¿Qué tanto podemos recuperar del pasado? ¿Es el pasado –el personal o el colectivo- un país extranjero donde todo tiene un aire diferente? Puede ser o no
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas14/05/2010 | Actualizada a las 12:11h
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¿Qué
tanto podemos recuperar del pasado? ¿Es el pasado –el personal o el colectivo-
un país extranjero donde todo tiene un aire diferente? Puede ser o no. Lo
indudable es que para algunos siempre tendrá un atractivo múltiple: de la
ensoñación al horror, del olvido imposible a la recuperación posible.
Alguien podría decir que no es éste el caso del historiador. Pero, ¿qué tanto recupera el pasado un historiador?
Gore Vidal habla del pasado como “una comarca inverosímil”, mientras que
Bárbara Tuchman nos sugiere ubicarnos en el contexto preciso del tiempo ido y
Marc Bloch lo define como la “ciencia de los hombres en el tiempo”. Parece más
factible que una obsesión por recuperar los años lejanos –con su carga de
hechos y personajes- se cumpla, ángel o demonio, en el creador literario.
José Emilio Pacheco no ha sido ajeno a esta tentación. Hombre que se ha
rehusado a los ejes viales, a las nomenclaturas planas, al olvido de lo que fue
y nutrió generaciones, logra en Las
batallas en el desierto aprehender una época y llevarla hasta
generaciones posteriores no como un empolvado objeto de museo ni como
daguerrotipo de nostalgias, sino con toda la fuerza de algo vivo, cercano,
actual, doloroso.
Las batallas en el desierto. Quizá
poco o nada le diga este nombre a un adolescente de “El Sesteo de las Aves” –aquel
paraje insólito a medio camino entre Monterrey y Saltillo- pero a quien
pertenezca a una generación urbana intermedia entre la-vida-del-barrio en la
capital y la actual asfixia geográfica y social, puede transportarlo
verdaderamente al pasado, a ese país
extranjero cuyos habitantes se nos parecen tanto y son a la vez borrosas
e irreconocibles formas.
Pero el escritor no es historiador sino algo más: quizá, como quería un lector
de Tolkien, un colonizador de los
sueños. Pacheco dice de su libro que es la “crónica falsa de la
verdadera destrucción de la colonia Roma antes del terremoto”. Dividido en 12
breves capítulos, este cuento-¿novela
corta, nouvelle?- es la
narración en primera persona de un hombre que ve a distancia su niñez en
aquella colonia del DeFe con una mezcla de nostalgia, angustia, indignación y
desesperanza, en un tono que reconocerán quienes hayan vivido los prejuicios,
las hipocresías, las fantasías, la perversión educativa, la ignorancia profunda
sobre el hombre, los mitos y la resignación de las clases sociales “en
ascenso”.
El narrador aparece e inicia su plática con el lector como si ambos estuvieran
en el rincón de una de las últimas cantinas de la Roma intentando esa
recuperación del pasado: “Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél?” Y entra de inmediato en una descripción de
cosas, hechos, objetos, costumbres, ideas, que sin necesidad de precisiones
históricas o sociológicas meten al lector al remolino de la época:
“Fue el año de la poliomielitis: escuelas llenas de niños con aparatos
ortopédicos; de la fiebre aftosa: en todo el país fusilaban por decenas de
miles reses enfermas; de las inundaciones: el centro de la ciudad se convertía
otra vez en lagunas, la gente iba por las calles en lanchas...”, no obstante lo cual “México tiene
forma de cornucopia o cuerno de la abundancia” y había en marcha un proceso de modernización
social que incorporaba al lenguaje nuevos términos: “tenquíu, oquéi, uasamara,
sherap, sorry…” y transformaba las
costumbres hasta que “únicamente los
pobres seguían tomando tepache y nuestros padres se habituaban al jaibol
que en principio les supo a medicina”.
En este México de la posguerra, de las clases medias con pretensiones
avecindadas en la capital, Pacheco construye a su personaje, Carlitos, a través
de los recuerdos de Carlos-adulto y recupera la sicología de una época, de una
clase, de un ambiente:
“Había tenido varios amigos pero ninguno le cayó bien a mis padres: Jorge por
ser hijo de un general que combatió a los cristeros; Arturo por venir de una
pareja divorciada […] Alberto porque su madre viuda trabajaba en una agencia de
viajes, y una mujer decente no debía salir de su casa”.
Después de este párrafo no hay necesidad de que Carlos-adulto entre en detalles
sobre los prejuicios familiares que explican la satanización a su primer amor
infantil: “Todos somos hipócritas, no
podemos vernos ni juzgarnos como vemos y juzgamos a los demás. Hasta yo que no
me daba cuenta de nada sabía que mi padre llevaba años manteniendo la casa
chica de una señora, su ex secretaria, con la que tuvo dos niñas”.
