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El Anzuelo...

Y cuidado que llegaron las aves carroñeras a Cd Victoria

por El Fisgón

Hoy es Viernes 24 de Mayo del 2013
Sección: Editoriales / En la Remington

Joyceando

Por: Ricardo Hernández

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20/11/2012 | Actualizada a las 09:11h
Ricardo Hernández Hernández
Poeta y columnista

Colaborador del portal:” Hoy Tamaulipas” hasta la fecha.

Actualmente estoy cursando un “Diplomado en Creación literaria” en la Biblioteca del Centro Cultural Tamaulipas, con el maestro José Luis Velarde.

ESCRIBO APENAS UNA PALABRA y la borro enseguida.  El  vendedor de libros  fue el culpable de  que el estómago me doliera de tanta risa. Eso si me sale sin esfuerzo, el cursor se vuelve loco y de repente escribo donde no debo, líneas arriba, líneas abajo. Pensé que era un hombre serio, sin el brillo de alegría en su rostro redondo. Oh,  que equivocado estaba: es todo un cómico. Detrás de esos lentes negros con fondo de botella, sus ojos se ven pegados al cristal.

Enseguida de mí, llegó un hombre desgarbado y taciturno, pensé que se había equivocado de lugar, quizás  anduviera buscando una funeraria. Pero llegó, saludó, y se sentó en una silla pequeña de madera. “Permítame cinco minutos” Me dijo el vendedor de libros cuando pensé en retirarme después de escrutar los anaqueles. Eso es bueno, escribir sin detenerse como si los dedos ya supieran lo que tienen que hacer cuando acarician las teclas de la computadora, escribía mejor en la Remington, aún extraño sus sonidos: tras-tras, tras-tras-tras, tras-tras-tras-tras-tras… tras.

El vendedor dijo: “Fíjate amigo, me invitaron a hablar de Sor Juana ante un público y lo único que sabía de ella era su biografía, pero de sus obras ni fu ni fa, ni fa ni fu,  ji ji ji. Me comenzaron a sudar  y a temblar las manos. Ji. ji. Pero luego cambiaron las cosas ji ji, y me pidieron que hablara de los libros que vendía, ji ji ji.”  Eso si me gusta. Punto y seguido. El vendedor hizo que me salieran lágrimas de risa. El cristal oblicuo y transparente de sus lentes se puso  opaco, nebuloso. Se acariciaba el bigote grueso manchado de rayitas blancas.

El hombre que llegó después se sentó  a un costado del escritorio. También se reía, pero a su manera, pues con las manos en la cara, daba la impresión de estar llorando. Su senil rostro se le surcaba como una pelota ponchada. Ja ja ja. Punto y seguido. El vendedor  continuó su relato: “cuando me paré frente al público me dieron ganas de ir allá donde te platiqué. Ji ji  ji ji. Pero como verás, me aguanté los deseos biológicos que predominan en un hombre en apuros y no hablé de Sor Juana, si no de los libros que vendo, ji ji. Un joven me dijo hace un par de días, ji ji, aquí en el negocio, que nunca había visto a un vendedor  vendiendo sandías y comérselas al mismo tiempo, ji ji ji ji.”

Vamos mi querido cursor, no me falles,  sigamos escribiendo en esta tarde que agoniza.

El vendedor de libros me pareció un  buen hombre,  tenía deseos de reírse, de aventar el humo gris que le salía de la cabeza  contra alguien y  no encontró a otras personas con quien desahogarse mas que con nosotros, de no haber llegado el otro hombre que solo hablaba con su sonrisa, nuestras lágrimas hubieran sido menos. Nos encontramos en ese mundo de las casualidades, donde uno piensa: “Por algo nos encontramos”. El vendedor  explicó lo que trató de decir ese muchacho acerca de las sandías: “Las sandías son los libros, y yo tengo la costumbre de leerlos antes de venderlos, ji ji ji ji ji.”

Tenía en su escritorio dos montañas de libros una en su diestra, la otra a su siniestra.  La mirada se le extraviaba en el mar de letras. “¿Qué libro lees?” Me preguntó. Le mostré el de García Ponce NOVELAS BREVES. “¿Pero es Juan o su primo?” volvió a inquirir. “Juan _le respondí_, dramaturgo, narrador y ensayista” Buceó  sobre esas montañas; enseguida sacó un libro. Señaló: “Aquí se habla de escritores contemporáneos que imitaron a James Joyce, debe estar también García Ponce.” Me interesó esa información. Se desdibujó su sonrisa. Ahora se había convertido en el hombre serio, de negocios.

El ji ji ji ji lo convirtió en un constante: “ajá” “ajá” “Me interesa ese libro _le dije_ ¿cuánto vale?” Me dio el precio. Lo compré.  Me retiré enseguida.  Tal vez me contagió el vendedor de esa seriedad. Pero no, no creo que él sea tan serio. Yo tampoco lo soy. Traigo una música por dentro,  lo comprendo, así me he sentido algunas veces. Quiero sentirme acompañado, reír, caminar con alguien, conversar, o compartir. Después de todo, que nos cuesta sonreírle al mundo. El vendedor es un buen tipo. Así lo creo, ji ji ji ji ji.

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