El dolor de no ver bien
Dejé de escribir durante casi tres meses. Y aunque dejar de escribir duele, hay dolores que pesan más: no poder ver bien es uno de ellos. Porque cuando la vista falla, no solo se nubla el mundo, también se nubla el ánimo, la certeza, la idea de futuro.
Mi computadora quedó en silencio, como un objeto inútil. El celular apenas lo tocaba; las letras se habían vuelto enemigas. Al principio pensé que eran mis lentes, que ya no servían, que el tiempo simplemente los había vencido. Pero cuando supe que la causa era la glucosa alta, algo más profundo comenzó a instalarse en mí: el miedo.
El miedo no llega de golpe. Se filtra. Se queda. Se sienta junto a uno por las noches. Pensar que podía quedarme ciego no me dejaba dormir como antes, con esa calma casi infantil que uno da por sentada. El sueño se volvió inquieto, frágil, como la vista misma.
En la calle el mundo perdió definición. Las personas dejaron de tener rostro. Todo eran formas borrosas, sombras que iban y venían. Y entonces apareció un pensamiento insistente, casi una súplica interior: si tan solo pudiera ver un 60, un 70, un 80 por ciento…
Antes de saber que tenía la glucosa alta, había cometido excesos que hoy reconozco con claridad. Mucho jugo, frutas como la sandía, todo en plena época de calor. El cuerpo avisó. Siempre avisa. Yo lo sentí, tuve un presentimiento de que algo no estaba bien, pero no lo escuché. Como solemos hacer cuando creemos que el cuerpo es resistente, infinito, obediente.
Cuando le dije a mi madre que me aplicarían insulina, se asustó.
—¿Cómo que insulina? ¡Eso no puede ser! —me dijo, con esa mezcla de amor y temor que solo una madre conoce.
Yo respondí casi sin pensar:
—Estoy en manos de los médicos. Y eso es suficiente.
En realidad, también me estaba convenciendo a mí mismo.
La glucosa se normalizó en pocos días. Los números mejoraron. Pero la vista no. Y ahí comprendí algo: no todo mejora al mismo ritmo. El cuerpo tiene sus propios tiempos, y no siempre coinciden con nuestra desesperación.
Busqué ayuda. Fui con un amigo que vende lentes graduados. Le dije la verdad, sin rodeos:
—No veo bien. Traigo la glucosa en 273 y una hemoglobina glucosilada de 11%.
Me escuchó con atención y fue honesto:
—No compres lentes nuevos. La vista va a mejorar conforme sigas el tratamiento. Hay que esperar.
Me hizo el examen. El resultado fue claro: 1.75 para ver de lejos, 3 para ver de cerca. No era poca cosa. Y, sin embargo, tenía razón: la vista no estaba perdida, estaba esperando.
Mis lentes tenían una graduación de .5 para ver de lejos, y 2 para ver de cerca, para leer. La diferencia era evidente.
Durante esos meses de glucosa alta los ojos me ardían como si se quemaran por dentro. Sentía que se estaban secando por completo. Usaba las gotas como si el pequeño frasco fuera un salvavidas. No hacían milagros, pero me daban la ilusión de estar haciendo algo para no hundirme.
Cada mañana despertaba con la misma esperanza: tal vez hoy vea un poco mejor. No sucedía.
Y entonces preguntaba. A las enfermeras, a quien pudiera escucharme:
—¿Cuánto falta para que vuelva a ver bien?
Preguntaba con miedo, como un niño que no entiende por qué el mundo se volvió oscuro.
Pero no me rendí. Todas las mañanas, desde las seis, me iba a caminar o a correr al estadio. Si había sido capaz de dejar el alcohol, no permitiría que la diabetes me derrotara. Quería recuperar la vista. Y si el sacrificio era disciplina, sudor y constancia, estaba dispuesto.
Casi como si estuviera escrito por la medicina, por la vida o por esa paciencia invisible que nos forma a golpes suaves, pasaron tres meses desde que inicié el tratamiento, el ejercicio y los cambios en la alimentación.
Una mañana desperté y algo era distinto. No fue inmediato ni espectacular. Abrí los ojos y el mundo ya no estaba roto. Las formas tenían borde. La luz dejó de doler. Me quedé inmóvil, temiendo que ese instante desapareciera si parpadeaba demasiado.
Entonces lo entendí: uno no agradece la vista cuando la tiene. La agradece cuando la pierde, aunque sea un poco. Uno no aprende a mirar hasta que el mundo amenaza con borrarse.
Ese día no grité ni celebré. Guardé silencio. Miré el techo, la ventana, mis manos. Miré como quien regresa a casa después de una larga ausencia. Y sentí algo que había olvidado: calma.
La vida cambia sin avisar. El cuerpo habla, susurra, grita. A veces no lo escuchamos. Otras veces nos obliga a detenernos y a mirar —literalmente— aquello que dábamos por hecho.
Hoy veo. Y al ver, comprendo que nada está garantizado. Que la fragilidad también enseña. Que cuidar el cuerpo es una forma de cuidar la vida. Y que mientras los ojos puedan abrirse cada mañana, mirar sigue siendo un acto profundamente sagrado.
Ricardo Hernández Hernández
Poeta y columnista
Colaborador del portal:” Hoy Tamaulipas” hasta la fecha.
Actualmente estoy cursando un “Diplomado en Creación literaria” en la Biblioteca del Centro Cultural Tamaulipas, con el maestro José Luis Velarde.
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