¿Compensar o transformar? El dilema económico de la democracia
Detrás de cada número hay una estructura de poder y una forma de organizar la convivencia. La Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) 2024 no solo nos dice cuánto ganan los mexicanos o en qué gastan, sino que también ofrece una radiografía silenciosa del estado real de nuestra democracia.
El ingreso corriente promedio trimestral del hogar se ubicó en 77,864 pesos en 2024. Hay crecimiento respecto a años anteriores y, además, el indicador que mide qué tan concentrado está el ingreso muestra que la brecha entre quienes más ganan y quienes menos reciben se ha reducido ligeramente frente a 2016. A primera vista, el mensaje parece alentador: mayor ingreso promedio y menor concentración. Sin embargo, la pregunta política no es solo si el ingreso crece, sino también cómo se distribuye el poder que ese ingreso representa.
Porque el ingreso no es solo dinero. Es margen de autonomía, acceso a una educación de calidad, posibilidad de emprender, capacidad de ahorro y, en última instancia, influencia política. Cuando el ingreso se concentra, también se concentra la capacidad de incidir en las reglas del juego. La desigualdad económica tiende a convertirse en desigualdad de voz.
La ENIGH confirma que el ingreso sigue dependiendo principalmente del trabajo. También muestra que, en los sectores de menores ingresos, una parte relevante proviene de transferencias gubernamentales. Esto ayuda a explicar la reducción de la brecha: la política redistributiva ha contenido la concentración de la riqueza. Es un dato importante. Las transferencias fortalecen la cohesión social, amortiguan tensiones y sostienen la legitimidad a corto plazo.
Pero aquí surge el dilema estructural: ¿estamos ante una democracia que transforma su base productiva o ante una democracia que compensa sus desigualdades?
Redistribuir es necesario; transformar es estructural. Si la disminución de la concentración del ingreso depende principalmente de transferencias y no de una expansión sostenida de la productividad, la legitimidad se vuelve fiscalmente dependiente. El Estado necesita transferir de manera constante para mantener la estabilidad. Eso puede administrar el conflicto social, pero no necesariamente modifica las condiciones que lo originan.
Y el origen importa. La ENIGH confirma que la educación sigue siendo el principal determinante del ingreso. Una persona con posgrado puede ganar varias veces más que alguien con primaria. La brecha de género persiste: las mujeres registran ingresos significativamente menores que los hombres. Los hogares con jefatura femenina presentan ingresos inferiores a los de los hogares con jefatura masculina. La población indígena, las personas con discapacidad y los hogares compuestos únicamente por adultos mayores enfrentan rezagos significativos.
Estos datos revelan algo más profundo que una mera diferencia económica: muestran que la movilidad social en México sigue condicionada por factores estructurales como el territorio, el género, la escolaridad y el ciclo de vida. En otras palabras, el punto de partida continúa influyendo de manera determinante en el punto de llegada.
Una democracia sólida no solo garantiza elecciones libres; también garantiza horizontes de posibilidad. Cuando la movilidad se bloquea, la promesa democrática se debilita. La ciudadanía puede votar, pero si no puede ascender socialmente, la democracia pierde sustancia. Sin una movilidad amplia, el sistema corre el riesgo de convertirse en un mecanismo de gestión de expectativas más que en una herramienta de transformación.
La desigualdad territorial refuerza esta lectura. El ingreso promedio en entidades del norte y del centro duplica el de varios estados del sur. Esa brecha no es solo económica; también es institucional y productiva. Es una desigualdad en la capacidad de desarrollo. Cuando el territorio condiciona las oportunidades, la representación política se fragmenta y el poder se distribuye de manera asimétrica.
La estructura del gasto también es reveladora. Los hogares de menores ingresos destinan una mayor proporción de sus ingresos a alimentos, mientras que los de mayores ingresos pueden asignar recursos a educación, ahorro o inversión patrimonial. Así se reproducen ventajas intergeneracionales. La desigualdad no solo se observa en el ingreso actual; también se proyecta hacia el futuro.
A esto se suma una tendencia demográfica clara: hogares más pequeños y una mayor proporción de adultos mayores. México envejece. El debate ya no es únicamente distributivo sino de sostenibilidad. ¿Cómo financiar a largo plazo un modelo que combina redistribución creciente con transición demográfica acelerada?
La ENIGH 2024 deja una conclusión matizada. México ha reducido ligeramente la concentración de ingresos y ha mejorado su promedio nacional. Eso fortalece la legitimidad distributiva. Pero la arquitectura profunda de la estructura productiva y de oportunidades sigue mostrando rigideces.
La democracia no se mide solo por las alternancias ni por la participación electoral. También se mide la capacidad de generar una movilidad social sostenida. Una democracia que redistribuye, pero no transforma, puede contener la desigualdad; una democracia que transforma amplía el acceso real al poder.
La pregunta estratégica no es únicamente cuánto crece el ingreso, sino si el origen dejará de determinar el destino. Porque cuando la movilidad se amplía, la democracia se legitima. Cuando solo se compensa, la democracia se administra.
Y administrar no es lo mismo que transformar.
Alberto Rivera
Construyo procesos de comunicación siendo y haciendo cosas diferentes, provocando emociones y moviendo conciencias hacia la participación social y política.
Ayudo a potenciar marcas de proyectos políticos y gubernamentales a través del descubrimiento de insights, arquetipos de marca y estrategias de comunicación política.
Soy consultor, catedrático y speaker en Estrategias de Campaña Política y de Gobierno. Director General de Visión Global Estrategias.
Soy originario de Tampico, Tamaulipas y cuento con una Maestría en Educación, Maestría en Política y Gobierno y Doctorado en Filosofía; además de tener diversas especializaciones en Comunicación Política, Consultoría Política e Imagen.
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