Es la suya una familia de segunda generación después de la revolución,
profundamente enemiga de la clase gobernante, de los “pelados” que se alzaron
con el poder y luego no vacilaron en atacar a la Santa Madre Iglesia, pero al
mismo tiempo corroída por la envidia hacia ellos. En el mundo de esas familias
todo es ordenado, todo tiene una jerarquía diseñada en una instancia superior,
que si bien ha sido violentada momentáneamente -la venida a menos de las
familias “decentes”- no ha perdido la esperanza de recuperarse cuando los
ladrones en el poder fueran puestos en su lugar. Y aun amenazada por desviaciones
de otra naturaleza, como la “casa chica” del padre o la lujuria del hermano
mayor, perdurará siempre y cuando las cosas no se vean y de ellas no se hable,
cuando se decida que “lo malo”
no es tal.
Así, las sirvientas a las que el hijo mayor acosa son despedidas por “provocar
al joven”, y las infidelidades del padre reciben vagas alusiones de la
“verdadera señora” sólo cuando la situación económica se ve resentida por “ese
otro” gasto. En cuanto el padre prospera nadie vuelve a mencionar la existencia
de la “casa chica”.
En este ambiente, pues, un enamoramiento infantil de Carlitos cae como una
bomba. Es algo que no se puede ignorar como a la “casa chica” del padre, o la
calentura del hermano, o los fraudes fiscales en el negocio familiar. Es amor,
y el amor aquí es un gran desconocido, es un germen de peligro, es subversión.
Es explosivo, es corrosivo, va en contra de las leyes de la Naturaleza y de
Dios... es algo que los niños no pueden sentir.
Carlitos le declara ese amor a Mariana, la madre de Jim, su mejor amigo, y le
hace prometer que no revelará el secreto.
Aquélla se muestra comprensiva. Ella es de otro mundo. Pero todo se sabe y la
madre de Carlitos enfrenta a su hijo, pues fue una “mujer pública, una ramera,
la madre de un bastardo”, la
que le arrancó la inocencia: “Nunca
pensé que fueras un monstruo. ¿Cuándo has visto aquí malos ejemplos?” Y decide tomar medidas de fondo: “En cuanto se te baje la fiebre vas a
confesarte y a comulgar para que Dios Nuestro Señor perdone tu pecado”.
El padre, más moderno, enfrascado en el aprendizaje del inglés y la
lectura de textos de teoría empresarial, propone una solución científica para
corregir las desviaciones de Carlitos y lo lleva a un consultorio psiquiátrico,
aunque se pregunta si no estará sufriendo las consecuencias de un golpe en la
cabeza cuando bebé o si su conducta será producto “de la inmoralidad que se
respira en este país bajo el más corrupto de los regímenes”.
La madre atribuye la tragedia a otras causas. “Tenía que suceder: por la avaricia de tu papá, que no tiene dinero para
sus hijos aunque le sobre para derrocharlo en otros gastos, fuiste a caer,
pobre niño, en una escuela de pelados. Imagínate: admite al hijo de una
cualquiera. Hay que inscribirte en un lugar donde sólo haya gente de nuestra
clase... pues en su familia nunca
un escándalo [...] Hombres honrados y trabajadores. Mujeres devotas, esposas
abnegadas, madres ejemplares. Hijos obedientes y respetuosos. Pero vino la
venganza de la indiada y el peladaje contra la decencia y la buena cuna”.
Así pues, Carlitos es separado de ese medio bajuno, alejado de su amor,
sometido, y su pecado echado al clóset familiar donde, Dios mediante, poco a
poco sería cubierto por el polvo del olvido. Sin embargo se entera de que la
madre de su amigo –Mariana- se ha suicidado, y que su amigo –Jim- terminó
odiándolo.
Al negarse a perder el objeto y el recuerdo de ese primer amor suyo, corre al
edificio de departamentos donde conoció a Mariana y ahí se enfrenta a la otra
siniestra mitad de esta sociedad que cierra los ojos ante lo feo y ante el
pecado, que también es capaz de borrar físicamente aquello que prefiere no
haber vivido: nadie habla de Mariana, todos niegan su existencia. El poder del
amante, quien supuestamente la llevó al suicidio, se ha encargado de obliterar
su memoria. Carlitos sólo puede refugiarse en el llanto. Luego viaja al
extranjero a estudiar, y a fin de cuentas el recuerdo se le diluye hasta que
únicamente puede recuperar “sólo
estas ráfagas, estos destellos que vuelven con todo y las palabras exactas aunque
sabe que….existió Mariana, existió
Jim, existió cuanto me he repetido después de tanto tiempo de rehusarme a
enfrentarlo. Nunca sabré si el suicidio fue cierto […] Demolieron la escuela,
demolieron el edificio de Mariana, demolieron mi casa, demolieron la colonia
Roma. Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de
aquellos años. Y a nadie le importa: de ese horror quién puede tener nostalgia.
Todo pasó como pasan los discos de la sinfonola. Nunca sabrésin aún vive Mariana. Si viviera tendría
sesenta años”.
Veo fotografías de José Emilio en la
recepción del Cervantes. Usa bastón. Me pregunto si en su pasado vive la
memoria de aquellas mañanas de domingo en que él y Carlos Mosiváis fatigaban a
Edmundo Valadés con la lectura de sus primeras letras, y pienso que tal vez en
un rincón de su memoria recuerde a otro muchacho, mi homónimo en la vida real,
que se abría paso entre las montañas de libros de su casa al costado de la
Hacienda de La Hormiga para sentarse frente a él y escuchar embelesado sus
historias hora tras hora. (Continúa).
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