Hoy es Martes 09 de Junio del 2026


Sección: Editoriales / En la Remington

Recuerdos de un amor adolescente

Por: Ricardo Hernández 16/11/2012 | Actualizada a las 09:40h
La Nota se ha leído 1979 Veces


Aquellos días de mi adolescencia estuvieron marcados por el amor que le tuve a Lupita, podría decir que la llegué amar. Nadie nos comprendía entonces, o nadie la entendía a ella, ni nadie me comprendía a mí. Cada amanecer  me levantaba pensando si existía ella en realidad. Al  principio, yo sufría mucho al encerrarme en mi cuarto cuando mi padre me regañaba con sus explicaciones, sermoneando que hacía muy mal en andar de novio a esa edad. El delicado correctivo de mi madre siempre se interpretaba en un silencio.

Al acostumbrarme a esas llamadas de atención, tras cerrar la puerta del cuarto, quitaba esa cara de sufrimiento como el de un buen actor de tragedia, sacado de los libros de Shakespeare, para luego convertirme en Romeo con su Julieta; en un soñador, en un enamorado, en un iluso. Recuerdo aquellos primeros susurros de mi corazón al escribir en la libreta de la escuela: “Lupita y yo”;  gritando en secreto al mundo, que Lupita era absolutamente de mi propiedad. De alguna manera estábamos unidos por un corazón dibujado a lápiz. Siempre pensaba en ella, hasta muy noche.

A veces se me olvidaba la hora en que debía apagar la luz y mi padre se daba cuenta porque en la oscuridad,  los reflejos se asomaban a través de la rendija inferior de la puerta. Me reprendía haciendo la previa exhortación que de no dormirme enseguida, al día siguiente nos levantaríamos a las cinco de la mañana, hora en que se alistaba para irse a su trabajo.

Apagaba la luz, pero a través de mi interior brotaba otra luz diferente que me hacía imaginar que la noche se convertía en día; mis ojos permanecían abiertos, hasta que ya por el cansancio perdía la conciencia de saber si había dormido aunque sea una hora para poder aguantar despierto en la escuela. Mis deseos de ver a Lupita hasta en la profundidad del sueño era una aguda obsesión. 

Lo cierto, es que ella me correspondía con el mismo cariño que yo le profesaba. Le decía: “te quiero” y ella contestaba: “yo también”. “No puedo dejar de pensar en ti” Ella decía: “yo tampoco.” De nuestros ojos negros, brotaba una canción de amor y al mismo tiempo suspirábamos. Desde aquellos tiempos en que afloraron mis sentimientos e ilusiones, descubrí  que era muy apasionado, que el corazón lo usaba más que la cabeza, si es que la tenía entonces. Comenzaron a salirme “chispitas de amor” de la cara; mis amigos me hacían burla y yo no encontraba la forma de deshacerme de esas espinillas que me afeaban el rostro. Un día observé a mi madre acostada con una mascarilla pegajosa y brillante. Me acerqué a ella como un gato que se acerca a curiosear algo. Le pregunté: “¿qué es lo que tiene en la cara?” Ella solo movió los ojos de un lado a otro como un espíritu marmóreo.

Después me explicó que la miel de abeja servía para limpiar el cutis. En un descuido, del trastero tomé el frasco donde tenía la miel y eché una pequeña porción a un plato de vidrio.

Como un ratón que hurta queso, corrí a encerrarme en mi cuarto, le puse el seguro a la puerta, enseguida me acosté y embadurné de miel toda mi cara. Me veía en el espejo del ropero para ver si se desaparecía alguna espinilla, pero los resultados no fueron satisfactorios. Después volví a ver a mi madre con una mascarilla de aguacate y apliqué la misma mecánica desapareciendo los aguacates que quedaban en el refrigerador.

Apliqué todos los métodos caseros que le veía a mi madre para hacer algo por mí, pero nada de eso funcionó. Un día me gritó mi padre: “¡Eso te pasa por enamorado!” Me volví a encerrar en mi cuarto como si fuera un laboratorio para reflexionar sobre un problema de ecuación, pensé que tal vez él tenía algo de razón en ello. Antes de andar de novio de Lupita, antes de poder vivir sin verla, mucho antes (aunque ese “antes” lo reitere) de atormentarme cada noche que yo no había venido al mundo a estar solo, y que necesitaba a Lupita, verla y sentirla, yo no tenía una sola mancha en mi cara; y no estaba preocupado en verme constantemente en el espejo, ni había tenido nunca la conciencia intranquila porque por mi culpa, mi madre dejó de usar buen tiempo sus mascarillas imaginando que yo me estaba afeminando.

Pero esas tiernas consecuencias, valían la pena por que Lupita era una señorita ingenua, noble, hermosa, inquieta y de buenos sentimientos. Un día se me ocurrió decirle: “Lupita ya sé que soy muy feo y tal vez  ya no te agrade, puedes buscarte otro novio si quieres.” Ella dijo: “No. Yo te quiero así como estás.”  

Volví a regresar a los experimentos, ahora con el jabón amarillo, del que usaba mi madre para lavar la ropa. Descubrí algo fantástico: las espinillas comenzaron a desaparecer poco a poco; sin dejar de untarme miel de abeja después de lavarme con jabón. Las tibias y suaves manos de Lupita ayudaron en mucho para que se desprendiera esa máscara imperfecta que ya había caducado como la piel de una víbora.  Lupita nunca me abandonó en ese periodo de sufrimiento. Pero de todo podía decir que sufría, porque  de amor, dicen los poetas, también se sufre.

En una fiesta que se realizó en la vecindad con motivo del cumpleaños de Perla, ella también estaba cursando la secundaria, tenía trece años, era delgada y a perlada. Ese día, resplandecía con su vestido blanco; una cinta azul recogía sus cabellos y yo podía ver el nacimiento de su cuello, y sus orejas, dos signos de interrogación pequeñitos y perfectos.

Se acercó a mí, que estaba de pie, aislado como un chico bobo, me decía: “ven acércate a la mesa”. De ella me gustaban los hoyitos  de sus mejillas que se le pronunciaban al sonreír.

Le dije: “Perla, gracias, estoy esperando a Lupita.” Lupita acababa de llegar, y vio que Perla se había acercado a mí. Luego me reclamó: “¿quieres a Perla?” Sus ojos se humedecieron y temblaban.

Eso a mi me agradó mucho. Saber que nunca me había equivocado con mis sentimientos.

Le contesté acariciándole su rostro de cobre: “No. No quiero a Perla, sino a ti, Lupe, te amo.” En esa etapa de mi adolescencia me enseñé a escribir mis sentimientos en un cuaderno, después ya me andaba con las clases porque no tenía donde anotar la tarea. Mis padres decidieron cambiarse de ciudad, y llegamos a una nueva vecindad donde solo la presencia de Lupita aparecía en mis sueños. Con ello no quiero decir que haya dejado de amarla, que la haya olvidado, que su recuerdo haya empalidecido, nunca ha sido así porque permanece dentro de mí constantemente como una callada nostalgia; la anhelé como se anhela algo que se ha perdido definitivamente.

Ricardo Hernández Hernández
Poeta y columnista

Colaborador del portal:” Hoy Tamaulipas” hasta la fecha.

Actualmente estoy cursando un “Diplomado en Creación literaria” en la Biblioteca del Centro Cultural Tamaulipas, con el maestro José Luis Velarde.
adadasdas
HoyTamaulipas.net Derechos Reservados 2016
Tel: (834) 688-5326