El Anzuelo...
Magda: ¿Otra vez vas a traicionar? ¡No tiene llenadera!
por El Fisgón
Por: Ricardo Hernández
La tarde de ayer había terminado de leer la entrevista que le hizo hace tiempo la
periodista y escritora Olga Carlisle al poeta Boris Pasternak, nacido en Moscú
en 1890.
(Libro EL OFICIO DEL ESCRITOR) Carlisle, me hizo imaginar con detalles precisos, acerca
del lugar donde el poeta se había aislado del murmullo de la gente para vivir en Peredelkino (pueblo situado en las
afueras de Moscú); lugar dónde la aldea parecía de otra época -según nos cuenta
Carlisle-: cabañas de tronco, achaparradas y de un aspecto antiguo que
bordeaban una calle recta principal. Me pareció haber leído una entrevista
dentro de un cuento con un personaje
real, pero más que preguntas de la periodista, y de las respuestas de Pasternak, me agradó el ambiente descrito; incluso, la forma de vestir
del poeta: “Este tenía puesto un gorro de astracán. Era extraordinariamente
apuesto; con sus altos pómulos, sus ojos oscuros y su gorro de astracán parecía
un personaje salido de un cuento ruso (…)”
Quizá por eso había llegado a mi cuchitril, acalorado de alegría, momento de éxtasis,
tal vez de una locura desbocada. La sonrisa brotaba de mi rostro como agua diáfana de un manantial. La posibilidad de
encontrar o leer a un personaje que use gorro cuando escribe, o por costumbre _como
Pasternak_, me hace sentir identificado, con mi gorro rojo de pana y de
ese vetusto abrigo rojo sin mangas que
uso en tiempos de frío; sobre todo, cuando me encierro en mi cuchitril.
Esa tarde, permanecía de pie frente al espejo, acomodándome el gorro cuando recibí un mensaje en el celular: “Hola, solo
para decirte que hoy estaremos en el café de la plaza, a las seis. Saludos” Lo
enviaba el maestro Orlando, de parte del Club de Literatura.
Pospuse los planes que tenía para escribir un rato en esa tarde fría pero
acogedora en el interior de mi cuartucho y continuar después con la siguiente entrevista hecha a la escritora
estadounidense: Katherine Ann Porter, realizada por Bárbara Thompson.
Faltaba media hora para la seis de la tarde, ya comenzaba a pardear. Una reacción súbita de emoción, aceleró mis
pensamientos. Las notas isócronas del tictac de pared parecía motivarme en
tomar la decisión de reunirme con los compañeros del grupo: ¿Iría Francisco y
Susana?, ¿Karla, Enrique? ¿Alberto, Cristina y Karen?, ¿Ernesto, acaso? Nada
podía ser mejor que ese encuentro. Salí a la calle con el gorro y mi abrigo sin
mangas: bajo el brazo cargué con una libreta de apuntes. Esperé en una esquina
a que pasara el transporte mientras que un viento frío e intenso sacudía las
ramas del árbol que estaba a mi lado izquierdo. Las montañas comenzaron a desaparecer bajo la fría noche estrellada.
Después de bajarme del microbús, apresuré el paso; aún había gente en la plaza. A través de la ventana de cristal del restaurante, me dio gusto ver que
Francisco me había reconocido al instante. Francisco es el más joven de los
compañeros del club de literatura.
Pertenece a un grupo de Rock Juvenil; por lo que es de suponerse que alterna la
literatura con el gusto de la guitarra eléctrica.
Al momento de entrar al restaurante me recibió Alberto, el maestro Orlando,
Karen, Francisco; después de un par de minutos, llegó Ernesto. Comenzamos a
revisar los textos literarios. Por unanimidad cedimos la palabra a Karen para que leyera su texto. Ella presentó
un cuento divertido cuyo título le había puesto: “¿Verdá Juan?” Trata de una mujer pueblerina, que a
sus seis meses de embarazo, pretende que Juan asuma su responsabilidad y por lo
tanto se consuma ese amor que alguna vez los unió (de novios) del cual un pequeño bulto había surgido de las
entrañas de la mujer. Pero Juan viene siendo el típico hombre que huye de todo
formalismo, sobre todo cuando ya no es porque quiera o no; sino porque el padre
de la mujer, no permitía ningún tipo de burla contra su hija: o se casaba o se casaba.
Existe en el cuento de Karen cierta espontaneidad que nos motivó a concluir la
historia de corrido; incluso, nos dio pie para que cada uno de nosotros
inventara un final diferente. Aunque, claro, Karen lo hizo muy bien. El trabajo
literario de Francisco: “Ceguera inducida” nos envolvió en la oscuridad de un
hombre que se encontraba encerrado en un
cuarto oscuro y caluroso; de alguna forma, Francisco jugó con esa emoción, inventando que el
hombre podía pintar el cuarto _tal vez el cuarto de sus ojos_ e imaginar con
traspasar esas paredes negras para entrar donde las había, mezcladas de ciertas tonalidades: rosa, verde, y verde limón. Colores que brillaron en
esa mentalidad fresca y rebozante de nuestro compañero Francisco.
Ya era tarde para mí, pues tenía que esperar el transporte de regreso a mi
cuchitril, sin embargo, estaba más que emocionado. Iban a ser las nueve de la
noche. Cuando Karen se puso de pie, caminó hacia el tocador, que se encontraba
al fondo, a mano derecha, allí… había una pared pintada de negro.
Alberto observó algo en la oscura
ventana de vidrio a través de la cual, se puede ver la plaza. Se quedó mudo un
instante; dijo perplejo: _ ¡Vieron eso!
_ ¿Qué? _preguntamos al unísono
_ Hablando de oscuridades _explicó Alberto con ojos de asombro_, en lo que Karen se retiró al tocador, y cómo
anda vestida de negro, se desapareció
como un fantasma confundiéndose con la pared negra o más bien, como si hubiera
traspasado esa pared.
_ ¿Cómo? _preguntó dubitativo, el
maestro Orlando_: ¿Algún efecto del vidrio?
_ Esperemos a que salga Karen del tocador _dijo Alberto_, mientras, no
despeguen los ojos del vidrio de la ventana.
Karla al salir del tocador, volvió a desaparecer, y sólo pudimos ver en la ventana
su a perlado rostro que suspendido en el aire, se aproximaba hacia nosotros
como un fantasma.
Ya no había más tiempo de ver fantasmas, tenía que marcharme pues iban a dar las nueve, faltaban diez minutos.
Me despedí de mis compañeros del club, que por cierto, todo resultó muy
agradable.
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