Por: Clara García10/05/2013 | Actualizada a las 09:42h
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Solo
dos veces en mí vida he comido quelites, las dos preparados por Rosa, la
querida tía de mis sobrinos maicenses; cuando recuerdo su sabor, salivo y
confirmo que son de los platillos más exquisitos que he comido en mi vida. No
había mayor ciencia en su preparación más que la sazón que ella les ponía, una
pizca de amor.
Habíamos llegado al atardecer al Capulín, una comunidad enclavada en la
planicie del municipio de Ciudad del Maíz, ella apurada entre el quehacer de la
casa y el gusto de la visita, nos ofreció como es costumbre allá, algo de
comer. “¿Te gustan los quelites?” Me preguntó, yo era una adolecente que hacía
el papel de acompañante cuando mi cuñada iba a visitar a su familia, lo que
siempre me emocionaba.
Cuando le contesté que no los conocía, me tomó de la mano y me dijo “entonces
vamos a cortar unos para cenar”, esa noche probé uno de los sabores mas
inolvidables de mi vida; estaban guisados con tomate y cebolla en el fogón de
leña acompañados de frijoles negros y tortillas de maíz caseras, la alegría de
Rosa fue el ingrediente principal.
Siempre ágil, desde entonces ya estaba dedicada a servir a los demás, cuidaba a
sus hermanas, ayudaba a su mamá en las labores domésticas, en ocasiones cuidaba
a mis sobrinos y se daba tiempo para la costura, era campeona en el punto de
cruz.
No tuvo suerte en cuestión de amores, pero eso nunca le impidió estar alegre y
ser ejemplo de amor hacia los demás. Eran tantas sus cualidades que seguramente
eso asustaba a los hombres, trabajadora, hogareña, servicial.
La casa siempre impecable, la cocina siempre aromática, el jardín siempre floreado
y Rosa corriendo de una habitación a otra pendiente del orden, mientras que el
mundo se perdía en sus ambiciones y obsesiones.
Hace algunas semanas la fuimos a sepultar después de convalecer más de un año,
dicen que su pedacito de cielo se lo ganó en el sufrimiento de esa cama de
hospital, yo digo que se lo ganó en la rutina de una vida dedicada a los demás.
Desde pequeños aprendemos que para trascender y ser felices tenemos que hacer
grandes proezas, ser famosos, exitosos, tener dinero. Sin embargo, los ejemplos
que Rosa nos dio con su vida fueron, que todo eso es intrascendente cuando
dedicamos nuestra vida alos demás y que
sólo a través del amor podemos ser capaces de ser felices.
Los talentos que Dios le dio los puso al servicio de los demás contradiciendo a
un mundo dominado por el egoísmo y la envidia, practicando el principio
fundamental del cristianismo: el amor al prójimo, ejercicio cotidiano de su
vida feliz. Adiós Rosa, ya te extrañamos.
E-mail:claragsaenz@gmail.com
Clara García Sáenz
Historiadora y Promotora Cultural; catedrática de la Universidad Autónoma de Tamaulipas.
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