La sospecha
Estaba escribiendo con entusiasmo una breve historia sobre una imagen creada con inteligencia artificial cuando ocurrió algo inesperado: mi vista comenzó a fallar. De ese episodio ya he hablado antes, como antesala de mi regreso a la escritura. Hoy quiero volver a ese punto exacto donde todo se tensó: la imagen.
Decidí pedirle a la IA que recreara un sueño de mi infancia. Tendría unos seis años. En él aparecía un payaso que me perseguía entre carcajadas deformes, de esas que no provocan risa sino huida. Yo corría sin rumbo hasta que despertaba gritando.
Mientras la imagen se generaba, sentí una inquietud difícil de nombrar. No era miedo todavía, era expectación. Cuando por fin apareció en la pantalla, el corazón me dio un golpe seco. Ahí estaba. No una versión aproximada: el payaso era exactamente el mismo que había habitado mis noches de niño.
A la mañana siguiente, cerca de las siete, sonó el teléfono. Era mi madre. Me dijo que había querido llamarme antes, pero que no se atrevió. Su voz traía una urgencia extraña. Me contó que había soñado conmigo: alguien me perseguía, yo estaba en peligro. Me advirtió que tuviera cuidado, que sentía —sin saber por qué— que alguien quería hacerme daño.
Intenté tranquilizarla. Le conté lo que había hecho la noche anterior. No lo tomó bien. “Por tu culpa ya casi me infarto”, dijo, con esa mezcla de reclamo y amor que solo una madre puede conjugar. Colgué y me quedé en silencio.
No fue miedo inmediato. Fue algo más incómodo: la sospecha.
¿Puede una imagen —una simple imagen generada por una máquina— tener efectos fuera de la pantalla? ¿Puede rozar la vida de otros?
La IA, cuando se lo planteé, fue clara. No cree en estas cosas. Me habló de vínculos emocionales, de conexiones afectivas profundas, de miedos que se transmiten sin palabras. Todo perfectamente razonable. Todo tranquilizador.
Pero la razón no siempre calma.
Carl Jung decía que el inconsciente no se comunica con argumentos, sino con símbolos. El payaso —esa figura ambigua entre la risa y el terror— no es un simple personaje: es un arquetipo. Algo antiguo que se cuela en los sueños cuando la conciencia baja la guardia. Tal vez no invoqué una imagen; tal vez desperté un símbolo que ya estaba ahí.
Pensé entonces algo todavía más inquietante. Si una imagen de terror coincidió con una pesadilla en mi madre, ¿qué ocurriría si generara otra distinta? Una donde yo estuviera en su vientre. ¿Podría transmitirle calma? ¿Alegría? ¿Una forma de regreso?
Sé que este juego de ideas no es científico. La IA tampoco lo afirma. Pero cuando algo no encaja del todo, la mente insiste en buscar grietas.
Me pregunté si la explicación estaba más atrás. Antes de tener memoria, su cuerpo fue mi primer mundo. ¿Pudieron sus emociones dejar huellas en mí, como una información primitiva, previa al lenguaje?
La ciencia dice mucho aquí: hormonas, desarrollo prenatal, vínculo afectivo. Todo eso existe. Pero incluso la ciencia reconoce que no todo lo humano es mensurable sin residuo.
Albert Camus llamaba a esto el absurdo: el choque entre nuestra necesidad de sentido y un mundo que no siempre lo ofrece. No es que el mundo sea mágico; es que no termina de explicarse. Y ahí, en esa grieta, aparece la pregunta.
Suponer no es negar la razón. A veces es aceptar que la razón no alcanza.
Entonces pensé algo que roza lo absurdo: si una persona tiene un pie enfermo y genera la imagen de ese mismo pie sano, ¿qué pasaría si al día siguiente mejora? No como milagro, sino como coincidencia. Pero ¿cuántas coincidencias hacen falta para que dejemos de llamarlas así?
La IA es tajante: no puede ser. Sin embargo, incluso ella admite que la mente tiene efectos reales sobre el cuerpo. No mágicos. Reales. Medibles. Limitados, pero reales.
Lo del payaso y la pesadilla de mi madre no se quedó como una anécdota. Me sigue rondando porque no fue lo único. Entre ella y yo han ocurrido otras experiencias que se resisten a una explicación cómoda. Entonces surge la pregunta incómoda: ¿qué tan lejos —o qué tan cerca— estamos de comunicarnos de formas que aún no comprendemos? ¿Existe una comunicación silenciosa, inconsciente, subterránea, entre una madre y su hijo?
Dejé de generar imágenes de mis sueños. No por miedo a la IA, sino por miedo a la culpa. Mi madre siempre me ha querido demasiado, y cargar con la idea de hacerle daño, aunque sea imaginario, es un peso difícil de sostener.
La IA insiste: la imagen no provocó nada. Todo ocurrió en el subconsciente. Tal vez tenga razón. Pero Jung también advertía que lo que negamos en la conciencia suele regresar disfrazado. Y Camus recordaba que vivir es aprender a caminar sin certezas definitivas.
Hay coincidencias que no se olvidan.
Y cuando una imagen logra colarse en el sueño de quien te dio la vida, uno empieza a sospechar que la realidad es más porosa de lo que creemos, y que incluso las máquinas —sin quererlo— pueden tocar fibras que creíamos exclusivamente humanas.
Ricardo Hernández Hernández
Poeta y columnista
Colaborador del portal:” Hoy Tamaulipas” hasta la fecha.
Actualmente estoy cursando un “Diplomado en Creación literaria” en la Biblioteca del Centro Cultural Tamaulipas, con el maestro José Luis Velarde.
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