Por: Clara García26/04/2013 | Actualizada a las 15:56h
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En el siglo V con la caída del Imperio Romano de Occidente,
se abrió para la humanidad una nueva época, la mal llamada Edad Media, nombre
que recibió en el Renacimiento y la Ilustración para significar el trascurrir
de la humanidad sin ningún progreso significativo.
La época medieval ha sido poco estudiada, tal vez porque
se caracterizó por el creciente dominio de la iglesia católica, la prioridad en
los temas de fe y la idea de que todas las obras terrenales debería tener como
fin último la gloria de Dios; todo esto creó un desprecio en la secularización
del Renacimiento. La negación del hombre moderno y contemporáneo en
reconocer al Medievo como etapa de crecimiento racional del hombre, ha impedido
durante siglos conocer en su justa dimensión la historia de esta época, que
hemos guardado en ese espacio llamado oscurantismo; calificativo que fue
impulsado por el hombre que desde el Renacimiento se empezó a viciar del
concepto de ciencia, como sinónimo de verdad. Los cristianos conquistaron occidente y heredaron el
poder del imperio romano, pero no fue por la fuerza de ejércitos bien armados y
entrenados; Europa sucumbió ante el cristianismo por lo innovador de su
doctrina y pensamiento filosófico basado exclusivamente en el amor. El postulado “Ámense los unos a los otros” fue una
afirmación fresca para una sociedad podrida, corrompida por el vicio y la
ambición. Occidente necesitaba renovarse y en ese renacer del siglo V se dejó
seducir ante la posibilidad de olvidar los males terrenales para buscar los
espirituales con un Dios único y personal, que había creado al hombre a su
imagen y semejanza. Para renovarse solo era necesario amar, amar al otro, al
próximo, al prójimo porque él también había sido creado a la imagen de Dios,
como un ser único e irrepetible. Esta nueva idea filosófica penetra hondo en un
continente viejo y destrozado por tantas guerras e invasiones bárbaras. Los
vientos del cristianismo le dan vida nueva a Europa, que se abraza a sus
postulados durante los 10 siglos que durará el Medievo. Así, el cristianismo echa raíces profundas y conquista
occidente sin haber utilizado grandes ejércitos armados. La fuerza de la
filosofía cristiana conquistó y gobernó al viejo continente en una proeza solo
comparada con la romana. San Agustín señala en su libro “La Ciudad de Dios” que
existen dos lugares, uno celestial y el otro terrenal, a los cuales llama él
ciudades y afirma que mientras en la celestial reina el bien, en la terrenal
habrá bondad pero también maldad, esto significa que en ella todo perece. Así, la Edad Media frente a otras épocas que los mismos
hombres han llamado más luminosas, resulta poco atractiva cuando la vemos desde
las corrientes cartesianas que afirman que si las cosas no se pueden probar
entonces no son verdaderas. Por lo tanto, para muchos, el hombre del Medievo resulta
poco atractivo en esa óptica racional, sin embargo, cuando pensamos en su
historia desde la visión espiritual podemos acercarnos a su dimensión. Tan
alejada de la nuestra, porque mientras ellos pensaban en Dios, nosotros
pensamos en los hombres, mientras ellos pensaban en el cielo, nosotros en la
tierra, mientras ellos pensaban en la santidad nosotros pensamos en el pecado. Es demasiada la distancia que nos separa de ellos y no en
tiempo sino en pensamientos y propósitos, en una ciudad más terrenal que la de
San Agustín, nos resulta hasta ridículo pensar en el amor como una premisa que
puede remediar muchos de los males del mundo actual. El legado del los hombres del Medievo, intentó ser
borrado por sus descendientes renacentistas e iluminados, cartesianos y positivistas,
sin embargo muchas de las concepciones para comprender el mundo, el espacio y
el tiempo que surgieron durante esa época siguen vigentes, como las
apreciaciones agustinianas de que el tiempo es lineal, tiene un principio y un
fin, por lo tanto la historia no se repite. También la convicción de que vivimos en un presente,
esperando un futuro llamado el fin del mundo y que nuestro pasado esta más allá
de la venida de Cristo a la tierra. Esta visión cristiana de la historia es la
que nos rige hasta para explicar racionalmente las cosas. Pero hemos olvidado otras también esenciales como es el
amor, un principio filosófico que cuando se practica, muchos de nuestros
problemas terrenales se resuelven. E-mail: claragsaenz@gmail.com
Clara García Sáenz
Historiadora y Promotora Cultural; catedrática de la Universidad Autónoma de Tamaulipas.
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