ha ejercido el periodismo durante más de tres décadas, alcanzado premios estatales en dos ocasiones; autor del libro "68. Tiempo de hablar"(que refiere pormenores del memorable movimiento estudiantil); autor de ensayos literarios; y reportero de investigación de tiempo completo, acá en territorio nacional y más allá de nuestras fronteras y del continente americano.
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