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Sección: Editoriales / En la Remington

Tentaciones

Por: Ricardo Hernández 01/05/2013 | Actualizada a las 10:52h
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Jacinto estaba emocionado con sus estudios de preparatoria, tenía en mente que al concluirlos, podría irse como seminarista de una orden religiosa, sin la menor objeción de sus padres. Por ello, desde el inicio del ciclo escolar, se preparaba ansiosamente, estudiando por las mañanas en la escuela y por las noches, en su casa. Durante la tarde, le daba un repaso al libro de las Sagradas Escrituras. Jacinto, reconocía en la figura de Jesús, a un ejemplo único y excepcional: el “Hombre-Dios”, que supo vencer en todo momento las tentaciones del cuerpo (¿de la carne?).
 
A través de una película pasada por televisión, vio a un hombre que imitaba a Jesús, era joven, mediano de estatura, delgado, cabello rubio, de una voz serena pero firme; a través de sus ojos azules transpiraba una paz, seguridad y firmeza: dominio absoluto del escenario; sencillez y sobre todo, humildad.
 
Jacinto, pensó que tal vez nunca podría llegar a tener ojos azules, ni el cabello rubio; pero en cambio, consideraba como su buena virtud: la inteligencia; su capacidad para estudiar y asimilar los libros. Anteponía en todo momento la razón sobre todas las cosas; esa facultad dada a los hombres para discernir lo bueno de lo malo que hay en la tierra, y que gracias a ese regalo divino, él podía, con dedicación, llegar a ser algún día un excelente pastor de ovejas; con altibajos, sí, pero siempre sacudiéndose el polvo de los pies.
 
Jacinto se sintió preparado para enfrentarse a su padre y decirle, a capa abierta, que pensaba en un futuro meterse como seminarista, que lo había pensado bien, y por eso, estaba haciendo hasta lo imposible por sacar buenas calificaciones; su padre, le dijo, inexorablemente que estaba loco, que cómo se le pudo haber ocurrido semejante tontería; que quién era el culpable de haberle inducido a tan desorientada idea, o, que si de plano se había estado fumando algo “extraño”; pues no hacía mucho tiempo, lo había visto leyendo muy apasionadamente a Nostradamus. Sobre una mesa de madera rectangular, encendía varias velas: verdes, rojas, azules y blancas y, durante la noche, en su cuarto, cubierto por una sábana roja y envuelto en la penumbra, solía sentarse frente a esas velas para leer el libro y así poder inspirarse en descifrar el misterio de las profecías del vidente. El padre, creyó estar hechizado; convencido de que el mundo se iba a acabar en el 2012; llegó a pensar, incluso, que su hijo, era un ser dotado de inteligencia; pero, al despertar de ese letargo, reparó que años más a tras, Jacinto, también quería ser un Superman, o como el Hombre araña y más atrás, como Batman y Róbin.
 
Todo eso se lo había refrescado su padre. Jacinto, prefirió no decir palabra alguna y optó por no discutir (¿puso la otra mejilla?).
 
En cierta ocasión, mientras Jacinto leía en su casa, sentado en una silla de madera, bajo la fresca sombra de un árbol de Ficus, se detuvo en Lucas 4: “Tentación de Jesús en el desierto”. Reflexionó un poco acerca del tema en cuestión, se preguntó: “¿A qué más puede estar el hombre tentado a parte del alimento, de los lujos, del poder?” En ese momento se acercó su madre. Ella, intrigada por tan repentino cambio del retoño, le cuestionó si aún seguía empeñado en el tema del “seminarista” (¿y no en hacerla abuela?). Jacinto, contestó que sí con la cabeza, otro sí con el índice, y para reafirmar su convicción, una vez más, expresó un tercer sí, que salió de su boca, como aire comprimido.
 
Jacinto regresó la vista a la lectura. Su madre, al ver la página donde él leía muy interesado, murmuró: “¿Tentaciones?... ¿Hum?”
 
Jacinto, inquieto, levantó la vista hacia ella, quien permanecía de pie, a su lado. “Madre, le dijo el chico, ¿tú sabes algo respecto a las tentaciones?” Ella le acarició la cabeza con la mano izquierda, abrió los dedos como peine, pasando suavemente la mano entre los cabellos ondulados y negros. Contempló por un instante el rostro juvenil, fresco, limpio y con un aparente
 
signo de interrogación, de aquel retoño que había cumplido no hacía mucho tiempo, los diecisiete años de edad.
 
Si había alguien preocupado, no era el chico, precisamente, sino ella.
 
Le hizo ver antes que continuara con esa idea de ser seminarista, que de niño, correteaba y besaba a las niñas del jardín, las niñas se quedaban lloriqueando, peor que bebés; en la primaria, durante los seis años, en el recreo, nunca paró de abrazar a Diana, por ejemplo, a Gaby y Claudia; en la secundaria se enamoró perdidamente, locamente (¿estúpidamente?), casi al borde del suicidio, de Graciela, Lorena y Cecilia. Le habló con una dulce voz, mientras le mesaba dócilmente los cabellos:
 
_Eres muy inquieto con las mujeres, hijo, ¿crees que uedes aguantar solo, tanto tiempo?
 
Y le siguió sacando trapitos al sol, diciéndole si no recordaba acaso que durante los dos primeros semestres de la preparatoria no se había dado sus buenas escapadas, llegando a casa (con boquitas pintadas en la camisa), hasta muy noche.
 
Jacinto ruborizado, sintió su lánguida humanidad, como si sus padres lo hubieran sacudido por completo, pensó después, que quizás no podría llegar a ser como Jesús, ni como Nostradamus, ni como Superman. Pero por qué no pensar en ser un astronauta o un actor… ¿un escritor?
 
Primero, había decidido terminar los estudios.
 

Ricardo Hernández Hernández
Poeta y columnista

Colaborador del portal:” Hoy Tamaulipas” hasta la fecha.

Actualmente estoy cursando un “Diplomado en Creación literaria” en la Biblioteca del Centro Cultural Tamaulipas, con el maestro José Luis Velarde.
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