Por: Carlos Santamaría Ochoa22/04/2013 | Actualizada a las 19:40h
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En
su obra titulada “Defensa apasionada del idioma español”, el escritor Alex
Grijelmo hace una serie de señalamientos interesantes respecto a lo que hemos
hecho con nuestra lengua: la hemos destrozado, poco a poco, permitiendo hoy en
día que la mayoría de jóvenes empleen mayúsculas y minúsculas indistintamente,
signos gramaticales, comillas y demás sin la menor idea de para qué son.
El idioma español es riquísimo: tiene una serie de variantes que, en ocasiones,
el empleo inadecuado de un acento cambia totalmente el sentido de la palabra o
la frase. Somos privilegiados al hablar la llamada “lengua de Cervantes”, pero
por otra parte, demasiado irresponsables para permitir que lo destroce quien
viene detrás de nosotros, es decir: nuestros hijos, la juventud, los que
sienten que hablar o escribir inadecuadamente es muy de moda o que les otorgará
un estatus social que no les pertenece.
Nada ni nadie cambiará el estatus social de la gente por su forma de hablar;
los términos “we” o “pex” resultan ofensivos para quien sabe hablar y escribir
nuestra lengua.
Es ridículo escuchar en una persona de más de cuarenta años de edad, o de
cualquiera que lo haga, la expresión “we” que no dice nada. Antes, se estilaba
hablar por el nombre a cada quien, para luego sustituir los muchos nombres por
el “güey” de muchos años; hoy en día, la pereza intelectual nos lleva a
utilizar únicamente dos letras: “we”, que, por cierto, no significa nada.
Alex Grijelmo habla de los comunicadores de medios electrónicos y su enorme
facilidad para destrozar el idioma, en una absurda competencia por ver quien
comete más yerros.
Así vemos en la televisión local a locutores que no tienen idea de lo que es el
bien hablar, o en la radio, a otros que, sintiéndose figuras, galanes o gente
de otra ralea, en tono castigador y prepotente se auto-elogian a cada momento,
pensando que la gente está locamente enamorada de ellos… y también de ellas.
Nada más absurdo que pensar que tienen un estatus distinto, cuando no tienen
idea de cual es la diferencia entre “hay” y “ahí”, o entre “a” y “ha”, plasmándolo
en sus textos periodísticos que llegan a cientos de personas. Algunos, más
optimistas consideran que llega a miles, pero la verdad, a poca gente le importa
leer barbaridades del lenguaje, incongruencias y faltas a la buena redacción y
ortografía.
El día mundial del libro, este martes 23 de abril nos ofrece la oportunidad de
pensar al menos que pudiéramos leer algo útil, algo que nos lleve a incrementar
nuestro nivel cultural.
Las estadísticas no mienten: se habla de que los mexicanos leemos en promedio
dos libros por año en el mejor de los casos. Pobre resulta si nos comparamos
con otras naciones, aunque somos de la idea de que las comparaciones son
totalmente absurdas: no nos interesa que en Estados Unidos o Gran Bretaña lean
más que nosotros: nos preocupa que nuestros muchachos tengan cultura suficiente
para pensar diferente, para que se nos quite un poco lo ignorantes, lo poco
lógicos e incongruentes que nos escuchamos cuando estamos frente a gente que
conoce un poco más que un Libro Vaquero o que ha visto algo más que la más
nueva –y más absurda y torpe- telenovela de la cadena que se ha encargado de idiotizar
a las masas, junto con su supuesta competencia.
Es hora de pensar en leer algunas líneas que no sean chismes de revistas de
pseudo-periodistas que se empeñan en llamar noticia a invadir la privacidad de
los famosos, o que viven vigilando a la pobre actriz Lohan, a quien han destrozado
gracias a su estúpida costumbre de jorobar la privacidad que todos merecemos.
Eso es lo que nos ha dejado la modernidad, el abuso de las redes sociales por
Internet: escritura solapada por un cobarde anonimato, palabrería inútil y mal
empleada.
¿Y los padres? ¿Y los maestros? ¿Dónde quedaron? ¿Quién está a cargo de la
educación y formación de los mexicanos?
(México, D.F., 1957) Licenciado en Relaciones Públicas, Maestro en Trabajo Social y maestro en Comunicación; Doctor en Comunicación y Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela (Galicia, España). Diplomado en periodismo y en locución ( U.A.T.) Periodista desde el año de 1979.
Jefe de fotografía del periódico El Heraldo de México (1979).
Ha colaborado en los diarios locales El Mercurio de Tamaulipas, El Diario de Ciudad Victoria, La Verdad de Tamaulipas y en revistas como Poste Restante, A quien Corresponda, entre otras. Fue corresponsal del diario El Nacional, de la revista Época de México y de radio grupo ACIR. Fotógrafo profesional desde el año de 1978.
Fue jefe de prensa del Instituto Estatal Electoral en Tamaulipas y del Hospital General de Ciudad Victoria. Actualmente se desempeña como profesor de periodismo y fotografía en la licenciatura en Ciencias de la comunicación, en la Universidad Autónoma de Tamaulipas, donde también colabora como investigador.
Es presidente de Vive con Diabetes, A.C., dirige y conduce el programa de radio Al Día en Radio UAT.
Recientemente publicó su primer libro: Diario del Camino, Unidos por la Diabetes.
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