Por: Ricardo Hernández 14/05/2013 | Actualizada a las 09:45h
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Sí.
Yo fui testigo de muchas cosas que sucedieron en esa vecindad; fue una
experiencia escalofriante y aterradora. Cuando llegamos por primera vez a allí,
vi como la gente se nos quedaba mirando fríamente; algunos chiquillos
escuálidos, salieron a recibirnos; sus rostros eran pálidos y la ropa la traían
sucia y desgastada. Sus madres, les gritaron: “¡Vengan acá, niños!” Y ellos,
obedientes, regresaron y se quedaron inmóviles parados en el umbral de los cuartos decrépitos.
Una vez que mis padres bajaron las maletas de ropa y todo lo demás, al pasar
por primera vez, juntos, al interior de la casa (una casa amarilla con puertas
y ventanas de madera, las cuales estaban deterioradas), mi madre y yo,
escuchamos clarito el sollozo de un niño recién nacido.
No hubo tiempo en ese momento para averiguarlo. Yo tenía en ese entonces, doce
años de edad.
Mi madre, dos años antes, me había hablado sobre los duendes que ella había
visto de niña.
Decía que tenía un don especial.Esas
historias siempre me habían gustado, sobre todo, porque las había platicado con entusiasmo. Ella
deseaba _en sus locuras y ya como una señora_ llegar a ver un fantasma, pues estaba segura
de poder preguntarle en donde había un tesoro escondido.
Recuerdo que estando sentado en el piso y recargado sobre las rodillas de mi
madre, emocionado, le pregunté: “¿Y qué pasó con el duende, te hiciste amigo de
él?, ¿qué más veías, cuéntame?” Entonces, mi madre sacaba su repertorio de
experiencias paranormales, y yo las imaginaba, como si las estuviera viendo. Al ver que mequedaba viendo hacia el techo, decía: “¡Recuerda que son puras
historias, nada es verdad!”.
Desde el primer momento en que llegamos a esa extraña vecindad y pisamos por
primera vezlas baldosas color marrón,
ya desgastadas del piso, en nuestra casa, mi madre y yo nos quedamos mirando a
los ojos, intuimos que algo raro habíamos percibido. Durante la primera noche,
ella hizo oraciones yencendió unas veladoras; juntos rezamos por
el alma de lo que creímos, había sido el gemido de un niño.
Cuando hice amistad con Jaime, un chico gordo, de cabello rizado negro y de
carácterdócil, me llegó a decir cierto
día que si ya sabia que en la vecindad espantaban, que salían monjas y que
había un túnel debajo de nuestras casasy siguió añadiendo que vivían allí, niños y niñas.
Luego de escuchar eso, corrí a contárselo a mi madre. Ella se quedó pensativa,
murmuró: “Entonces, por eso… lo del niño… ¿un tesoro?” “¿Quién dices que te
dijo?” Preguntó con curiosidad. “¡Jaime!” _ insistí crispándome las manos y abriendo los ojos como platos, esperando de
ella una respuesta.
Llegué a pensar que todos, en la vecindad, eran personas muertas, y que yo y mi
madre, habíamos llegado al grado de desarrollar nuestro don, esa herencia
psíquica que venía por tradición, pues también la abuela, Petra, podía (según
mi madre) comunicarse con los muertos.
Mi padre, muy alejado de nuestros asuntos paranormales, llegó un día con la
noticia que había conseguido otra casa, de mayor espacio y que deberíamos alistar,
con tiempo, nuestras maletas.
Sóloteníamos un mes de vivir en esa
vecindad. Un día antes de abandonar nuestra casa, estuve conversando por última
vez con Jaime. Era una mañana cálida cuando nos sentamos en unas piedras
grandes,bajo la sombra de un árbol de
mezquite, me preguntó, Jaime, un poco
intranquilo, si estaba enterado de lo
que había pasado la noche anterior. Le dije que no sabía ni había escuchado nada.
Me contó que a don Faustino, el velador, había estado gritando, pidiendo
auxilio, porque se le había aparecido un señor con una mano mutilada, sangraba,
así mismo, una niña como de cinco años, le pedía galletitas, pero don Faustino,
de tan grande impresión, aparte de gritar, comenzó a buscar ayuda por toda la
vecindad.
Como era de madrugada, nadie le habría la puerta, hasta que alguien, por fin,
se apiadó de él.
Cuando le expliqué todo eso a mi madre, ella volvió a preguntarme con gran
preocupación: “¿Quién dices que te cuenta todo eso, hijo?” _le respondí
tímidamente, sentí como mi cuerpo se fuehelando poco a poco, desde los pies hastalas mejillas, en las manos, pues estaba
seguro de haber leído la respuesta en el rostro expresivo de ella, en los ojos
negros sin parpadear, en ese silencio lúgubre, en las manos que hasta entonces
sentí tiesas y frías como las de un cadáver, colocadas sobre mis hombros.
“Mañana temprano nos vamos” _dijo ella, un poco confundida. Y yo intrigado por
lo de Jaime, le pregunté: “¿Qué pasa con Jaime?” Ella, apoyó nuevamente sus
manos sobre mis hombros, y dijo: “Tienes el don de tu abuelita,
hijo…Jaime…Jaime…es un fantasma”.
Al día siguiente muy temprano, salimos apresurados, junto con mi padre.
Ricardo Hernández Hernández
Poeta y columnista
Colaborador del portal:” Hoy Tamaulipas” hasta la fecha.
Actualmente estoy cursando un “Diplomado en Creación literaria” en la Biblioteca del Centro Cultural Tamaulipas, con el maestro José Luis Velarde.
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