Por: Clara García14/06/2013 | Actualizada a las 09:37h
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Cuando
le dieron la plaza de preescolar a la maestra Alicia, la mandaron a una
comunidad de San Felipe Torres Mochas en el estado de Guanajuato. Nunca supe a
ciencia cierta cuál fue su impresión al llegar, por primera vez, a la comunidad
para darle clase a un grupo de niños que vivían en la marginación. Solo
recuerdo que platicaba que vivían en la más espantosa pobreza.
Cuando iba de vacaciones a casa se le veía contenta, platicaba anécdotas de
“sus niños” como ella les decía y les llamaba por su nombre, también de las
mamás y de los corajes que hacía con el tortuoso sistema educativo.
Nunca descasaba, siempre estaba recortando cosas; cuando salíamos a la calle
recogía cuanta madera, bote o fichas le fueran útiles para fabricar material
didáctico, era fines de los años 80 y en ella conocí a la primera mujer
recicladora. Cuando la onda ecologista aun no llegaba con fuerza, era capaz de
trasformar un bote feo en un elegante portalápices, un cartón en una funcional
caja para guardar cosas o fichas enlodadas en coloridas piezas para jugar.
Conforme pasaron los años logró cambiarse a un jardín de niños en la cabecera
municipal, ahí la visité varias veces y aprovechamos para irnos a recorrer los
lugares históricos de Guanajuato, para entonces me di cuenta que a ella le
gustaba vivir allá, tal vez porque se respiraba mucha historia y cultura, que
contrastaba con el páramo del Norte.
Le gustaba su trabajo y creo que lo hacía bien porque en muy pocos años le
dieron un espacio en la dirección de educación preescolar en Guanajuato
capital, cuando se enteró del accenso le dio gusto, pero creo que no le duró
mucho tiempo porque ella misma descubrió que lo suyo, lo suyo era estar en la
escuela, le aburrió la burocracia hasta el punto de empezar a enfermarse.
Fue entonces cuando decidió regresar a la comunidad, esta vez a Castillo,
perteneciente al municipio de Apaseo el Grande, así, se fue a residir a
Querétaro donde fundó casa y familia e iba a la comunidad que le quedaba a 10
minutos; se convirtió en directora del jardín de niños e hizo de las suyas.
Como le tocó ponerle nombre al jardín lo bautizó con el de uno de sus teóricos
favoritos de la educación Augusto Federico Fröebel, educó a las madres para que
les dieran de comer a los niños antes de mandarlos a la escuela, a sus compañeras
maestras les enseñó formas de trabajo eficientes y aquella escuela rural se
convirtió en una escuela de calidad, mucho antes de que el concepto fuera
concebido por la burocracia educativa.
De carácter recio, obstinada en sus ideas, corta de mecha y poco tolerante con
lo que se hace mal, temida por madres de familia y algunas de sus compañeras,
había una magia de trasformación en ella cuando trabajaba con los niños, la
expresión en el rostro le cambiaba y era tan amorosa que los niños la seguían
en todas las tareas y cada vez que podían corrían a abrazarla.
En busca de la eficiencia, cada vez que tenía un tropiezo con la tramitología
oficial explotaba contra el sistema y se le fue acentuando el deseo de hacer
las cosas por su cuenta para poder trabajar sin atadura y como ella consideraba
que debía funcionar la educación preescolar; así, lo que en sus primeros años
de trabajo era una quimera, conforme fue pasando el tiempo se trasformó en una
necesidad personal.
Remando contra la corriente y soportando condiciones leoninas abrió su Jardín
de niños en Querétaro, renunció a su plaza ante el asombro de todos y apostó
por su vocación y sus ideas, toda la energía.
Confieso que siempre tuve reservas por esa decisión, yo defensora de la
educación pública, que siempre he considerado que la educación privada solo
tiene fines de lucro y de estatus, y sabía que sus razones no eran esas. Muchas
veces con ánimo de provocarla le insinuaba que era maestra de colegio
particular y siempre respondía con orgullo, que te pasa, no se me olvida que
fui maestra rural y a mucho orgullo.
La semana pasada invitó a toda su familia a la celebración de los 10 años del
Colegio Enrique Laubscher, ella como su directora agradeció a todos su
presencia; ha dejado de ser solo jardín de niños y ofrece servicios de
primaria.
Alicia, mi hermana mayor, es ejemplo para mí y para todos, cuando el amor al
trabajo es capaz de llevarnos a donde queramos. Además de convencerme, que no
siempre el lucro es el objetivo de la educación que los particulares imparten.