Por: Javier Rosales Ortiz18/11/2012 | Actualizada a las 22:10h
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Apenas el sol asomaba una de sus mejillas y
aquel chamaco de escasos 6 años salía corriendo de su casa con la carita
iluminada, ya listo para la siguiente jornada. Descalzo, porque para zapatos no había, sabía
que en las canchas de Tenis del 18 ya me esperaba el buen Gabino con los
taquitos de huevo con chile piquín, chochas y picadillo con frijolitos pasados
por el comal que diariamente le preparaba su mujer, una rica vianda que él
compartía generoso con Juan y conmigo. Nos sentábamos en una piedra al lado del
caliente comal y con un cafecito con leche devorábamos aquel manjar que nos
inyectaba fuerza para maquillar las dos canchas y que en punto de las cinco de
la tarde ya exhibieran su mejor rostro para el arribo de los socios del club de
tenis más famosos de Ciudad Victoria, Tamaulipas. Siempre los primeros en llegar eran Doña
Esther y su esposo Arrigo Aznar, un viejón con aspecto de gringo pensionado, quien
desde que descendía de su vehículo
gritaba fuerte: “Ya sálganse”, como si las canchas estuvieran ocupadas. A eso de las seis el lugar ya lucía como un
hormiguero, por lo que con Gabino y
Juan, quienes eran mayores que yo, hacía malabares para cumplir con el trabajo
que era el de recoge bolas y así juntos ejercitábamos el cuerpo, nos
divertíamos y, lo más importante, se acumulaban en el bolsillo las abundantes
propinas. Casi nunca falté a la cita que tenía con
aquel lugar al que le tome cariño por su gente divertida y respetuosa, por el
trinar de los pájaros de la madrugada y, por el deporte blanco, el que bien
sabía que era exclusivo para personas con recursos. A falta de una costosa raqueta en mis
tiempos libres hacía chocar las desgastadas pelotas de tenis contra la pared
con una rudimentaria tabla y fue así como en el camino fui conociendo los
trucos que forjan el carácter y la sagacidad de un tenista. Y fue ella, Doña Esther, quien descubrió mi
interés por el deporte blanco y me regalo una raqueta nueva y un bote con
bolas. Pero fue ella también, una mujer otoñal, la
que sepultó mi ilusión de convertirme en un gran tenista, en razón de que en el
primer torneo que participé me derrotó vergonzosamente. Pero no decliné y al paso del tiempo me
saque la espina, porque a los 17 años logre hacer rodar por las canchas “la
cabeza” de Antonio Pedraza, un hombre enorme, con una fuerza de toro, quien
seis años consecutivos había resultado invicto en los torneos locales. Cómo no mencionar a aquellos tenistas de
mis recuerdos a los que les robé un pedazo de su peculiar estilo, como mi
querida maestra y protectora, María Emilia Cárdenas, a Carmelita Pérez, a Merced
Alvarado, a Don Tomás y Gilberto Arriaga, a Luis Terán y su famoso “slice”-
golpe cortado-, a Benjamin Prieto, a Lupita Balandrano, a Mario Alejo Salinas,
a Alfredo Salazar, a Sergio Rodríguez y su bella esposa María de la Luz, a Pedro Montemayor y su
esposa Paty y a José Francisco Rábago Castillo, a quien bautizamos como “El rey
de las propinas”, porque era muy generoso. Y a Héctor y Catarino Salazar, dos
entrenadores de tenis de peso, quienes me regalaron su tiempo y compartieron su
fórmula para evitar que la pelota se quedara siempre
atrapada en la red. Hoy, muchos años después, veo con placer
que el Doctor Egidio Torre López y Enrique de la Garza Ferrer, cuñado de Antonio,
organizan torneos para impulsar a nuevos valores del deporte blanco, a un
semillero de jóvenes que permiten que el tenis forme parte de su vida. Porque ese y otros deportes que oxigenan y
estimulan el cuerpo. Nunca, deben morir. Correo electrónico: javierrosales58@gmail.com
Javier Rosales
Columnista en Tamaulipas. Su columna Anecdotario es publicada en diversos medios de comunicación.
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