Por: Clara García14/12/2012 | Actualizada a las 09:40h
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Cuando
abrí los ojos, lo primero que vi fue un nacimiento lleno de luces y un Niño
Dios que me sonreía con mirada penetrante, como si me estuviera viendo el alma;
mi madre me había dando una chancliza en las nalgas porque se había enterado
que yo le tenía miedo al Niño.
Mi memoria se ha perdido en la inconsciencia
tratando de encontrar cuál es el primer recuerdo de la navidad. Como cortos de
película recuerdo escenas sueltas, una pelota roja que mis hermanos dijeron me
la había traído el Niño Dios; también viene a la mente mi padre, bajando un
árbol de su moto ISLO, que había cortado en el camino de regreso a casa después
de haber recorrido las rancherías vendiendo fotos; el olor penetrante del árbol
me hizo saber desde muy pequeña a que olía la navidad.
Todo giraba en torno a la figura del Niño Dios,
él era quien nos traía los regalos, el que nos daba los dulces, por él
cenábamos muy rico el 24 de diciembre, rompíamos piñata, pedíamos posada,
teníamos bengalas, velitas y cuetes.
Mi mamá hacia el nacimiento en un lugar
principal de la casa y durante el tiempo que duraba puesto (dos meses
aproximadamente, desde los primeros de diciembre hasta febrero), rezábamos el
rosario frente a él. La figura del Niño Dios era una reliquia muy valiosa
porque según nos contaba, se la había regalado su suegra, mi abuela paterna,
que a su vez había sido de mi bisabuela y así hasta el infinito.
La figura de color amarillento no solo se veía
antigua, estaba quemada en algunas partes y quebrada en otras, sin embargo los
ojos tenía algo que impresionaba; era lo que me provocaba temor, porque nos hacía
tan felices en navidad que yo lo consideraba un ser con vida propia. Tal vez,
cuando mi madre me dio aquella golpiza lo hizo con la intención de exorcizar
algún posible demonio que en mí habitara, ignorando que mi resistencia estaba
en la incapacidad de comprender la magnificencia de ese Niño que provocaba
tanta alegría.
Todo diciembre era una fiesta en Ciudad del
Maíz; iniciaba con la novena a la patrona del pueblo, la Purísima Concepción;
la feria inundaba las calles del centro entre las que se abrían paso con mucha
dificultan las procesiones de cera y los carros alegóricos que representaban
los misterios Gozosos. A las seis de la tarde los cuetes empezaban a sonar, las
danzas, la banda de música, la gente en multitud se confundía frente a la
iglesia con los vendedores de dulce, los merolicos que remataban cobijas y
trastes y el penetrante olor a churros.
Aun sin terminarse el novenario de la Purísima
Concepción se iniciaba en forma paralela el de la Virgen de Guadalupe. El día
ocho de diciembre la locura nos envolvía entre la diversión de la feria y la
fiesta patronal. Las gigantes puertas de la iglesia se abrían y bajaban
la imagen de la virgen de su nicho, la danza de a pie, la danza de a caballo,
se bailaban hasta el infinito, por la noche el castillo de pólvora se quemaba.
Pero el pueblo no regresaba a sus quehaceres, la
fiesta seguía para el 12 de diciembre, otro castillo, otra vez las danzas, las
bandas de música las entradas de cera interminables, donde todos los niños
íbamos vestidos de indios, emulando a nuestros antiguos mexicanos, las niñas
con rebozo, vestido de manta, trenzas y canasta.
La feria se iba, pero nosotros solo tomábamos un
breve respiro para continuar con las posadas, la iglesia volvía a abrir sus
puertas para que todos los niños fuéramos a rezar el rosario, se hacía un
nacimiento monumental en el altar mayor que nos dejaba atónitos y pasábamos
todo el tiempo del rezo hipnotizados viendo cada detalle que había en él. Al
final de cada día nos regalaban una bolsa de dulces cortesía de algún
comerciante.
Ya el 24 no íbamos a la iglesia, en casa
pedíamos posada, rezábamos, cenábamos y el 25 por la mañana se abrían los
regalos que el Niño Dios nos traía. Conforme fueron pasando los años y mis
hermanos mayores emigraban, la navidad era aún más emocionante. Porque llegaban con muchas
novedades de la civilización, recuerdo la cajuela del carro de mi hermana Laura
llena de regalos de muchos tamaños y pulidamente empacados con papel y moños
vistosos. Mi hermana Teresa llevaba gran variedad de comida que preparaba en
forma exquisita con su característico buen sazón.
Mi padre, aunque no iba a la iglesia siempre se
preocupaba porque tuviéramos una buena cena ese día, conforme fuimos creciendo,
descubrimos que toda la navidad era un gran esfuerzo por nuestra felicidad que
mis padres y mis hermanos mayores hacían y que el centro de la celebración era
el nacimiento del Niño Dios. Vivíamos en un pueblo donde diciembre giraba en
torno a las fiestas religiosas y la celebración de la navidad no podía
entenderse sin ese ingrediente.
Después de muchos años y ya lejos del terruño, seguimos
reuniéndonos cada 24 de diciembre, pedimos posada, rezamos el rosario,
cantamos, cenamos, al día siguiente abrimos los regalos, rompemos la piñata,
repartimos dulces, quemamos cuetes y comemos recalentado, con la presencia de
mi madre, que alegre observa como el ritual que hace muchas décadas nos
enseñaron (ella y mi padre que se adelantó), se sigue repitiendo en torno a la
figura del Niño Dios que se ha multiplicado con cada una de las familias de mis
hermanos que llegan a celebrar en navidad.
Ese día en el portal del nacimiento hay muchos
Niños Dioses como signo de una fe multiplicada y una tradición viva, heredada
de nuestros padres y nuestros abuelos: la fiesta del nacimiento de Dios.