El Anzuelo...
Y cuidado que llegaron las aves carroñeras a Cd Victoria
por El Fisgón
Por: Ricardo Hernández
ESCRIBO APENAS UNA PALABRA y la borro enseguida. El vendedor
de libros fue el culpable de que el estómago me doliera de tanta risa. Eso
si me sale sin esfuerzo, el cursor se vuelve loco y de repente escribo donde no
debo, líneas arriba, líneas abajo. Pensé que era un hombre serio, sin el brillo
de alegría en su rostro redondo. Oh, que
equivocado estaba: es todo un cómico. Detrás de esos lentes negros con fondo de
botella, sus ojos se ven pegados al cristal.
Enseguida de mí, llegó un hombre desgarbado y taciturno, pensé que se había
equivocado de lugar, quizás anduviera
buscando una funeraria. Pero llegó, saludó, y se sentó en una silla pequeña de
madera. “Permítame cinco minutos” Me dijo el vendedor de libros cuando pensé en
retirarme después de escrutar los anaqueles. Eso es bueno, escribir sin
detenerse como si los dedos ya supieran lo que tienen que hacer cuando acarician
las teclas de la computadora, escribía mejor en la Remington, aún extraño sus
sonidos: tras-tras, tras-tras-tras, tras-tras-tras-tras-tras… tras.
El vendedor dijo: “Fíjate amigo, me invitaron a hablar de Sor Juana ante un
público y lo único que sabía de ella era su biografía, pero de sus obras ni fu
ni fa, ni fa ni fu, ji ji ji. Me
comenzaron a sudar y a temblar las
manos. Ji. ji. Pero luego cambiaron las cosas ji ji, y me pidieron que hablara
de los libros que vendía, ji ji ji.” Eso
si me gusta. Punto y seguido. El vendedor hizo que me salieran lágrimas de
risa. El cristal oblicuo y transparente de sus lentes se puso opaco, nebuloso. Se acariciaba el bigote
grueso manchado de rayitas blancas.
El hombre que llegó después se sentó a
un costado del escritorio. También se reía, pero a su manera, pues con las
manos en la cara, daba la impresión de estar llorando. Su senil rostro se le
surcaba como una pelota ponchada. Ja ja ja. Punto y seguido. El vendedor continuó su relato: “cuando me paré frente al
público me dieron ganas de ir allá donde te platiqué. Ji ji ji ji. Pero como verás, me aguanté los deseos
biológicos que predominan en un hombre en apuros y no hablé de Sor Juana, si no
de los libros que vendo, ji ji. Un joven me dijo hace un par de días, ji ji,
aquí en el negocio, que nunca había visto a un vendedor vendiendo sandías y comérselas al mismo
tiempo, ji ji ji ji.”
Vamos mi querido cursor, no me falles, sigamos
escribiendo en esta tarde que agoniza.
El vendedor de libros me pareció un buen hombre, tenía deseos de
reírse, de aventar el humo gris que le salía de la cabeza contra alguien y no encontró a otras personas con quien desahogarse
mas que con nosotros, de no haber llegado el otro hombre que solo hablaba con
su sonrisa, nuestras lágrimas hubieran sido menos. Nos encontramos en ese mundo
de las casualidades, donde uno piensa: “Por algo nos encontramos”. El vendedor explicó lo que trató de decir ese muchacho
acerca de las sandías: “Las sandías son los libros, y yo tengo la costumbre de
leerlos antes de venderlos, ji ji ji ji ji.”
Tenía en su escritorio dos montañas de libros una en su diestra, la otra a su
siniestra. La mirada se le extraviaba en
el mar de letras. “¿Qué libro lees?” Me preguntó. Le mostré el de García Ponce
NOVELAS BREVES. “¿Pero es Juan o su primo?” volvió a inquirir. “Juan _le respondí_,
dramaturgo, narrador y ensayista” Buceó sobre esas montañas; enseguida sacó un libro.
Señaló: “Aquí se habla de escritores contemporáneos que imitaron a James Joyce,
debe estar también García Ponce.” Me interesó esa información. Se desdibujó su
sonrisa. Ahora se había convertido en el hombre serio, de negocios.
El ji ji ji ji lo convirtió en un constante: “ajá” “ajá” “Me interesa ese libro
_le dije_ ¿cuánto vale?” Me dio el precio. Lo compré. Me retiré enseguida. Tal vez me contagió el vendedor de esa
seriedad. Pero no, no creo que él sea tan serio. Yo tampoco lo soy. Traigo una
música por dentro, lo comprendo, así me
he sentido algunas veces. Quiero sentirme acompañado, reír, caminar con
alguien, conversar, o compartir. Después de todo, que nos cuesta sonreírle al mundo.
El vendedor es un buen tipo. Así lo creo, ji ji ji ji ji.
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