Por: Melitón Guevara Castillo01/05/2013 | Actualizada a las 17:57h
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Hace tiempo tuve la oportunidad de acompañar a
Catón a su tierra natal. Vino a la Universidad Autónoma de Tamaulipas a
impartir una conferencia y me comisionaron para que lo llevara de regreso. Fue,
digo, una oportunidad por su grata conversación, pero además, el sabor que
dejan sus reflexiones. Lo recuerdo bien: lo mejor que le puede pasar a uno, es
que hagas lo que te guste y te paguen.
Efectivamente esa es la condición. Creo que todos nosotros en la medida que avanzamos
hacia una formación profesional vamos definiendo, determinando, que es lo que más
nos gusta hacer. Por eso, unos quieren ser abogados, otros agrónomos,
veterinarios, unos bomberos o policías. Queremos ser, y hacer, lo que más nos
guste. Por qué desde la secundaria nos dicen: la vocación, la vocación, la
vocación.
Decía Octavio Paz, no recuerdo en que texto, que es a partir de la preparatoria
donde se manifiesta con mayor énfasis la vocación; y que alguna, de plano,
aparece como resultado de un prototipo, es decir, del valor e importancia que
damos a las personas que admiramos: ¡queremos ser como ellas! Y es que, bien
cierto: en esta vida casi necesariamente hay que trabajar. Es algo de lo que no
podemos escaparnos.
El trabajo se configura, como una mercancía, a partir de que va apareciendo el
capitalismo. En la comunidad primitiva no había clases ni diferencias, todos
eran iguales y practicaban un trueque; con la propiedad privada, el enriquecimiento,
nace el esclavismo: donde un ser humano, como esclavo, trabaja para el amo,
para su dueño; con el feudalismo, el esclavo se convierte en campesino y
trabaja las tierras del señor feudal a quien le entrega buena parte de la
producción y el resto es para su manutención.
Con el desarrollo de los instrumentos de trabajo, la máquina de vapor, el telar
mecánico, van apareciendo los talleres artesanales y ahí van a trabajar a
cambio de una paga. Es el capitalismo: el dueño de los medios de producción es
el dueño de la riqueza; los empleados, sus trabajadores, con su fuerza de
trabajo desarrollan un bien, un producto, que se vende a un mayor precio, es la
ganancia o plusvalía en relación con el proceso de producción.
Así nace el patrón y los obreros, el patrón y los empleados. Y con el tiempo
los sindicatos, precisamente, para defender al trabajador de la explotación del
patrón. Hubo una fuerte lucha para darle vida y fortalecer al sindicalismo. Por
eso nació el Día del Trabajo, el 1 de mayo; hoy día, sin embargo, los
trabajadores siguen siendo explotados, pero los sindicatos ya no luchan ni
defienden, como antes, a sus agremiados. El trabajo es igual, los sindicatos ya
no.
El mejor ejemplo de la evolución del sindicalismo lo observamos en el desfile
del Primero de Mayo. Bien que recuerdo, como en otros años, los sindicatos
mostraban una cara de enojo social, de reclamo y exigencia hacia el gobierno,
hacia los malos patrones, denunciaban a los sindicatos blancos. Hoy, todo eso
ha cambiado: los líderes sindicales son vitalicios, hasta que mueren dejan de
serlo; la explotación continua y la cultura laboral, la que ofrece el gobierno
a los inversionistas es simplista: mano de obra calificada y barata, para que
los patrones obtengan buenas ganancias…Hace varios años, en un 1 de mayo los
obreros pidieron aumento salarial: el Secretario del Trabajo, el panista Carlos
Abascal, les recomendó: que rezaran, que elevaran sus plegarias, a la Virgen de
Guadalupe.
Licenciado en Administración Pública (UAT), Doctor en Comunicación y Periodismo (Universidad de Santiago de Compostela).
Profesor Emérito de la UAT. Líder del Grupo de Investigación “Democracia y Comunicación Política” de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales (Victoria, Tam.,).
Representante en Tamaulipas de la Red Nacional de Investigadores de la Calidad de la Democracia.
Escribe la columna política DESDE ESTA ESQUINA, desde 1984 en El Diario de Cd. Victoria y actualmente en Hoy Tamaulipas.
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