Por: Juan Sánchez-Mendoza13/11/2012 | Actualizada a las 22:16h
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La procacidad es un vicio generado por
alteración mental. Una fuga para quien no sabe admitir sus propios yerros. La
salida fácil que conduce al olvido cuando ya no existe vergüenza. Ni pudor.
Menos dignidad. Antaño era costumbre que la política fuera
práctica de hombres. Y que como hombres se respondiera, con argumentos sólidos,
a los cuestionamientos públicos generados por las fallas, omisiones e incluso
aquellos provocados indirectamente. Pero esto no ocurre hoy ¡qué va!, porque la
política se ha prostituido y el ejercicio legislativo ha sido contaminado por
intereses mezquinos de la ultraderecha y una falsa corriente izquierdista,
donde el pundonor y la honestidad no tienen valor alguno. De ahí que en el asunto de la reforma laboral
asomen senadores en contra del documento que ya fue aprobado (en lo general)
por la Cámara de Diputados y se tornen cínicos al no poder responder a la
verdad con la verdad o verdades relativas. La insolente actitud de esos representantes
populares, por tanto, no me extraña, pero sí atrapa mi atención la postura
asumida por sus (ayer) acusadores, que (hoy) parecen haber caído en la
complicidad. En una connivencia encaminada a perdonarlos, cuando está
comprobado que maniobran en la Ciudad de México tratando de convencer a todos y
cada uno de los legisladores (de ambas cámaras) para en conjunto presentar, en
el 2013, un paquete de reformas que serían un claro atentado contra la economía
de los que menos tienen. Y es que gravar la comida y los medicamentos
que consumimos en México no la mejor fórmula para enfrentar la crisis económica
que Felipe Calderón Hinojosa legará a su sucesor, pero esto no quieren
entenderlo los colaboradores más cercanos a Enrique Peña Nieto que han
“filtrado” la posibilidad de incrementar el Impuesto al Valor Agregado (IVA) y
reducir el Impuesto Sobre la Renta (ISR) –so pena de incluir en el paquete
recaudatorio los alimentos y las medicinas--, como tampoco un grupo de
panegiristas que en el Congreso de la Unión ya se desgarran las vestiduras
tratando de convencer a sus pares de que lo ideal sería lesionar un poquito más
la economía familiar. En fin, el golpe duro que enero próximo se
prepara en contra del pueblo quizá no se entienda hasta una vez transcurrida la
euforia decembrina. Pero aún así hay tiempo suficiente para
obligar al nuevo Gobierno Federal a no aplicar esas medidas draconianas. Agravio sexenal Junto al desempleo y la pobreza, es la inseguridad
pública uno de los problemas que más lastiman a la sociedad. El cáncer penetra hasta los rincones más
apartados de la geografía nacional, evidenciando un fracaso estrepitoso en la
materia, aun cuando el señor de Los Pinos, Felipe Calderón Hinojosa, a 16 días
de fenecer la administración insista en que “su guerra” ha resultado triunfal. Paso a paso el hampa ha sentado sus reales y
defiende a sangre y fuego los territorios “conquistados”, mientras la autoridad
federal (hasta la fecha) no logra encontrar la fórmula para atenuar, al menos,
ese lastre que atenta contra individuos y familias tanto en su patrimonio como
en su integridad física y moral. Ciudades y comunidades otrora pacíficas han
pasado a constituirse en espacios de alto riesgo donde impera la “ley de la
selva”, sin que exista poder humano capaz de establecer el orden y satisfacer
las demandas ciudadanas. Por el contrario, es palpable el fracaso de
las estrategias implementadas para frenar los índices delictivos, como bien lo
demuestran los acontecimientos que tienen lugar de manera cotidiana; y eso
permite suponer que se cometen en un marco de impunidad constituyendo, además,
uno de los principales ingredientes que permiten la propagación del fenómeno. En reiteradas ocasiones se ha comprobado que
el hampa teje relaciones y logra penetrar las esferas encargadas de combatirla,
lo que ha sido demostrado cuando se logra detener a facinerosos de alto rango,
quienes en algunos casos son servidores públicos en activo, lo fueron o
