Por: Ricardo Hernández 16/05/2013 | Actualizada a las 10:38h
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Elhombre estaba en su casa esa noche.
Extrañamente se había dejado llevar por sus pensamientos. Había sacado del
ropero el traje negro que conservó de su boda, en su juventud, y que combinó
con una camisa blanca alternándola con la corbata color beige.
Hizo un nudo simple a las agujetas de los zapatos negros de cuero ycaminó atropelladamente en la sala principal,
sintiendo, de pronto, súbitos mareos.
Le comenzaron a temblar las manos, las veía como si a través de ellas se estuviera
viendo en un espejo. El corazón le palpitaba a un ritmo acelerado. Había
comenzado a transpirar por todo el cuerpo, a tener un calor sofocante: por
primera vez, tuvo miedo de morir, un miedo que se transformó en un dolor agudo
y helado, y que a su vez se leconcentró
justo, en la boca del estómago.
Se aflojó el nudo de la corbata.Con las
manos, se apretó fuerte el estómago para calmar el dolor; sintió asfixiarse de pronto; bajo un lánguido esfuerzo, trató de que los ojos no se les cerraran por completo.
En medio de la sala, el hombre yacía en el piso; empezó a estremecerse, a contorsionar su
cuerpo como un repugnante gusano.
Miró el foco del techo y creyó ver cuatro focos, un “¿eh?”, salió angustiadamente
desde su interior al despegar sus labios agrietados y resecos.
Se incorporó débilmente del piso y se dirigió a su habitación; encendió la luz
y se detuvo a un lado de la cama; en ese instante, le sobrevino, ahora, un
dolor de cabeza punzante. Una lágrima (quizás la última en esa noche fría y
desolada), resbaló tímidamente sobre la palidez de su mejilla ocultándose por
milimétricos momentos sobre los vellos de su barba blanca y espesa.
Pensó en arrojar su débil cuerpo sobre la cama y hundirse en un sueño virtual,
de ensueño.
Mientras languidecía en sus pensamientos, un viento fresco, casi helado, se
infiltró por una ventana de cristal, la cual se había abierto de golpe a causa
de lo fuerte del viento y la lluvia. Se dirigió hacia la ventana y al tratar de
cerrarla, escuchósu nombre a través de
una voz suave que provenía del jardín cuyas flores rojas y amarillas, sólo
existían en su imaginación. Pensó si tal vez, ya estaría delirando; esa misma
voz la volvió a oír en la habitación, después, escuchó únicamente el silencio pétreo de la
noche.
El hombre, después de cerrar la ventana,
apagó la luz y se acostó en la cama, bocarriba; cerró los ojos lentamente,
olvidándose por completo de su cuerpo viejo y achacado, era preferible morir,
si fuera el momento, soñando y recordando los días de su juventud y de los
buenos instantes de su vida.
Desde hace muchos años que ya no estaba Natalia, su esposa, pero al recordarla,
aquel miedo que sintió en un principio cuando comenzaron a temblarle las manos
y sintió sofocarse, ahora había tenido la sensación de una felicidad, ahora
olía sin dificultad el aroma de las flores rojas y azules cuyos pétalos estaban
desperdigados sobre la cama, en el piso, por todas partes de la habitación:
“¿En qué pedazo de cielo estás, Natalia?
”Presiento que pronto iré a visitarte.
” ¿Sabes? Nunca me he vuelto a casar, Natalia, te he sido fiel, amor mío. De conservar
tu juventud, ¿acaso querrás a este pobre viejo?
”Esta noche temo cerrar los ojos, Natalia. He adelgazado mucho últimamente y
traigo la barba larga y blanca, mis ojos son grandes, esos si los has de
reconocer. Los tuyos, deben ser pequeños y negros. ¿Aún conservas tu cabello
largo? No hagas caso a este viejo loco, jajaja. Hasta pronto, Natalia. Sólo
permíteme preguntarte si tu gato preferido, Asrael, está contigo.
Bunas noches, Natalia…”
El viento frío, volvió a abrir la ventana, la cortina blanca onduló
precipitadamente, yal desprenderse, cayó sobre el cuerpo del hombre, quien, hacía
unos instantes, había dejado de respirar.
Ricardo Hernández Hernández
Poeta y columnista
Colaborador del portal:” Hoy Tamaulipas” hasta la fecha.
Actualmente estoy cursando un “Diplomado en Creación literaria” en la Biblioteca del Centro Cultural Tamaulipas, con el maestro José Luis Velarde.
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