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Sección: Editoriales / En la Remington

Frente al Fuego

Por: Ricardo Hernández 09/01/2013 | Actualizada a las 11:45h
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Friccioné un cerillo sobre la cajetilla y apareció la tenue llama azul. Ardió el papel periódico, enseguida los leños.  Coloqué  cuatro piedras un poco grandes, alrededor de la fogata, luego puse la parrilla para calentar agua para café. Estaba sentado esa tarde húmeda  bajo el techo de lámina que está a un lado de mi cuchitril, al fondo, en el patio. Las paredes están construidas a base de tablas entretejidas. Saqué la silla de madera cuyo color es de un amarillo pálido, me senté a calentar mi cuerpo cerca de la lumbre; cualquiera que viniera a visitarme diría que parezco un hombre viejo con mi  barba espesa y mi gorro azul; los tenis liados por cintas de una tela de mezclilla que corté con una tijera. El pantalón beige con dos remiendos: un parche de color rojo arriba de la rodilla derecha, y en la izquierda, otro parche de color azul marino. Pero eso es lo menos preocupante.
 
El silencio es buen remedio para que el espíritu esté en paz, y no inquieto como aquella tarde que tuve fiebre.  Un  libro entre mis tibias manos  lo hojeaba  con la suficiente calma, pero al mismo tiempo entraba un viento frío por las hendiduras del enrejado. El grillo que todas las noches lleva serenata a mi cuchitril, curiosamente se atrevió  a asomarse esa tarde en el quicio de la puerta, sus ojos pardos parecían observarme con asombro. Cuando no escucho su estridente y monótona canción me zumban los oídos y creo que es el grillo quien canta, pues es muy parecido el sonido en la profundidad del silencio.
 
Solo hizo falta la chicharra que en tiempos de verano posa en las ramas del arbolito que está a un lado de éste tejado o las diminutas arañas blancas que se deslizan por hilos casi invisibles. No hablo de ratones porque por las noches, viene a dormirse un gato doméstico, de pelaje suave y corto, color beige en casi todo el cuerpo, tiene cola mocha. Se ha ido acercando poco a poco en la medida que le dejo algo de sobras en una vasija. Hace un par de días en que salí al patio trasero, y el gato  se acercó frente a mí,  con sus ojos azules, o verdes o mezcla de tonalidades, tal vez esperaba algo de comer, pero yo fui a cortar unos nopales tiernos para  cocinarlos. El gato siamés ha encontrado el mejor lugar acogedor para descansar, pues nadie la hace ruido y quizá desde aquí acecha a sus presas.
 
La leña crepitaba, casi  podría decir que el fuego me hablaba para decirme: “me estoy debilitando”. Entonces yo acomodé los leños de tal forma que estuvieran encimados entre sí y la llama no se apagara, si no que se hiciera más grande e intensa. Por la humedad, a veces no prenden fácilmente los leños, y tengo que soplar, soplar y soplar o abanicar con un cartón hasta que por fin de señales de humo y salga tras la cortina gris, la lánguida llama. Mi diminuto amigo, el grillo,  solamente se asomó para ver donde estaba yo, enseguida regresó con su violín al dorso  hacia el interior de mi cuchitril.  
 
Me tomé tres tazas de café, ese tarde fresca y húmeda, leyendo una novela interesante. Saqué algunos apuntes los cuales anoté en una libreta. Ahora ya no los dejo olvidados por donde quiera, trato de ser lo mejor ordenado posible, ya que de lo contrario los busco por los cajones de mi ropero,  entre los libros o en papelitos blancos. Aunque estoy recordando lo que hice ese día del lunes por la tarde,  hoy tengo planeado encontrarme con mi amigo Dragus, hace días que no nos vemos y tenemos muchas cosas de que hablar. No estaría nada mal tomarnos un café en el restaurante, frente a la plaza, en ésta mañana brumosa de invierno. 

Ricardo Hernández Hernández
Poeta y columnista

Colaborador del portal:” Hoy Tamaulipas” hasta la fecha.

Actualmente estoy cursando un “Diplomado en Creación literaria” en la Biblioteca del Centro Cultural Tamaulipas, con el maestro José Luis Velarde.
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