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Sección: Editoriales / Golpe a golpe

La razón del pueblo

Por: Juan Sánchez-Mendoza

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04/11/2012 | Actualizada a las 21:19h
Juan Sánchez Mendoza
Ha ejercido el periodismo por más de tres décadas; es autor del libro “68. Tiempo de hablar” (que refiere pormenores del memorable movimiento estudiantil); Premio Estatal de periodismo en dos ocasiones; escritor de los ensayos “Yo, chavo banda”, “50 años de sucesión presidencial” y “El avance de la ultraderecha en México”; reportero de investigación en medios impresos de comunicación masiva, desarrollando trabajos en toda la República Mexicana, Irlanda, Francia, Inglaterra, España, Estados Unidos, El Salvador, Guatemala, Cuba, Nicaragua, Jamaica y otros países, y desde 1997 radica en Tamaulipas, donde publica la columna “Golpe a golpe”, cuyo título rescata la vieja práctica de que cada letra significa, precisamente, un golpe… y no un impacto físico.


Al pronunciar su primer mensaje como Presidente de México –el uno de diciembre de 2006--, Felipe Calderón Hinojosa prometió que en México no habría problemas económicos. “La pobreza será erradicada; venceremos la crisis; evitaremos su recurrencia y el país recobrará la capacidad de un auténtico desarrollo nacional”.
 
Pero no ha cumplido ni creo que lo haga en los 25 días que restan a su régimen. Primero porque su política económica empujó a México a la peor crisis de su historia; y luego porque ésta ha generado tal pobreza que ahora hay más de 60 millones de mexicanos afectados y la pérdida del 70 por ciento del poder adquisitivo la padece el grueso de la población (estimada en aproximadamente 110 millones de personas de todas las edades)
 
Muy caro han pagado quienes votaron por él y también los que sufragamos por otros por opciones distintas hace seis años, ya que el sueño de Calderón de tener un país de primer mundo existió sólo en su mente.
 
Con hechos que de ningún modo generaron progreso, la nación sólo ha servido de laboratorio al señor de Los Pinos para experimentar en materia política, económica y social, pues lo mismo agudizó el conflicto hacia el interior de su gabinete que el enriquecimiento de un reducido grupo de inversionistas.
 
Nunca supo qué hacer para resarcir la seguridad pública y tampoco como enderezar la política exterior.
 
Así, rebasa en mucho a Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría Álvarez, José López Portillo, Miguel de la Madrid Hurtado, Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo Ponce de León e incluso al chabacano Vicente Fox Quesada, cuando menos, quienes igual que él instrumentaron una versión moderna del pasado: la del Porfiriato.
 
Mar de excesos
 
En aras de su pregonada modernización del aparato burocrático, el jefe del Ejecutivo Federal dijo, también hace un sexenio, pertenecer a la nueva generación que modernizaría a México. Pero más que modernizar al Estado y al país mismo, Felipe se excedió en el  uso del poder que le confiere la Carta Magna al Presidente de la República.
 
Con su gobierno también fue fortalecida la era de los tecnócratas que llegaron al poder con Miguel de la Madrid Hurtado, para desplazar a la vieja clase política y nacionalista.
 
Ya lo había dicho José López Portillo en su libro “Mis tiempos”, en el que comentaba que él había sido el último Presidente de la Revolución.
 
Por tanto, lejos de todo concepto nacionalista, Calderón Hinojosa ha reimplantado el neoliberalismo --proyecto similar al liberalismo social que impulsó a inicios de este siglo Porfirio Díaz, y que provocó la Revolución de 1910--, que ha cobrado altos costos sociales en diversos países de América Latina, como Chile, Venezuela, Argentina y Perú, por citar sólo cuatro casos harto ilustrativos.
 
Copia de un dictador
 
En el concierto nacional se dice y asegura que Felipe Calderón Hinojosa siguió los pasos de Porfirio Díaz, lo que coincide con la apreciación que el historiador Enrique Krauze plasma en uno de sus ensayos.
 
