A menos que los aludidos en un arranque de honestidad demuestren lo contrario, me atrevo a asegurar que ningún candidato a gobernador, alcalde o diputado de mayoría...
Por: Juan Sánchez-Mendoza24/06/2010 | Actualizada a las 23:14h
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+ Opositores al
PRI no crecieron por no hacer campaña + ¿En qué gastaron
el dinero del pueblo que se les dio? + Recurren al
juego sucio ¿para justificar desviaciones? + Los cacicazgos
devaluados, no son garantía de nada A menos que los aludidos en un arranque de honestidad
demuestren lo contrario, me atrevo a asegurar que ningún candidato a
gobernador, alcalde o diputado de mayoría relativa –de los que este proceso
electoral visten camisetas de los partidos políticos opositores al tricolor--,
de motu proprio estaría dispuesto a ofrecer una explicación seria y convincente
del destino que han tenido (o tuvieron) los recursos económicos que (se supone)
en tiempo y forma recibieron para sus campañas proselitistas. No podrían ellos argumentar que los dineros fueron
canalizados a su promoción mediática, puesto que las transmisiones de sus
mensajes en la radio y la televisión se dieron equitativamente y sin cargo a
sus monederos, tal y como lo establece claramente la reglamentación electoral. Y tampoco tendrían argumentos valederos para justificar
el gasto en la impresión de promocionales –como son las gorras, calcomanías,
llaveros, pancartas, espectaculares, bardas, camisetas y desplegados en la
prensa escrita, amén de otros rubros--, pues en los 43 municipios de la
geografía estatal su propaganda es escasa, casi nula, al menos en el aspecto
óptico (que los eruditos en la mercadotecnia llaman impacto), lo que anima la
sospecha de que muchos de ellos vieron la oportunidad de ser candidatos más como
un negocio personal que como la posibilidad real de acceder a las posiciones en
juego para demostrar su capacidad de servicio. Ignoro el monto de los recursos entregados a cada
candidato, en cuanto a prebendas legales se refiere, pero advierto que éstos
quizá fueron multiplicadas con la contribución de algunos sectores sociales
igual antagónicos al PRI. Por tanto, la escasa penetración de esos candidatos en el
ánimo ciudadano –considerando la estadística de Consulta Mitofsky--, me lleva a
presumir que en gran parte obedece a su indolencia para desarrollar campañas y
al “clavo” que a algunos les solucionaría sus problemas económicos inmediatos y
a otros la sobrevivencia sin trabajar, hasta el día en que nuevamente se les
requiera para prestarse al juego de la simulación democrática interpartidista. Intervención
desaseada El juego sucio es característica inherente de los
políticos opositores al tricolor que no pueden justificar, con trabajo propio,
las candidaturas que ostentan. Y menos cuando los recursos del pueblo otorgados a su
promoción electoral ya forman parte de sus fortunas personales. Por eso gustan soltar rumores a la prensa que no alcanzan
su cometido, merced a la ligereza de los planteamientos –la mayoría de las
veces--, o porque el receptor, por convicción propia, se rehúsa a magnificar
supuestos que en nada contribuyen a la objetividad periodística y sí, por el
contrario, a la real pérdida de credibilidad tanto de él como de la prensa en
su conjunto. Hago este comentario porque (a últimas fechas) algunos
periodistas hemos sido bombardeados con información que refiere ciertos
deslices en la vida privada de algunos candidatos priístas a los ayuntamientos
y al Poder Legislativo estatal, sin que los autores de la embestida se atrevan
a dar la cara. Ya por cobardía, o, como ellos argumentan en el
anonimato, “por razones obvias”. La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos,
es muy clara al consignar que la libertad de expresión debe respetarse siempre
y cuando no atente contra la vida privada de los individuos, pero hay quienes
arguyen que un político no tiene vida privada, en clara alusión a su afán de
ganar espacios a través de noticias escandalosas, con las que intentan lograr
popularidad entre la opinión pública. En lo sucesivo y hasta la víspera de la contienda
comicial del cuatro de julio próximo, seguramente, arreciarán los golpes bajos
que hablen del mal comportamiento de fulano, zutano o mengano (en su vida
privada), sin que nada ni nadie pueda frenarlos aun cuando se tratare de simples
especulaciones, porque igual que los periodistas éticos existen vividores del
oficio que en el chantaje y la extorsión encuentran su modus vivendi. Por lo que respecta a la prensa profesional –los lectores
bien que la ubican--, ésta difícilmente haría eco a la infamia, a la diatriba,
o, en su caso, a la reproducción de versiones que no le constaran. Insisto en el tema porque a mi correo electrónico, a mi
