Por: Javier Rosales Ortiz13/02/2013 | Actualizada a las 22:24h
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Era un
día soleado, aunque horas antes la lluvia había rociado y perfumado la tierra
de los municipios cercanos a Ciudad Victoria. Puntual a
la cita, me anuncié en el edificio de su comité de campaña y minutos después él
salió, me saludo, me tomo del brazo y me pidió que lo acompañara al
estacionamiento, que lucía solitario. En una
banqueta dejo caer su cuerpo, se froto las piernas, se despojo de los botines
repletos de lodo y me invito, al igual que lo hizo él, a que me sentara en el
piso. “Ahora sí estuvo dura la jornada. Ya llevo tres eventos y me faltan dos,
pero voy para adelante”, me comentó durante esos minutos que me regalo en medio
de su campaña para diputado federal. Platicamos,
pero como que no le agradaba el silencio y me pregunto acerca de mis aficiones
musicales. “Claro que Joaquín Sabina”, le contesté al Doctor. ¿Te refieres al
español, al poeta loco?. “Ese mero”, le dije. ¿Y luego?, me inquirió
retador. Mi
vehículo estaba a unos metros, abrí la puerta, busque el CD del cantante y
desde la ronca y fumadora garganta de Sabina escapó la melodía “A mis 40 y 10”, melancólica, nostálgica. El guardó
silencio, estiro el cuerpo y se empezó a relajar, como si la carrasposa voz de
Joaquín fuera un bálsamo que soba, que acaricia. Y es que
esa canción es una confesión que un padre hace a sus hijos. “Más
antes que después he de enfrentarme al delicado momento”. “El día
del juicio final puede que Dios sea mi abogado de oficio”. “Y si a
mi tumba, os acercáis de visita el día de mi cumpleaños y no os atiendo. Esperadme
en la salita hasta que vuelva del baño”. ¿A quién
le puede importar después de muerto que uno tenga sus vicios?. “Pero sin
prisas, que a las misas de réquiem nunca fui aficionado”. ”Que el traje
de madera que estrenaré no está siquiera plantado”. “Que el
cura que a de darme la extremaunción no es todavía monaguillo”. “Que para
ser comercial a esta canción le hace falta un buen estribillo”. Y así,
serio, el Doctor RODOLFO TORRE CANTU fue saboreando cada una las metáforas con
las que Sabina sazona esta singular melodía. Se colocó
la mano derecha en la barbilla y luego comentó: “Caramba. Este hombre si que tiene
lo suyo”. Y luego
señaló:”Vaya combinación”.“Luego me
prestas el disco”. Se identificó
o no el Doctor con esa pieza tan peculiar lo desconozco, lo cierto es que cada
vez que la escucho la piel se pone chinita y un grito de impotencia no logra
escapar, se ahoga. Nunca
imaginó, él, que unos años después con esas palabras que se refieren a la
extremaunción, al juicio final, a la muerte, a las misas de réquiem y al traje
de madera, lo voy a recordar este jueves en su cumpleaños número 49 cuando
escuche otra vez esa canción. Cada
quien tiene su manera de acomodar en la mente los buenos y los malos recuerdos,
esos que rebotan en la memoria y que se quedan como una fotocopia. A sus 40
y 9 el Doctor estuviera en su plenitud y se sentiría conmovido de observar el rostro cabizbajo y furibundo de
un pueblo que hoy lo extraña, que aun lo venera y que no se agota cuando
pronuncia su nombre. Y es que
en cada rincón de Tamaulipas su imagen se conserva fresca, intacta, con ese mostacho que lo hizo famoso,
con su cabello cano y abundante, con su eterna sonrisa y con ese pantalón
caqui, su camisa blanca y sus botines de piel que impusieron moda. Rodolfo,
fue un personaje que marco la historia de nuestro estado, porque con su
ausencia lo dejo triste, desnudo, a su suerte, olvidado. Ya no se
le puede desear, Doctor, un feliz cumpleaños. Pero si, decirle,
un hasta siempre. Correo
electrónico. javo-ortiz@hotmail.com
Javier Rosales
Columnista en Tamaulipas. Su columna Anecdotario es publicada en diversos medios de comunicación.
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