¿Los países están girando a la derecha?
Brasil acaba de ofrecer una imagen que obliga a mirar el mapa completo. Flávio Bolsonaro obtuvo 47% en la primera vuelta frente a 45.1% de Lula y ambos volverán a enfrentarse el 25 de octubre. El resultado se suma a una tendencia más amplia. América Latina acumula victorias de fuerzas identificadas con la derecha y Europa muestra un desplazamiento semejante. Alemania tiene a Alternativa para Alemania como segunda fuerza parlamentaria, Giorgia Meloni gobierna Italia, Marine Le Pen consolidó a Agrupación Nacional como una fuerza central en Francia, Austria vio crecer al Partido de la Libertad y Portugal a Chega. En América, Milei y Bukele completan una fotografía que invita a concluir que el mundo está girando a la derecha. La realidad es más compleja.
La ciudadanía cambia de voto mucho más rápido de lo que cambia de valores. Quien hoy elige una opción conservadora puede seguir defendiendo pensiones públicas, salud, educación, protección laboral, matrimonio igualitario o ayudas sociales. Lo que cambia es la prioridad y, sobre todo, la evaluación entre lo que esperaba y lo que recibió. Un gobierno llega porque promete resolver aquello que más preocupa y después se enfrenta a expectativas que casi siempre crecen más rápido que sus resultados. Si la desigualdad domina la conversación, se exige redistribución. Si después persisten la inflación, la inseguridad, la vivienda cara o el deterioro de los servicios, el mismo ciudadano comienza a evaluar al gobierno con otros criterios. No abandonó necesariamente sus convicciones anteriores. Cambió aquello que considera urgente.
Trump ofrece un ejemplo interesante. Su narrativa transformó la política estadounidense y extendió su influencia mucho más allá de Estados Unidos. Fronteras, migración, China, industria nacional, seguridad, identidad, rechazo a determinadas expresiones del progresismo cultural y confrontación con las élites pasaron al centro de la discusión. Sin embargo, su aprobación se encuentra en los niveles más bajos de sus dos presidencias. Puede haber ganado la batalla para definir los temas y perder satisfacción ciudadana respecto a la manera de resolverlos. Una persona puede querer mayor control migratorio y desaprobar al presidente que lo prometió, apoyar aranceles frente a China y estar descontenta con el costo de vida, compartir su crítica a determinadas élites y rechazar otras decisiones de su gobierno. La expectativa lleva al poder y el resultado decide cuánto dura el respaldo.
Las viejas categorías también empiezan a quedarse cortas. Trump pertenece a la derecha, pero su defensa de aranceles, protección de la industria nacional y una intervención agresiva en el comercio rompe con la tradición de libre mercado que durante décadas identificó a buena parte de la derecha estadounidense. Milei combina liberalismo económico radical con posiciones culturales conservadoras. Meloni defiende identidad nacional y controles migratorios mientras mantiene un Estado social amplio y autoriza la llegada legal de cientos de miles de trabajadores extranjeros que la economía italiana necesita. La socialdemocracia danesa conserva un importante Estado de bienestar y al mismo tiempo ha desarrollado una política migratoria muy restrictiva.
Izquierda y derecha siguen sirviendo para hablar de igualdad, propiedad, impuestos o tamaño del Estado, pero ya no explican por sí solas cómo piensa un ciudadano. Algo semejante ocurre con liberal y conservador. Liberal puede significar progresista en Estados Unidos, defensor del mercado en América Latina o integrante del centro político en Europa. Conservador puede describir una posición sobre familia, religión o identidad y decir muy poco sobre comercio, pensiones, gasto público o intervención económica.
El debate alrededor de lo woke muestra la misma dificultad. Bajo esa palabra conviven rechazo a determinadas políticas de género, críticas al lenguaje políticamente correcto, discusiones sobre diversidad, universidades, raza e identidad. Una parte del electorado rechaza cambios sociales. Otra acepta buena parte de ellos y al mismo tiempo considera excesiva la pretensión de convertir determinados desacuerdos en faltas morales. La política tradicional intenta meter comportamientos muy distintos dentro de una sola etiqueta y después se sorprende cuando el votante no responde como se esperaba.
La migración rompe todavía más las categorías. Italia puede endurecer el combate contra la inmigración irregular y abrir cientos de miles de plazas para trabajadores extranjeros. Europa necesita inmigrantes por envejecimiento y falta de mano de obra, mientras millones de ciudadanos reclaman mayor control sobre quién entra, bajo qué condiciones y con qué capacidad de integración. El ciudadano no siempre está eligiendo entre apertura y cierre. Muchas veces exige que exista una política comprensible y que alguien responda por sus resultados.
En América Latina ocurre algo semejante con la seguridad. Una persona puede defender derechos sociales, intervención estatal y políticas redistributivas y, al mismo tiempo, exigir una respuesta mucho más severa frente al crimen. Bukele entendió esa demanda y convirtió la eficacia en seguridad en una fuente extraordinaria de legitimidad, aunque sus métodos también hayan abierto una discusión seria sobre garantías y concentración de poder.
Todo esto apunta a una idea más útil que la del simple giro a la derecha. Cada elección enfrenta una expectativa con una experiencia. El elector compara lo prometido con lo conseguido, lo que esperaba mejorar con lo que efectivamente mejoró y los problemas que ocupaban su atención cuando votó con los que ahora dominan su vida. Cuando esa distancia se vuelve demasiado grande, cambia de opción.
Las sociedades pueden pasar rápidamente de gobiernos progresistas a conservadores y después volver a cambiar sin atravesar una conversión ideológica completa. Basta con que se modifique la jerarquía de sus preocupaciones y que la opción gobernante deje de satisfacerlas.
La política contemporánea se entiende mejor como un péndulo ciudadano que como una conversión permanente hacia la izquierda o la derecha. Una ciudadanía menos fiel, más exigente y mucho más rápida para comparar expectativas con resultados.
El péndulo se mueve cuando la realidad deja de parecerse a lo que el ciudadano esperaba.
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto, si la IA no me reemplaza y el péndulo no termina golpeándome a mí.
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Cosmos y Zinnias para Greis y Alo.
David Vallejo
Politólogo y consultor político, especialista en temas de gobernanza, comunicación política, campañas electorales, administración pública y manejo de crisis. Cuenta con posgrados en Estados Unidos, México y España. Ha sido profesor, funcionario estatal y federal, así como columnista en Veracruz, Tamaulipas y Texas. Escritor de novelas y cuentos de ficción. Además, esposo amoroso, padre orgulloso, bibliófilo, melómano, chocoadicto y quesodependiente.
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