¡Que viva Victoria! …Y que también viva la memoria
“Allá por el norte, tierra de pasiones,
entre las montañas se encuentra escondida,
es de Tamaulipas la flor consentida,
por eso le canto con el corazón.”
Así comienza “Que viva Victoria”, de Tomás Guillén, una canción que le canta a esta tierra con nostalgia, orgullo y cariño.
Y sí: que viva Victoria.
Pero que viva también la memoria.
Porque este 6 de octubre, cuando conmemoramos la fundación de la antigua Villa de Santa María de Aguayo, no estaría de más preguntarnos qué historia estamos celebrando y, sobre todo, desde qué mirada la estamos contando.
Durante años nos enseñaron que José de Escandón y Helguera fue, simplemente, el gran fundador de Tamaulipas; el hombre que llegó a estas tierras para poblarlas, organizarlas y abrir caminos.
Pero aquí ya había gente.
Había pueblos, había territorios, había formas de vida y había hombres y mujeres que no estaban esperando que alguien viniera a “descubrirlos”.
Entre ellos estaban los Janambre, uno de los grupos que resistieron la expansión colonial.
Y ahí comienza la otra historia.
La que no suele caber en las ceremonias oficiales.
La historiografía de la Universidad Nacional Autónoma de México documenta que la colonización del Nuevo Santander recurrió a acciones coactivas y militares para someter a las poblaciones indígenas. La tamaulipeca Patricia Osante y Carrera señala incluso que la política aplicada por Escandón y sus sucesores llegó al “exterminio o exilio” de indígenas y que en las campañas militares murieron también mujeres y niños.
De modo que resulta difícil mirar a Escandón únicamente con los ojos de quienes llegaron con él.
Para los colonizadores fue un fundador.
Para quienes defendían su territorio, fue parte de una maquinaria de sometimiento.
Y quizá sea necesario decirlo sin rodeos: la fundación de una ciudad puede ser, al mismo tiempo, el inicio de una historia y el final de otra.
La Villa de Santa María de Aguayo nació el 6 de octubre de 1750, al pie de la Sierra Madre Oriental, después de que Escandón y sus hombres exploraran distintos parajes hasta encontrar el sitio que consideraron apropiado.
Agua, tierras fértiles, madera, pastos y una posición estratégica para abrir caminos hacia Jaumave y Tula.
Todo aquello que para los colonizadores representaba una oportunidad, para los habitantes originarios significaba también algo muy distinto: la ocupación de su territorio.
La propia investigación histórica sobre el Nuevo Santander ha documentado, además, que el proyecto de Escandón estuvo estrechamente relacionado con intereses de militares, hacendados y grupos de poder, mientras la situación de buena parte de la población era precaria.
Por eso, cuando hoy escuchamos:
“Guitarras que cantan, mujeres que inspiran,
que inspiran el alma de su trovador…”
Podemos disfrutar la canción, sí. Pero también podemos preguntarnos quiénes quedaron fuera de la historia.
Porque la historia no solamente la escribieron quienes fundaron villas.
También la escribieron quienes resistieron.
Los que huyeron.
Los que pelearon.
Los que perdieron sus tierras.
Los que desaparecieron de los documentos oficiales.
Y los que, pese a todo, dejaron sus huellas en la identidad de esta región.
LA VILLA, EL AGUA Y LA TIERRA
Los documentos de la fundación hablan de una tierra extraordinariamente rica: agua suficiente para la villa, huertas y riegos; buenos pastos; abundantes tierras para el ganado; madera de nogal, encino y pino, además de piedra, palma y cal.
Una verdadera descripción de abundancia.
Pero hay una pregunta que pocas veces acompaña esas palabras:
¿Abundancia para quién?
Porque aquella riqueza natural que los españoles describieron como una bendición también fue uno de los motivos por los que el territorio resultó tan atractivo para la colonización.
Y ahí está uno de los grandes dilemas de nuestra historia.
Primero se conquistó el territorio.
Después se repartió.
Y con el tiempo se convirtió en patrimonio, haciendas, propiedades, negocios y poder.
La historia colonial de Tamaulipas no puede reducirse a una sucesión de fechas, fundaciones y nombres de militares.
También debe hablar de los pueblos originarios y de la violencia que acompañó el avance colonial.
Incluso existe documentación sobre la causa formada contra el propio Escandón, con cargos y cuestionamientos a su actuación como gobernador del Nuevo Santander. El Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM conserva y publicó ese expediente, precisamente porque permite conocer las acusaciones y conflictos alrededor de su gobierno.
Así que no se trata de borrar a Escandón de la historia.
Se trata de quitarle el bronce.
De dejar de verlo solamente como estatua, nombre de calles o fundador.
De mirarlo como lo que también fue: un hombre de su tiempo, sí, pero protagonista de un proceso colonial que tuvo beneficiarios, víctimas, intereses económicos, violencia y resistencia.
Y quizá desde ahí podamos entender mejor nuestra propia ciudad.
Porque Victoria no nació únicamente de la voluntad de un coronel.
Nació también de un territorio que ya existía.
De sus ríos.
De sus montañas.
De sus pueblos originarios.
De sus resistencias.
Y, después, de las generaciones que fueron construyendo la ciudad que hoy conocemos.
“La cuera bordada, norteño el sombrero,
la silla plateada, la reata de cuero,
el norte es orgullo de esta patria hermosa,
que viva Victoria por siempre gloriosa.”
Que viva Victoria, sí.
Pero que no sea una Victoria contada solamente desde los vencedores.
Que viva la ciudad de los huapangos, de las montañas, del San Marcos y de la gente que la ha construido generación tras generación.
Y que viva también la memoria de aquellos que estaban aquí antes de que alguien decidiera que esta tierra podía tener dueño.
Porque celebrar una ciudad no obliga a idealizar a quien encabezó su fundación.
Al contrario.
Una ciudad madura es aquella que puede mirar su pasado completo: con sus grandezas, sus contradicciones, sus heridas y sus silencios.
Y quizá entonces la última estrofa de Tomás Guillén adquiere todavía más sentido:
“Me alejo cantando a mi tierra querida,
que aunque ande yo lejos, no la he de olvidar,
la llevo en el alma, porque allá he nacido,
pronto, muy pronto, yo he de regresar.”
Que viva Victoria.
Pero que viva también la memoria.
Porque un pueblo que conoce toda su historia —no solamente la historia de los vencedores— tiene mejores posibilidades de entender quién es.
Y Victoria, 276 años después de aquella fundación, sigue teniendo mucho que contar.
Desde Mi Trinchera
María Jaramillo Alanís.
Periodista desde 1987. Con Diplomado en periodismo impartido en la Facultad de Derecho de la UAT. Participante del Taller de narrativa, guiones radiofónicos realizado por el Colegio de la Frontera Norte, dado en la casa del Arte en Cd. Victoria. Curso de Apreciación Musical dado en el CCT por el Mtro. José Luis Pariente Fragoso. Cofundadora de diversos medios de comunicación en Tamaulipas. Desde hace dos décadas mi trabajo se ha publicado en mis propios medios webs, radio y algunas colaboraciones en Televisión.
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