oficina y a mi casa --que es la suya--, han llegado anónimos que consignan
supuestos malos comportamientos de los candidatos del tricolor; su afición por
las drogas, el alcohol y las mujeres; amén de algunas tropelías familiares. Igual hablan de situaciones que sí están enmarcadas en su
actividad política, como son el origen de los dineros presumiblemente ilícitos
que utilizan en sus campañas de proselitismo; el abuso de influencias con las
que buscan lograr su cometido, y algunos actos de corrupción en los que
supuestamente se han visto involucrados. Pero eso es harina de otro costal; y de ello hablaré en
futuras colaboraciones, pues hoy me ocupa simplemente la necesidad de aclarar
que no soy, ni pretendo ser, repetidor de especulaciones ni mucho menos
entrometerme en lo que no me importa; o sea, en la vida privada. Caciques
devaluados Los viejos caciques, cuya decadencia se percibe
cotidianamente, no tienen mucho qué ofrecer a los candidatos priístas a la
gubernatura del estado, los 43 ayuntamientos y las 22 diputaciones locales
uninominales. Sin embargo los abanderados hacen como que les creen y
los otrora amos y señores de las comarcas se ven ridículos pontificando, pues
para nadie es secreto que en la actualidad carecen de fortaleza e influencia
políticas. Además su voto es unipersonal y ya no son capaces de
manejar siquiera a los integrantes de sus propias familias, como lo demuestra
el hecho de que en un mismo clan haya simpatizantes de diversos partidos. Usted seguramente fue testigo, le informaron o simple y
llanamente lo sabe de oídas, que antaño las candidaturas priístas se otorgaban
casi en exclusiva a quienes recomendaban los caciques de la región, porque era
la única forma de garantizar el triunfo. Ellos manipulaban el voto, alentaban el relleno de urnas,
financiaban candidaturas, obstaculizaban otras, controlaban a los funcionarios
de los órganos electorales, ordenaban el robo de ánforas cuando sentían que el
escrutinio sería adverso a su causa, amenazaban a sus opositores, le exigían a
los curas que desde sus púlpitos indujeran el voto, ponían y quitaban
candidatos, y hasta se daban el lujo de administrar los recursos públicos sin
que los representantes populares, “apadrinados” por ellos, osaran oponerse. Ese viejo cacicazgo, si bien es discutible que en otra época
cumplió una función, hoy está casi desaparecido. Pero los que aún creen ejercer cacicazgos no lo entienden
así y por ello se muestran irreverentes ante los políticos más jóvenes que
ellos, quienes les dan coba para no pelear y hacen como que los necesitan en su
aspiración inmediata, cuando en el fondo lo único que les provocan es tanta
pena como diversión, pues sabido es que el tiempo no perdona y a muchos de los
viejos caciques ya se les van las cabras. En cualquier manifestación, mitin, reunión, encuentro,
asamblea o como les llamen a las acciones proselitistas en cada caso,
regularmente asisten varios caciques en decadencia –disfrazando su verdadera
piel de lobo con una de oveja, y haciéndose llamar clase política--, para
dizque avalar al aspirante en turno. Desde su llegada al recinto donde se realiza la actividad
política, el cacique en decadencia recibe atención especial, se le cita
públicamente, se le aplaude --pero eso sí, con mucha simulación--, y en cuanto
se va los comentarios que se vierten sobre su figura son de pena y desprecio. Incluso sé que la mayoría de los candidatos ya poco los
toman en cuenta, por saber que en la actualidad nada representan; que están más
devaluados que el peso mexicano y que su aportación en el terreno político-electoral
vale tanto como la de cualquier otro simpatizante. O sea, un voto. El comentario viene al caso tras observar que en el campo
todavía se dan intentos de cacicazgos, y que estos se fincan en el hecho de que
los dueños del teléfono rural --que también son propietarios de la tierra, el
ganado, las parcelas, los solares, la tienda, la cantina, la veterinaria, el
depósito de cerveza y otros negocios--, creen que igual pueden decidir por sus
semejantes en el terreno político electoral. Pero están equivocados, ya que los
caciques, desde hace muchos años, dejaron de ser sustento del triunfo priísta. E-m@il jusam_gg@hotmail.com golpeagolpe@prodigy.net.mx
Juan Sánchez Mendoza
Ha ejercido el periodismo durante más de tres décadas, alcanzado premios estatales en dos ocasiones; autor del libro "68. Tiempo de hablar"(que refiere pormenores del memorable movimiento estudiantil); autor de ensayos literarios; y reportero de investigación de tiempo completo, acá en territorio nacional y más allá de nuestras fronteras y del continente americano.
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