Refiere: “Vivimos todavía lo que Vasconcelos llamó el ‘porfirismo colectivo’. El Ejecutivo continúa ocupando el sitio omnímodo y ubicuo de don Porfirio.
 
“Díaz terminó por declarar que el día había llegado, que la nación estaba lista para su vida definitiva de libertad, pero era de dientes para afuera. En el fondo quería permanecer y morir en la silla.
 
“Cualquier parecido con el sistema político actual no es meramente casual, es históricamente documentaba.
 
“Salvadas las diferencias de tiempo, la sustancia política entre estos dos regímenes ha sido la misma: la concentración del poder”.
 
En efecto, al igual que Porfirio Díaz, Calderón Hinojosa se la jugó por el todo; y aunque perdió las última de sus batallas más importantes en julio próximo pasado (léase proceso electoral), en el tiempo que lleva al frente del Poder Ejecutivo Federal ha querido mostrar al extranjero un México muy distinto al que es en realidad, pues, según él, aquí prevalecen la estabilidad, la modernidad y la paz social.
 
Sin embargo, desde el inicio de su gobierno y durante el desarrollo de éste, diversos hechos demuestran lo contrario.
 
La otra cara de la moneda.
 
El pueblo no se equivoca
 
La administración presidencial desde el uno de diciembre de 2006 y hasta hoy, inclusive --cuando está por anunciarse una nueva contracción económica, a 25 días de que el mentado “Hijo desobediente” se despoje del bando tricolor--, ha estado marcada por la ineficacia e ineficiencia que la volvieron inoperante.
 
Y conforme transcurre su salida, el Presidente se aleja más y más del pueblo, porque sólo de esta forma podrá cumplir con los compromisos contraídos con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y los dueños del dinero, que son quienes en realidad mandan y deciden qué hacer en Palacio Nacional.
 
Sin embargo, con esta su actitud, Calderón se exhibe extraviado porque nunca tomó en cuenta que si bien los pueblos gobiernan a los gobernantes, los intereses gobiernan a los pueblos; que con las voluntades mayoritarias y los intereses predominantes se puede seguir revolucionando a la sociedad mexicana, y que adulterar la decisión del pueblo es tan malo como adulterar los alimentos del pueblo.
 
Bajo este entendido, creo bien vale la pena recordarle a Felipe que el porfirismo cayó porque había lo que él suponía no existía: pueblo.
 
Que hubo pueblo en las masas que lograron conciliar intereses para luchar por la Independencia; que hubo pueblo para resistir a las invasiones externas; que fue el pueblo el que hizo que México resurgiera frente a la intervención; y que ese mismo pueblo, al que Felipe Calderón Hinojosa tanto desprecia, fue quien lo llevó a la Presidencia de la República y en julio del año que cursamos decidió que el Partido revolucionario Institucional (PRI) retornara a la residencia oficial de Los Pinos y al Palacio nacional… por la puerta grande, pese al berrinche de algunos políticos identificados con la izquierda.
 
Por tanto, debemos entender que el pueblo de México nunca se ha equivocado. Nunca ha fallado. Se han equivocado y han fallado sus gobernantes, pero no el pueblo.
 
Y basta obedecer al pueblo para que se pueda seguir adelante, o fracasar, como ahora debe saberlo el jefe del Ejecutivo Federal.
 
El pueblo es dueño absoluto de la palabra.
 
Y sólo con su mano es posible construir.
 
Nuestro pueblo es bronco y bravo cuando es preciso; pero también sabe ser sosegado y hasta dulce cuando en ello va la convivencia; sabe buscar la armonía y no la diferencia, la coincidencia en lo sustancial para evitar el encono en lo secundario.
 
Empero, Felipe soslayó su fuerza.
 
De ahí que sus últimos días en el poder pudieran resultarle también los más amargos de su existencia.
 
Em@il: jusam_gg@hotmail.com

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