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por El Fisgón

Hoy es Martes 21 de Mayo del 2013
Sección: Editoriales / En la Remington

En el Club de Literatura: un rostro de mujer suspendido

Por: Ricardo Hernández

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02/02/2013 | Actualizada a las 16:20h
Ricardo Hernández Hernández
Poeta y columnista

Colaborador del portal:” Hoy Tamaulipas” hasta la fecha.

Actualmente estoy cursando un “Diplomado en Creación literaria” en la Biblioteca del Centro Cultural Tamaulipas, con el maestro José Luis Velarde.

La tarde de ayer había  terminado de leer  la entrevista que le hizo hace tiempo la periodista y escritora Olga Carlisle al poeta Boris Pasternak, nacido en Moscú en 1890.

(Libro EL OFICIO DEL ESCRITOR) Carlisle,  me hizo imaginar con detalles precisos, acerca del lugar donde el poeta se había aislado del murmullo de la gente para   vivir en Peredelkino (pueblo situado en las afueras de Moscú); lugar dónde la aldea parecía de otra época -según nos cuenta Carlisle-: cabañas de tronco, achaparradas y de un aspecto antiguo que bordeaban una calle recta principal. Me pareció haber leído una entrevista dentro de un  cuento con un personaje real, pero más que preguntas de la periodista, y de las respuestas de Pasternak,  me agradó el  ambiente descrito; incluso, la forma de vestir del poeta: “Este tenía puesto un gorro de astracán. Era extraordinariamente apuesto; con sus altos pómulos, sus ojos oscuros y su gorro de astracán parecía un personaje salido de un cuento ruso (…)”

Quizá por eso había llegado a mi cuchitril, acalorado de alegría, momento de éxtasis, tal vez de una locura desbocada. La sonrisa brotaba de mi rostro como agua  diáfana de un manantial. La posibilidad de encontrar o leer a un personaje que use gorro cuando escribe, o por costumbre _como Pasternak_, me hace sentir identificado, con mi gorro rojo de pana y de ese  vetusto abrigo rojo sin mangas que uso en tiempos de frío; sobre todo, cuando me encierro en mi cuchitril.

Esa tarde, permanecía de pie frente al espejo,  acomodándome el gorro  cuando  recibí un mensaje en el celular: “Hola, solo para decirte que hoy estaremos en el café de la plaza, a las seis. Saludos” Lo enviaba el maestro Orlando, de parte del Club de Literatura.  

Pospuse los planes que tenía para escribir un rato en esa tarde fría pero acogedora en el interior de mi cuartucho y continuar después con  la siguiente  entrevista hecha a la escritora estadounidense: Katherine Ann Porter, realizada por Bárbara Thompson.

Faltaba media hora para la seis de la tarde, ya comenzaba a pardear. Una reacción súbita de emoción, aceleró mis pensamientos. Las notas isócronas del tictac de pared parecía motivarme en tomar la decisión de reunirme con los compañeros del grupo: ¿Iría Francisco y Susana?, ¿Karla, Enrique? ¿Alberto, Cristina y Karen?, ¿Ernesto, acaso? Nada podía ser mejor que ese encuentro. Salí a la calle con el gorro y mi abrigo sin mangas: bajo el brazo cargué con una libreta de apuntes. Esperé en una esquina a que pasara el transporte mientras que un viento frío e intenso sacudía las ramas del árbol que estaba a mi lado izquierdo. Las montañas comenzaron a desaparecer bajo  la  fría noche estrellada.

Después de bajarme del microbús, apresuré el paso; aún había gente en la plaza.  A través de la ventana de  cristal  del restaurante, me dio gusto ver que Francisco me había reconocido al instante. Francisco es el más joven de los compañeros del club de literatura.

Pertenece a un grupo de Rock Juvenil; por lo que es de suponerse que alterna la literatura con el gusto de la guitarra eléctrica. 

Al momento de entrar al restaurante me recibió Alberto, el maestro Orlando, Karen, Francisco; después de un par de minutos, llegó Ernesto. Comenzamos a revisar los textos literarios. Por unanimidad cedimos la palabra a  Karen para que leyera su texto. Ella presentó un cuento divertido cuyo título le había puesto: “¿Verdá  Juan?” Trata de una mujer pueblerina, que a sus seis meses de embarazo, pretende que Juan asuma su responsabilidad y por lo tanto se consuma ese amor que alguna vez los unió (de novios)  del cual un pequeño bulto había surgido de las entrañas de la mujer. Pero Juan viene siendo el típico hombre que huye de todo formalismo, sobre todo cuando ya no es porque quiera o no; sino porque el padre de la mujer, no permitía ningún tipo de burla contra su hija: o se casaba  o se casaba.

Existe en el cuento de Karen cierta espontaneidad que nos motivó a concluir la historia de corrido; incluso, nos dio pie para que cada uno de nosotros inventara un final diferente. Aunque, claro, Karen lo hizo muy bien. El trabajo literario de Francisco: “Ceguera inducida” nos envolvió en la oscuridad de un hombre  que se encontraba encerrado en un cuarto oscuro y caluroso; de alguna forma, Francisco  jugó con esa emoción, inventando que el hombre podía pintar el cuarto _tal vez el cuarto de sus ojos_ e imaginar con traspasar esas paredes negras para entrar donde las había,  mezcladas de ciertas tonalidades: rosa,  verde, y verde limón. Colores que brillaron en esa mentalidad fresca y rebozante de nuestro compañero Francisco.

Ya era tarde para mí, pues tenía que esperar el transporte de regreso a mi cuchitril, sin embargo, estaba más que emocionado. Iban a ser las nueve de la noche. Cuando Karen se puso de pie, caminó hacia el tocador, que se encontraba al fondo, a mano derecha,  allí…  había una pared pintada de negro.

Alberto observó algo  en la oscura ventana de vidrio a través de la cual, se puede ver la plaza. Se quedó mudo un instante; dijo perplejo: _ ¡Vieron eso!

_ ¿Qué? _preguntamos al unísono

_ Hablando de oscuridades _explicó Alberto con ojos de asombro_,  en lo que Karen se retiró al tocador, y cómo anda vestida de negro,  se desapareció como un fantasma confundiéndose con la pared negra o más bien, como si hubiera traspasado esa pared.

_ ¿Cómo? _preguntó  dubitativo, el maestro Orlando_: ¿Algún efecto del vidrio?

_ Esperemos a que salga Karen del tocador _dijo Alberto_, mientras, no despeguen los ojos del vidrio de la ventana.

Karla al salir del tocador, volvió a desaparecer, y sólo pudimos ver en la ventana su a perlado rostro que suspendido en el aire, se aproximaba hacia nosotros como un fantasma.

Ya no había más tiempo de ver fantasmas, tenía que marcharme pues  iban a dar las nueve, faltaban diez minutos. Me despedí de mis compañeros del club, que por cierto, todo resultó muy agradable.

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