El arte del asombro
Vivimos en una época que presume de saberlo todo. Nunca antes la humanidad había tenido acceso a tanta información ni había desarrollado tecnologías capaces de responder casi cualquier pregunta en cuestión de segundos. Sin embargo, a medida que aumenta el conocimiento disponible, parece disminuir nuestra capacidad para maravillarnos. Hemos aprendido a obtener respuestas, pero estamos dejando de formular las preguntas que realmente importan.
El asombro es una de las capacidades más valiosas del ser humano. De él nacen la curiosidad, el conocimiento, la creatividad y la innovación. Cultivarlo significa conservar la capacidad de descubrir significado donde otros solo perciben lo cotidiano. Sin embargo, la rutina, la prisa y la obsesión por producir nos han acostumbrado a mirar sin observar, a escuchar sin comprender y a vivir sin detenernos a descubrir el sentido profundo de las cosas.
El asombro es mucho más que una emoción. Es una forma de inteligencia. Es la capacidad de descubrir conexiones donde otros solo ven hechos aislados. Quien se asombra no se conforma con aceptar la realidad; necesita comprenderla.
Con los años he llegado a la convicción de que esa capacidad puede recuperarse mediante cuatro facultades que todos poseemos.
La primera es el intelecto, que nos permite distinguir lo verdadero de lo falso en una época saturada de información y rumores. La segunda es la intuición, esa voz silenciosa que muchas veces se percibe antes de que la razón logre explicarla. La tercera es la imaginación, origen de toda innovación y de todo cambio profundo. La cuarta es el ingenio, la capacidad de encontrar soluciones donde otros solo encuentran obstáculos.
Cuando estas cuatro facultades trabajan juntas, dejamos de reaccionar ante el mundo y comenzamos a transformarlo.
También hemos simplificado demasiado nuestra manera de entender la percepción humana. Solemos hablar de los cinco sentidos, pero nuestra experiencia va mucho más allá. Percibimos el tiempo, comprendemos el espacio, interpretamos las emociones de quienes nos rodean y construimos vínculos a través del amor. Sin embargo, existe un sentido que integra a todos los demás: el sentido común.
El sentido común es la capacidad de integrar lo que vemos, escuchamos, sentimos, aprendemos y vivimos para tomar decisiones acertadas. Nace de la experiencia, la prudencia y la sensibilidad, y convierte la información en conocimiento, el conocimiento en criterio y el criterio en sabiduría.
Vivimos en una sociedad que avanza a gran velocidad, mientras la sabiduría encuentra su mejor espacio en la reflexión. Disponemos de más información que nunca, aunque no siempre de mayor discernimiento. Las mejores decisiones nacen de la reflexión y los grandes descubrimientos, de la capacidad de sorprenderse.
Hay una enseñanza que siempre me ha parecido extraordinaria. Un grupo de niños, después de crear una obra de teatro escrita, diseñada e interpretada por ellos mismos, respondió con absoluta naturalidad cuando les preguntaron cómo habían logrado hacerlo: “Lo hicimos porque no sabíamos que no podíamos”. Esa frase encierra una verdad profunda. El asombro rompe las barreras que el miedo, la costumbre y los prejuicios erigen en nuestra mente. Mientras los adultos solemos preguntarnos por qué algo no puede hacerse, los niños simplemente comienzan a hacerlo.
La grandeza de nuestra época radica en la oportunidad de combinar el avance tecnológico con el desarrollo de personas capaces de pensar con rigor, sentir con profundidad, imaginar sin límites y actuar con ingenio.
La capacidad de formular mejores preguntas impulsa el conocimiento y abre el camino hacia nuevas respuestas. Las grandes transformaciones de la humanidad comenzaron cuando alguien se atrevió a cuestionar aquello que todos daban por cierto. La curiosidad abre la puerta del conocimiento; el asombro nos da el valor para cruzarla.
Necesitamos volver a mirar el mundo con curiosidad, humildad y esperanza. Detenernos frente a un amanecer, una conversación, una idea o una simple pregunta. Cuando dejamos de asombrarnos, comenzamos a vivir en automático; cuando recuperamos el asombro, recuperamos también la posibilidad de crecer.
El asombro no es ingenuidad. Es el punto de partida del conocimiento, de la creatividad y de la innovación. Quizá sea la forma más profunda de inteligencia que todavía podemos cultivar. Porque quien conserva la capacidad de asombrarse jamás deja de aprender y, por ello, nunca deja de transformar el mundo que habita.
Alberto Rivera
Construyo procesos de comunicación siendo y haciendo cosas diferentes, provocando emociones y moviendo conciencias hacia la participación social y política.
Ayudo a potenciar marcas de proyectos políticos y gubernamentales a través del descubrimiento de insights, arquetipos de marca y estrategias de comunicación política.
Soy consultor, catedrático y speaker en Estrategias de Campaña Política y de Gobierno. Director General de Visión Global Estrategias.
Soy originario de Tampico, Tamaulipas y cuento con una Maestría en Educación, Maestría en Política y Gobierno y Doctorado en Filosofía; además de tener diversas especializaciones en Comunicación Política, Consultoría Política e Imagen.
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