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Sección: Editoriales / En la Remington

Un síntoma de locura

Por: Ricardo Hernández 20/05/2013 | Actualizada a las 09:55h
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De todo lo que sucedió esa tarde, nada me es posible recordar. Tuve una sensación de angustia tanto que comencé a sentir hormigas recorrer mi cuerpo, lentamente. Al día siguiente, muy temprano, fue un miedo terrible el que se apoderó de mi mente, sobre todo, cuando me enteré de que yo era el presunto depravado que andaba suelto ese día del viernes. No lo podía creer. ¿Yo? ¿Pero yo? ¿Precisamente yo? Pregunté acuciándome con violentos apóstrofes; con los ojos tan abiertos que casi se me salen de las órbitas, tras unas punzadas sobre las sienes que  fluctuaron atrozmente.

Veía mis manos  temblar de nervios, unos nervios desmesurados. Como nada novedoso recordé en ese momento, al despertar y saludar a mi madre, quien había venido a visitarme, por la mañana, casi de urgencia: estaba demasiado azogada, preocupada, aterrorizada.

Se sentó a la orilla de la cama, mientras que yo, trataba de ahuyentar el torpor del sueño dándome ligeras cachetadas. La cabeza me daba vueltas y me dolía. Cuando le dije: “Hola, madre, buenos días, ¿usted por aquí tan temprano?” Inmediatamente supe que nada bueno sucedía a mí alrededor.

Su cabello blanco y largo, partido a la mitad, lo traía recogido con una cinta negra y unos pasadores que apenas así los podía ver encajados cerca de sus orejas, delgadas y finas. Traía puesto un vestido negro y como estaba el clima un poco fresco, se cubría con un suéter del mismo color como para no desentonar.

La conozco  perfectamente y por eso sé que al verle la cara pude saber si en su interior había alegría o tristeza. Al ver su rostro demacrado,  me sentí extraño y preocupado. La memoria la eché andar rápidamente para que se detuviera sobre un asunto relevante, pero con nada tropezó  en ese preciso instante.

Ella cogió mi mano  derecha y  con las suyas, comenzó a darme unos suaves y delicados masajes. Luego, con voz serena preguntó: “¿Qué hiciste ayer, hijo? ¿Recuerdas algo?”

Al escuchar esas palabras que sonaron a un interrogatorio, me sentí confundido. Como ido, comencé a ver a mí alrededor; clavé la mirada sobre el techo de mi cuarto, observé  las paredes grises y rasposas tratando de encontrar  una probable respuesta, pero no pude ser capaz de descifrar nada.

Los últimos momentos de mi vida, los había consagrado a leer a Balzac.

“¿Estas seguro?” “Totalmente seguro” Le respondí. Lo que me dejó con la boca abierta y helado, fue lo que escuché enseguida; lo cual provocó que me volviera el dolor intenso de cabeza y lo que hizo sentirme un asqueroso gusano, un vil hombre, lo peor del mundo, la oveja negra de la familia, un parásito, un animal… ¡La historia que ella, temerosamente, me había platicado, era increíble!

Yo mismo me había dado cuenta que mi voz se estaba apagando, incluso, los labios comenzaron a  agrietarse; sentí mucho miedo, inseguridad; sentí que mi espíritu me abandonaba.

Mi cuarto se había convertido en una tensa atmósfera. Creí que al salir a fuera, alguien estaría esperando el momento para darme con un palo como a la piñata en un cumpleaños.

Mi madre me había informado que durante la tarde del viernes, justo cuando ella acaba de llegar a visitarme y abrió el zaguán, unas personas  con palos y escobas en mano, buscaban, coléricos, a un tipo que había golpeado a una mujer. Mi madre se asomó por la ventana y vio que yo estaba acostado (durmiendo). Ella les dijo a las personas que no sabía nada de lo acontecido, y la gente se retiró enseguida. Mi madre se persignó infinidad de veces. Se quedó en mi casa lo  que restó de la tarde de ese día del viernes. Antes del oscurecer se retiró y  apresurada, regresó muy temprano del día siguiente.

Frente a mí, ella permanecía angustiada. Las características que le habían informado sobre el  tipo violento, coincidían con las mías. Todo indicaba que, al parecer, era yo, el degenerado. La señora de la tienda _decía mi madre_ volteó a ver con mucha insistencia hacia tu casa.

Al escuchar eso, casi me asfixio de los nervios. Vagamente recordé que por la tarde de ayer, bajo un inmenso dolor de cabeza, precisamente  había salido a caminar, pero no alcanzaba a recordar nada claro, la luz de mi conciencia se había apagado de pronto. Sólo me sentí por la noche, acostado en la cama.

Después de que mi madre me hizo ver toda la historia esa mañana, me incorporé de la cama y sin tomar en cuenta la presencia de ella y mientras me vestía, grité con coraje y en voz alta: “¿Acaso ya estaré loco? ¿De ser así porque no estoy en un manicomio? ¿No debo estar encerrado? ¿Será posible que yo haya cometido tan semejante acto bárbaro?”

“¿A dónde vas, hijo?” Preguntó mi madre. “¡Quiero saber si  ya no soy capaz de vivir como la gente¡” De mis ojos ígneos, afluyeron tibias lágrimas las cuales limpié de un borrón con la palma de mis manos.  “¡Voy con la señora de la tienda _repliqué_  ella debe saber la verdad!”

Al llegar a la tienda, guardé  silencio, puse una cara de extrema seriedad. La dueña de la tienda, una vieja  de cara fúnebre que al verme irritado increíblemente había sonreído, por lo que cambié de actitud y le pregunté como si estuviera sorprendido sobre lo ocurrido durante la tarde del viernes. La vieja sólo se limitó a decirme que un matrimonio había andado preguntando por el paradero del esposo de su hija, ya que había andado pasado de copas y entre ellos habían tenido una fuerte discusión. “¡Pero qué es lo que va a llevar, dese prisa!” Me apuró, y (¡ahora!, ¡ahora!, ¡felizmente ahora!) yo, sonriendo, le compré arrebatadamente cinco sobres de café (aunque  iba por uno, solamente).

Al saber todo eso, sentí que volví a la vida, mi semblante era otro distinto. Al contarle la otra historia a mi madre, ella también recobró la paz interior. En una calma estoica, nos abrazamos. Y yo, tuve miedo por primera vez tan sólo de imaginar que algún día pudiera estar loco, aunque al recordar  el intenso dolor de cabeza me hace pensar que es un síntoma ¿de locura?

Ricardo Hernández Hernández
Poeta y columnista

Colaborador del portal:” Hoy Tamaulipas” hasta la fecha.

Actualmente estoy cursando un “Diplomado en Creación literaria” en la Biblioteca del Centro Cultural Tamaulipas, con el maestro José Luis Velarde.
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