México, D.F.- Si bien Diego Rivera
(1886-1957) no fue un experto en arqueología, algunas de sus creaciones cuentan
con una marcada influencia prehispánica, ejemplo de ello son sus obras
presentes en Palacio Nacional y en el Teatro de los Insurgentes, en los que
retoma tradiciones y costumbres de civilizaciones como la mexica.
El muralista mexicano, que contaba con una gran afición
por coleccionar todo tipo de piezas y objetos prehispánicos, reconstruyó dentro
de sus murales las ciudades de Tlatelolco y Tenochtitlán, como parte de los
trabajos que inició en 1941 en el patio central de Palacio Nacional, en los que
se muestra también su afinidad por las culturas: mixteca, totonaca y huasteca.
De esto y más se da cuenta en el artículo "Diego
Rivera y la Arqueología Mexicana. La raíz Profunda", de Francisco González
Rul, donde el autor analiza la obra que Rivera realizó en sitios como el Centro
Médico La Raza y el Estadio Universitario México 68, entre otros.
La reconstrucción que hace de la Ciudad de México,
muestra que no contaba con conocimientos profundos de la cultura mexica, ya que
se pueden encontrar algunas inconsistencias, como la presencia de cerámicas con
tintes teotihuacanos en la obra que hace alusión al mercado de Tlatelolco, cita
el texto publicado en el número 47 de la revista Arqueología Mexicana.
Se dice que además Rivera retrató en gran medida la
fisionomía, vestimenta y sobre todo la arquitectura de las civilizaciones
indígenas, destacando la reconstrucción de la isla de México, a través de las
ya mencionadas ciudades de Tenochtitlán y Tlatelolco, presentes en los
corredores centrales del patio de Palacio Nacional.
De acuerdo con los expertos en la materia, el trabajo
realizado por Diego Rivera en el recinto que albera al Ejecutivo en la Ciudad
de México, es una de las obras de paisaje urbano más notables, no tanto por la
exactitud de sus elementos, sino por la concepción que este muralista
proporciona de la antigua metrópoli azteca y sus alrededores.
Para la elaboración de estas, Rivera tomó en cuenta
algunas descripciones realizadas por cronistas como Cortés, Bernal Díaz del
Castillo, García Cubas y Justino Fernández, las cuales mezcló con otros datos
históricos, arqueológicos y etnohistóricos de su época, a fin de asentar las
bases de la reconstrucción "hipotética" del Valle de México.
A lo largo del mural mencionado, el artista mexicano plasmó
como elemento central los canales y acueductos de la calzada de Tlacopan, que
desembocan en el Templo Mayor. Asimismo, agregó el centro ceremonial de esta
civilización, los templos menores conocidos como "campan" y los
barrios o "calpullis".
Otro elemento que refuerza la visión del mundo antes de
la conquista proporcionado por Rivera, es la ciudad de Tlatelolco, su centro
ceremonial y sus templos, entre los que destacan el templo de
"Huitzilopoztli" y "Tezclatlipoca", así como el gran
mercado "huey tianquizcuo", este último mencionado en las crónicas de
Hernán Cortés.
La importancia de la obra de Diego Rivera, según el
artículo de González, trascendió también en la planeación de la "Sala
Mexica" del Museo Nacional de Antropología (MNA), a cargo de Antonio Caso,
ya que este último decidió tomar como base el trabajo del muralista para el
diseño de la exposición.
Diego Rivera mantuvo una relación lejana con la
arqueología mexicana, ya que a diferencia de otros artistas como Miguel
Covarrubias no se involucró en ninguno de los trabajos realizados a lo largo de
la República Mexicana, pero a pesar de ello se mantenía al tanto de cada uno de
los avances que se suscitaban en este ámbito.
Muestra última del fuerte vínculo que poseía hacia las
culturas prehispánicas es el diseño del Museo Anahuacalli, recinto planeado por
él mismo como museo personal que a partir del uso de materiales modernos fue
construido con el objetivo de retomar y reconocer la genialidad de la
arquitectura prehispánica.