Por: Ricardo Hernández 24/05/2013 | Actualizada a las 09:34h
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Ya
es el momento de poner fin a este juego. Combatir nuestro silencio con el
silencio mismo, es una gran estupidez, hagámoslo de otra manera, a mi manera,
de ser posible.
El haber dado el primer paso para mí fue difícil, pero no tanto como yo lo
imaginé. En cambio, a ti te vi titubear; perdiste el semblante, palideciste,
pues nunca, en nuestra vida sentimental, te había visto tan sorprendida como
esa última vez que estuve frente a ti. ¿Te asustó verme con mucha seguridad?
¿Mi tranquilidad? ¿La frialdad de mis decisiones? Sin embargo, te reconozco,
sigues siendo la chica inteligente ¿o astuta? Arrojaste a la mesa, una
excelente segunda carta. Te felicito.
¿Ahora, piensas jugar con la paciencia? ¡Qué virtudes tan increíbles tienes!
“La paciencia es de sabios” Leí en un buen libro. Pero a ti nunca te vi leer
uno siquiera. Doble mérito. No pienso seguir en tu misterioso juego: ¡cerremos
el círculo!
Cuando te dije que había algo que aún no me habías entregado, no me refería
precisamente a la maleta de ropa, sino a la palabra clave, a la expresión, a la
frase. Esa palabra que usaste en repetidas ocasiones, con la cual llegaste a
taladrar más allá de la profundidad de mi alma; luego hiciste de la palabra
amor, algo fastidioso y superficial. ¿Lo recuerdas?
Decidamos. Comencemos a cerrar el círculo. Que en nuestras vidas, nada quede en
puntos suspensivos.
Esta vez no te quedes callada: habla. Sabes perfectamente que ya di el primer
paso, pero no fue el definitivo como yo lo imaginé. ¡Qué juego tan misterioso!,
¡abrumador!, ¡desesperante!; ¡no le encuentro ningún sentido! Ahora te toca a
ti. Juntos, abrimos el círculo. ¿No es cierto?
Debes reconocer que el silencio sólo te sirve como estrategia, pero no como una
solución, no en este caso.
Durante varios años, en nuestro primer rompimiento, enamorado de ti y alejado
de tu presencia, te llevé en mi mente como una callada nostalgia. En mis sueños
te apareciste y no perdí la ocasión de suplicarte que perdonaras mi error, del
cual yo me reconocía como culpable por no haberte comprendido.
Al amanecer de todos esos días grises, te imploraba una reconciliación.
¿Cuántos años pasaron desde entonces? Pero todo eso era como consecuencia de
que el círculo había permanecido abierto, lo dejamos así. Por eso, en el
momento en que regresé a buscarte, fue sólo para cerrarlo definitivamente, para
que ya no te aparecieras en mis sueños, para que mi espíritu estuviera en paz;
tú no te atreviste a nada.
¿Por qué deseas repetir la historia? ¿A qué le tienes miedo? ¿No eres una chica
inteligente? ¡Ibas bien en el juego! ¡Tus cartas eran perfectas!
Pero debes saber que para que exista un ganador necesariamente debe haber un
perdedor, y en esto del amor, no hay empates, alguien de los dos tiene que
asumir las consecuencias.
Yo, lo hice la primera vez. Y cuando regresé a buscarte, en lugar de cerrar el
círculo, lo abrimos más; Estoy consciente que todo ha valido la pena; si tú no
quieres sentirte una perdedora, no te preocupes, para mí nunca lo serás.
Saber ganar, es para mí, saber perder y yo me reconozco como buen perdedor. Por
segunda vez, te felicito.
En esta ocasión, te pido que cierres el círculo de nuestras vidas. Que no quede
nada inconcluso, porque después los recuerdos se vuelven fantasmas y la mente
comienza a alimentarse de ilusiones.
Quiero escuchar de tus labios que ya no me quieres, eso fue lo que te pedí la
última vez y no la maleta de ropa; eso es lo que te pido ahora, sólo como una forma
de cerrar el círculo, para que el día que yo muera, mi espíritu pueda descansar
en paz, tanto como el tuyo.
Pronuncia esas palabras mágicas, por favor, si no deseas hacerlo en voz alta, hazlo
en silencio, con tu corazón. Dejemos que, en libertad, la paloma de la paz abra
sus blancas y delicadas alas.
Fue un placer. Buena suerte.
Ricardo Hernández Hernández
Poeta y columnista
Colaborador del portal:” Hoy Tamaulipas” hasta la fecha.
Actualmente estoy cursando un “Diplomado en Creación literaria” en la Biblioteca del Centro Cultural Tamaulipas, con el maestro José Luis Velarde.
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