Por: Ricardo Hernández 08/05/2013 | Actualizada a las 10:10h
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Era lunes ese día. Me encontraba en casa y
acababa de despertar; iban a dar las nueve
de la noche. Pensaba en la decisión que había tomado con respecto a mi texto:
“Los mensajeros del más allá”. Por la
tarde, había hecho pedazos las
cuartillas, tras de eso, arrojé las
hojas al fuego donde la leña crepitaba entre las ondulantes y tenues llamas. Lo
único rescatable de la historia, era el recuerdo de Raquel.
¿Cómo pude ser tan cínico y atrevido? ¿Cómo fui capaz de robarle su inocencia?
¿No era preferible que Raquelita a sus dieciséis años, se imaginara los ósculos
por televisión?
Una vez le llegué a decir a su madre que, Raquelita, en un par de añosmás, la haría mi novia; ella sonrió misteriosamente, como quien se une a alguien
en complicidad. Sin embargo, llegó a decirme con sutileza: “¡Estás loco!”. Tal vez lo dijo como una manera de decir algo,
pero yo logré intuir que ella estaba de acuerdo en que la cortejara.
Raquel, tenía el cabello café castaño, largo, largo hasta la cintura; su piel
era a perlada y sus ojos, color miel. Todo me gustaba de ella, incluso, su
estatura mediana, pero más, sus ojos, pues aparte de ser hermosos, eran
grandes, alegres y brillantes.
En cierta ocasión, estando solo en casa, dejé por un momento de teclear en la
Remington.
Salí a fuera a fumarme un cigarro, tras la bocanada de humo, al desaparecerse las volutas de humo, en el aire, la imagen del rostro fresco de Raquel, en la
distancia, se volvía cada vez más clara,
más limpia, más delicada. Tiré el cigarro, enseguida, lo restregué en el suelo.
Me habían brillado los ojos al ver a Raquel. El ritmo de mi corazón se aceleró;
mis manos comenzaron a transpirar, a temblar a inquietarse.
Estaba alucinado con la idea de poder algún día, llegar a ser un escritor. Trataba de sacar de
mi ruda cabeza, a dos personajes vestidos como monjes, los cuales habían venido
a visitarme del más allá, pero la historia la hacía complicada, a cada rato
emborronaba cuartillas, nada mejor se me ocurría; aparte de que el mensaje que
traían esos monjes, vestidos con túnicas negras, se me hacía muy ridículo, o lo
hacía muy ridículo, además, yo mismo ni lo creía y me reía como un estúpido.
Raquel se dirigíaaquella tarde a la tienda que estaba en la
otra esquina, cerca de mi casa, de la casa donde vivía ella. Era un día nublado. El viento fresco, apenas
había comenzado a sentirse, movía suavemente las hojas verdes del árbol de
ficus, que estaba a mi lado derecho.
Raquel, traía puesto un vestido blanco de tirantes, una
cinta azul recogía sus cabellos y yo veía emocionado, excitado, esa figura tan
perfecta, tan delicada; una imagen que contrastaba la belleza con la tarde gris; entre sus ojos color miel y
la nostalgia misma de la tarde.
Tuve deseos fortuitos de besar a Raquel, depalpar sus ojos, sentirlos, tenerlos
frente a mí (¿O tenerla a ella? ¿Poseerla?).
Jadeante, volteé hacia los lados y no alcancé a ver a nadie. Mis impulsos por
hablarle eran demasiado imperativos. Algo desde mi interior empujaba con
fuerza, con arrebato. Las aletas de mi nariz comenzaron a palpitar vivamente
como un temblor inverosímil. Me estaba dejando llevar por esa loca pasión
desenfrenada que hay dentro de mí, la cual hace olvidarme de quién soy; hace volverme
otro hombre dominado por los impulsos.
“¡Raquel!” _grité como desesperado. Como si ese grito fuera más bien una
súplica, un ruego, un por favor (¿una artimaña?).
Raquel volteó a verme. Para mi sorpresa, sonrió y se detuvo. Sin perder el
tiempo corrí hacia ella. Al estar los dos de frente, vi sus deslumbrantes ojos
color miel,tan llenos de vida, de luz,
de energía. Me sentí hechizado, electrizado (¿Enamorado?). Le puse mis manos en
sus hombros, tras de eso, la besé. Sus labios estaban tibios y jugosos; ella, cerró
los ojos como una ventana que se cierra en la intimidad, enseguida, yo también
los cerré, y nos olvidamos por completo de nuestro entorno. Si de lejos había
visto a Raquel, tímida a la vez dulce, frente a mí, entre mis gruesos brazos,
tenía a una chica cuyo cuerpo vibraba, se estremecía; un gemido lánguido salió desde su interior,
como un pensamiento convertido en suspiro.
“Ven” _le dije y la jalé de la mano. La conduje hacia mi casa. Ella no dijo nada,
nunca dijo nada; pero a través de sus ojos de miel, me hacía responsable de
nuestros actos. “¡Entra!” _ le sugerí arrobadamente.
En mi habitación, frente a la Remington,le robé la inocencia, quizás por eso destruí el texto sobre los
mensajeros del más allá, porque tan sólo al momento de haber leído algunos
párrafos, se apodera de mí la imagen de Raquel, ese cálido recuerdo, esos ojos
color miel, su cuerpo, su calor, su ropa caída y desordenada, en el piso, junto
con la cinta azulque le quité de su
cabello.
Llegué a imaginar que al destruir el texto de los “Mensajeros del más allá” con
ello se borraría de mi mente su recuerdo; sin embargo, creo que es
inevitable;creo sentir a Raquel, como
si la tuviera estrechando entre mis brazos, cada vez que cierro los ojos.
Ricardo Hernández Hernández
Poeta y columnista
Colaborador del portal:” Hoy Tamaulipas” hasta la fecha.
Actualmente estoy cursando un “Diplomado en Creación literaria” en la Biblioteca del Centro Cultural Tamaulipas, con el maestro José Luis Velarde.
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