Por: Javier Rosales Ortiz07/03/2013 | Actualizada a las 13:15h
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De vez en
cuando me detengo para observar el trabajo de amigos periodistas que me abrieron
su mano y que me regalaron una sonrisa sincera cuando regresé a este, mi terruño,
y a quienes hoy les reconozco su tenacidad para que desde sulugar logren combinar el servicio público con
el difícil arte de comunicar. A ella,
la conocí en Ciudad Victoria, Tamaulipas, en los años ochenta y conservo gratos
recuerdos de esa mujer, porque siempre fue solidaria con muchos para enfrentar
con unidad los problemas que a diario le dan forma y rostro a esta profesión y
porque además su lucha por guiar a las nuevas generaciones de periodistas
siempre fue legítima. Y por
allí iba y venía ella seguida por su nutrido grupo de alumnos universitarios cazando
a periodistas en los cafetines locales para que compartieran su experiencia
diaria con los escolapios para que se sacudieran la modorra y para que
asimilaran que a un salón de clase y a la brega en el campo los separa un mar extenso. Recuerdo
y, bien, que ella reunió a tres o cuatro reporteros y moneros y a más de una
docena de alumnos en el Café Cantón, ubicado a un costado de Palacio de
Gobierno, y nos pidió que orientáramos a los muchachos sobre lo que hace un
periodista desde que se despierta hasta que se duerme y que les abriéramos los
ojos pero, eso sí, no más de la cuenta. Fue así
como esos jóvenes fueron escuchando con sorpresa las locas vivencias de los
comunicadores y si una cosa creo que les quedo claro, es que la palabra
“periodista” no equivale a convertirse en millonario como muchos tienden a
elucubrar. Con la
misma sorpresa asimilaron que la libertad de expresión es algo fortuito y que
un periodista es el corazón en un medio de comunicación, más no el dueño. Ella,
como madre de familia, ha sacrificado como muchas otras compañeras años de su
vida para consolidarse como comunicadora y es una mujer con firmes convicciones
que sabe rebelarse cuando es necesario defender una postura y puede ser que en ello
radique parte de su éxito. Hoy, la
veo igual de activa, atenta y comunicativa corriendo al lado de los trajeados
del IETAM, donde hace tripas corazón para sacar adelante la encomienda que le
asignaron como Coordinadora del Área de Prensa, un paquete de gran volumen
porque el calor es intenso cuando se aproxima, como ahora sucede, una elección
local. Leticia
Santoyo Caamal, mujer sureña que ha sido bien adoptada ahora por nosotros los
norteños, cumple hoy con una función nada sencilla, pero su presencia le ha
dado luz a todo lo que rodea al Instituto Electoral de Tamaulipas, sobre todo a
su imagen y a la necesidad de que exista una clara, limpia y eficiente
comunicación con los periodistas, entre quienes las poses de Diva siempre
amenazan con estropear una relación. Nadie,
mejor que ella, para que con esa experiencia y disposición que muestra contribuya
para que este proceso que acaba de abrir la puerta se convierta en el más
interesante de las últimas jornadas electorales y que sea a través de la comunicación
como se alimente la necesidad que tienen los periodistas y los electores de
conocer lo público y lo privado de un organismo que hoy está en la mira de
todos. Y es que
a “Lety”, como le dicen sus cuates, la escuela no le pasó de noche y eso es
bueno, porque no basta con la presencia, con la sonrisa espontánea y el cordial
saludo para intentar comunicar, porque también se hace imprescindible la
instrucción académica. Los bien
elaborados boletines del IETAM que tienen el sello de Lety siguen llegando y
por la certeza, imparcialidad y claridad que se aprecia en ellos se puede decir
que como comunicadora, se está luciendo y renovando. Y aunque ella
es modesta y poco afecta al cebollazo. Se vale,
porque sin el riesgo de acariciar una mentira. Se puede
decir que ella domina bien. El difícil
arte de comunicar. Correo
electrónico: javo-ortiz@hotmail.com
Javier Rosales
Columnista en Tamaulipas. Su columna Anecdotario es publicada en diversos medios de comunicación.
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