sostienen relaciones de complicidad con los mandos encargados de la seguridad
pública. Es más, en el pasado reciente era común
enterarse de cómo delincuentes disfrazados de policías, mediante estipendio,
lograban colarse a las mejores “plazas”. Este mal quizá aún se practica a fin
de estar cerca de los “patrones” y poderles servir adecuadamente. Secuestros, violaciones, robos, tráfico y
venta de estupefacientes, así como viles y cobardes asesinatos, forman parte de
una larga lista de modalidades criminales que llenan a diario los espacios y
tiempos de los medios de comunicación masiva y siguen a la alza. Credibilidad a la
baja Todo ello daña la credibilidad hacia las
instituciones encargadas de la seguridad pública, hasta el grado de que la población
agraviada ya está harta de su incapacidad, ineptitud e ineficiencia. Sólo cifras alegres y pretextos escuchamos
por doquier por parte de los encargados de combatir el crimen, que
desafortunadamente avanza a pasos firmes en nuestro país sin que logren
detenerlo las autoridades federales. Entonces, lo más recomendable para Enrique
Peña Nieto, es que anime la participación ciudadana en la lucha contra la
delincuencia, a fin de que las mujeres y los hombres de buena fe puedan
enjuiciar a los malos servidores públicos, a la vez que determinen el camino a
seguir, junto con las autoridades respectivas, para combatir el hampa. Y es que de ninguna manera sería sano
continuar inmersos en el círculo vicioso, donde empieza a borrarse la
distinción entre maleantes y policías. Tendencia a
minimizar Las declaraciones de altos funcionarios
federales tratando de minimizar los hechos, podrían formar parte de un guión
diseñado en la residencia oficial de Los Pinos. Eso lo entiendo perfectamente,
pero de ninguna manera se puede convenir que en ello vaya implícita la
tentación de querer negar una realidad que se palpa a diario, como es la
inseguridad pública. Bajo esta óptica tendríamos que aceptar que
los crímenes que se cometen de manera frecuente en todo el país son algo
normal, cosas naturales que no trastocan la vida de la gente y ocurren de
manera circunstancial, aunque los sicarios tomen como escenario para dirimir
sus desacuerdos las principales ciudades. Igual tendríamos que convencernos que las
armas y balas de grueso calibre—con que los hampones quitan la vida a personas,
estén o no en el tejemaneje de los grupos delictivos--, son artefactos que
llegaron a sus manos de pura casualidad. Sugerir esto es como una aceptación tácita
para que los encargados de la seguridad ciudadana se crucen de brazos y no vean
ni oigan absolutamente nada que ponga en riesgo el trabajo que desempeñan. Es, también, como una invitación abierta a
vivir en la resignación e indolencia. Bajo esa óptica tendríamos que admitir que
los delincuentes operan a ratos, de manera individual y sólo porque tuvieron la
oportunidad de cobrar afrentas, las más de las veces personales o pasionales. Lamentablemente Felipe Calderón Hinojosa no
ha podido explicarle al pueblo su fracaso. Pero afortunadamente, para México y sus casi
110 millones de habitantes, el tiempo se le agota. Se hace camino al
andar *** Los delegados federales se han ganado a
pulso las auditorías que pide se les haga el dirigente estatal priista, Ramiro
Ramos Salinas. *** Y tan bien saben que tienen sucia la cola,
que hasta mandaron pintar el Palacio Federal, para entregarlo “limpiecito” al
nuevo Gobierno. *** Otros, como el delegado de la Procuraduría
Federal del Consumidor (Profeco), hasta compraron vehículos que estacionaron
frente a sus oficinas. Em@il:jusam_gg@hotmail.com
Juan Sánchez Mendoza
Ha ejercido el periodismo durante más de tres décadas, alcanzado premios estatales en dos ocasiones; autor del libro "68. Tiempo de hablar"(que refiere pormenores del memorable movimiento estudiantil); autor de ensayos literarios; y reportero de investigación de tiempo completo, acá en territorio nacional y más allá de nuestras fronteras y del continente americano.
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