El Anzuelo...
Quien quedo fuera de la lista, ya ni llorar es bueno
por El Fisgón
Por: Ricardo Hernández
Aquellos
días de mi adolescencia estuvieron marcados por el amor que le tuve a Lupita,
podría decir que la llegué amar. Nadie nos comprendía entonces, o nadie la
entendía a ella, ni nadie me comprendía a mí. Cada amanecer me levantaba pensando si existía ella en
realidad. Al principio, yo sufría mucho
al encerrarme en mi cuarto cuando mi padre me regañaba con sus explicaciones, sermoneando
que hacía muy mal en andar de novio a esa edad. El delicado correctivo de mi
madre siempre se interpretaba en un silencio.
Al acostumbrarme a esas llamadas de atención, tras cerrar la puerta del cuarto,
quitaba esa cara de sufrimiento como el de un buen actor de tragedia, sacado de
los libros de Shakespeare, para luego convertirme en Romeo con su Julieta; en
un soñador, en un enamorado, en un iluso. Recuerdo aquellos primeros susurros
de mi corazón al escribir en la libreta de la escuela: “Lupita y yo”; gritando en secreto al mundo, que Lupita era
absolutamente de mi propiedad. De alguna manera estábamos unidos por un corazón
dibujado a lápiz. Siempre pensaba en ella, hasta muy noche.
A veces se me olvidaba la hora en que debía apagar la luz y mi padre se daba cuenta
porque en la oscuridad, los reflejos se
asomaban a través de la rendija inferior de la puerta. Me reprendía haciendo la
previa exhortación que de no dormirme enseguida, al día siguiente nos
levantaríamos a las cinco de la mañana, hora en que se alistaba para irse a su
trabajo.
Apagaba la luz, pero a través de mi interior brotaba otra luz diferente que me
hacía imaginar que la noche se convertía en día; mis ojos permanecían abiertos,
hasta que ya por el cansancio perdía la conciencia de saber si había dormido
aunque sea una hora para poder aguantar despierto en la escuela. Mis deseos de
ver a Lupita hasta en la profundidad del sueño era una aguda obsesión.
Lo cierto, es que ella me correspondía con el mismo cariño que yo le profesaba.
Le decía: “te quiero” y ella contestaba: “yo también”. “No puedo dejar de
pensar en ti” Ella decía: “yo tampoco.” De nuestros ojos negros, brotaba una
canción de amor y al mismo tiempo suspirábamos. Desde aquellos tiempos en que
afloraron mis sentimientos e ilusiones, descubrí que era muy apasionado, que el corazón lo
usaba más que la cabeza, si es que la tenía entonces. Comenzaron a salirme
“chispitas de amor” de la cara; mis amigos me hacían burla y yo no encontraba
la forma de deshacerme de esas espinillas que me afeaban el rostro. Un día
observé a mi madre acostada con una mascarilla pegajosa y brillante. Me acerqué
a ella como un gato que se acerca a curiosear algo. Le pregunté: “¿qué es lo
que tiene en la cara?” Ella solo movió los ojos de un lado a otro como un
espíritu marmóreo.
Después me explicó que la miel de abeja servía para limpiar el cutis. En un
descuido, del trastero tomé el frasco donde tenía la miel y eché una pequeña
porción a un plato de vidrio.
Como un ratón que hurta queso, corrí a encerrarme en mi cuarto, le puse el
seguro a la puerta, enseguida me acosté y embadurné de miel toda mi cara. Me
veía en el espejo del ropero para ver si se desaparecía alguna espinilla, pero
los resultados no fueron satisfactorios. Después volví a ver a mi madre con una
mascarilla de aguacate y apliqué la misma mecánica desapareciendo los aguacates
que quedaban en el refrigerador.
Apliqué todos los métodos caseros que le veía a mi madre para hacer algo por mí,
pero nada de eso funcionó. Un día me gritó mi padre: “¡Eso te pasa por
enamorado!” Me volví a encerrar en mi cuarto como si fuera un laboratorio para
reflexionar sobre un problema de ecuación, pensé que tal vez él tenía algo de
razón en ello. Antes de andar de novio de Lupita, antes de poder vivir sin
verla, mucho antes (aunque ese “antes” lo reitere) de atormentarme cada noche
que yo no había venido al mundo a estar solo, y que necesitaba a Lupita, verla
y sentirla, yo no tenía una sola mancha en mi cara; y no estaba preocupado en
verme constantemente en el espejo, ni había tenido nunca la conciencia
intranquila porque por mi culpa, mi madre dejó de usar buen tiempo sus
mascarillas imaginando que yo me estaba afeminando.
Pero esas tiernas consecuencias, valían la pena por que Lupita era una señorita
ingenua, noble, hermosa, inquieta y de buenos sentimientos. Un día se me
ocurrió decirle: “Lupita ya sé que soy muy feo y tal vez ya no te agrade, puedes buscarte otro novio
si quieres.” Ella dijo: “No. Yo te quiero así como estás.”
Volví a regresar a los experimentos, ahora con el jabón amarillo, del que usaba
mi madre para lavar la ropa. Descubrí algo fantástico: las espinillas comenzaron
a desaparecer poco a poco; sin dejar de untarme miel de abeja después de
lavarme con jabón. Las tibias y suaves manos de Lupita ayudaron en mucho para
que se desprendiera esa máscara imperfecta que ya había caducado como la piel
de una víbora. Lupita nunca me abandonó
en ese periodo de sufrimiento. Pero de todo podía decir que sufría, porque de amor, dicen los poetas, también se sufre.
En una fiesta que se realizó en la vecindad con motivo del cumpleaños de Perla,
ella también estaba cursando la secundaria, tenía trece años, era delgada y a perlada.
Ese día, resplandecía con su vestido blanco; una cinta azul recogía sus
cabellos y yo podía ver el nacimiento de su cuello, y sus orejas, dos signos de
interrogación pequeñitos y perfectos.
Se acercó a mí, que estaba de pie, aislado como un chico bobo, me decía: “ven
acércate a la mesa”. De ella me gustaban los hoyitos de sus mejillas que se le pronunciaban al sonreír.
Le dije: “Perla, gracias, estoy esperando a Lupita.” Lupita acababa de llegar,
y vio que Perla se había acercado a mí. Luego me reclamó: “¿quieres a Perla?”
Sus ojos se humedecieron y temblaban.
Eso a mi me agradó mucho. Saber que nunca me había equivocado con mis
sentimientos.
Le contesté acariciándole su rostro de cobre: “No. No quiero a Perla, sino a
ti, Lupe, te amo.” En esa etapa de mi adolescencia me enseñé a escribir mis
sentimientos en un cuaderno, después ya me andaba con las clases porque no
tenía donde anotar la tarea. Mis padres decidieron cambiarse de ciudad, y
llegamos a una nueva vecindad donde solo la presencia de Lupita aparecía en mis
sueños. Con ello no quiero decir que haya dejado de amarla, que la haya olvidado,
que su recuerdo haya empalidecido, nunca ha sido así porque permanece dentro de
mí constantemente como una callada nostalgia; la anhelé como se anhela algo que
se ha perdido definitivamente.
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