Por: Juan Sánchez-Mendoza04/11/2012 | Actualizada a las 21:19h
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Al pronunciar su primer mensaje como Presidente de México –el
uno de diciembre de 2006--, Felipe Calderón Hinojosa prometió que en México no
habría problemas económicos. “La pobreza será erradicada; venceremos la crisis;
evitaremos su recurrencia y el país recobrará la capacidad de un auténtico
desarrollo nacional”. Pero no ha cumplido ni creo
que lo haga en los 25 días que restan a su régimen. Primero porque su política
económica empujó a México a la peor crisis de su historia; y luego porque ésta
ha generado tal pobreza que ahora hay más de 60 millones de mexicanos afectados
y la pérdida del 70 por ciento del poder adquisitivo la padece el grueso de la
población (estimada en aproximadamente 110 millones de personas de todas las
edades) Muy caro han pagado quienes votaron por él y también los que sufragamos por
otros por opciones distintas hace seis años, ya que el sueño de Calderón de
tener un país de primer mundo existió sólo en su mente. Con hechos que de ningún modo
generaron progreso, la nación sólo ha servido de laboratorio al señor de Los
Pinos para experimentar en materia política, económica y social, pues lo mismo
agudizó el conflicto hacia el interior de su gabinete que el enriquecimiento de
un reducido grupo de inversionistas. Nunca supo qué hacer para
resarcir la seguridad pública y tampoco como enderezar la política exterior. Así, rebasa en mucho a Gustavo
Díaz Ordaz, Luis Echeverría Álvarez, José López Portillo, Miguel de la Madrid
Hurtado, Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo Ponce de León e incluso al
chabacano Vicente Fox Quesada, cuando menos, quienes igual que él
instrumentaron una versión moderna del pasado: la del Porfiriato. Mar de excesos En aras de su pregonada
modernización del aparato burocrático, el jefe del Ejecutivo Federal dijo,
también hace un sexenio, pertenecer a la nueva generación que modernizaría a
México. Pero más que modernizar al Estado y al país mismo, Felipe se excedió en
el uso del poder que le confiere la Carta Magna al Presidente de la
República. Con su gobierno también fue
fortalecida la era de los tecnócratas que llegaron al poder con Miguel de la
Madrid Hurtado, para desplazar a la vieja clase política y nacionalista. Ya lo había dicho José López
Portillo en su libro “Mis tiempos”, en el que comentaba que él había sido el
último Presidente de la Revolución. Por tanto, lejos de todo
concepto nacionalista, Calderón Hinojosa ha reimplantado el neoliberalismo
--proyecto similar al liberalismo social que impulsó a inicios de este siglo
Porfirio Díaz, y que provocó la Revolución de 1910--, que ha cobrado altos
costos sociales en diversos países de América Latina, como Chile, Venezuela,
Argentina y Perú, por citar sólo cuatro casos harto ilustrativos. Copia de un dictador En el concierto nacional se
dice y asegura que Felipe Calderón Hinojosa siguió los pasos de Porfirio Díaz,
lo que coincide con la apreciación que el historiador Enrique Krauze plasma en
uno de sus ensayos. Refiere: “Vivimos todavía lo
que Vasconcelos llamó el ‘porfirismo colectivo’. El Ejecutivo continúa ocupando
el sitio omnímodo y ubicuo de don Porfirio. “Díaz terminó por declarar que
el día había llegado, que la nación estaba lista para su vida definitiva de
libertad, pero era de dientes para afuera. En el fondo quería permanecer y
morir en la silla. “Cualquier parecido con el
sistema político actual no es meramente casual, es históricamente documentaba. “Salvadas las diferencias de
tiempo, la sustancia política entre estos dos regímenes ha sido la misma: la
concentración del poder”. En efecto, al igual que
Porfirio Díaz, Calderón Hinojosa se la jugó por el todo; y aunque perdió las
última de sus batallas más importantes en julio próximo pasado (léase proceso
electoral), en el tiempo que lleva al frente del Poder Ejecutivo Federal ha
querido mostrar al extranjero un México muy distinto al que es en realidad,
pues, según él, aquí prevalecen la estabilidad, la modernidad y la paz social. Sin embargo, desde el inicio
de su gobierno y durante el desarrollo de éste, diversos hechos demuestran lo
contrario. La otra cara de la moneda. El pueblo no se equivoca La administración presidencial
desde el uno de diciembre de 2006 y hasta hoy, inclusive --cuando está por
anunciarse una nueva contracción económica, a 25 días de que el mentado “Hijo
desobediente” se despoje del bando tricolor--, ha estado marcada por la
ineficacia e ineficiencia que la volvieron inoperante. Y conforme transcurre su
salida, el Presidente se aleja más y más del pueblo, porque sólo de esta forma
podrá cumplir con los compromisos contraídos con el Fondo Monetario
Internacional (FMI) y los dueños del dinero, que son quienes en realidad mandan
y deciden qué hacer en Palacio Nacional. Sin embargo, con esta su
actitud, Calderón se exhibe extraviado porque nunca tomó en cuenta que si bien
los pueblos gobiernan a los gobernantes, los intereses gobiernan a los pueblos;
que con las voluntades mayoritarias y los intereses predominantes se puede
seguir revolucionando a la sociedad mexicana, y que adulterar la decisión del
pueblo es tan malo como adulterar los alimentos del pueblo. Bajo este entendido, creo bien
vale la pena recordarle a Felipe que el porfirismo cayó porque había lo que él
suponía no existía: pueblo. Que hubo pueblo en las masas
que lograron conciliar intereses para luchar por la Independencia; que hubo
pueblo para resistir a las invasiones externas; que fue el pueblo el que hizo
que México resurgiera frente a la intervención; y que ese mismo pueblo, al que
Felipe Calderón Hinojosa tanto desprecia, fue quien lo llevó a la Presidencia
de la República y en julio del año que cursamos decidió que el Partido
revolucionario Institucional (PRI) retornara a la residencia oficial de Los
Pinos y al Palacio nacional… por la puerta grande, pese al berrinche de algunos
políticos identificados con la izquierda. Por tanto, debemos entender
que el pueblo de México nunca se ha equivocado. Nunca ha fallado. Se han
equivocado y han fallado sus gobernantes, pero no el pueblo. Y basta obedecer al pueblo
para que se pueda seguir adelante, o fracasar, como ahora debe saberlo el jefe
del Ejecutivo Federal. El pueblo es dueño absoluto de
la palabra. Y sólo con su mano es posible
construir. Nuestro pueblo es bronco y
bravo cuando es preciso; pero también sabe ser sosegado y hasta dulce cuando en
ello va la convivencia; sabe buscar la armonía y no la diferencia, la
coincidencia en lo sustancial para evitar el encono en lo secundario. Empero, Felipe soslayó su
fuerza. De ahí que sus últimos días en
el poder pudieran resultarle también los más amargos de su existencia. Em@il:jusam_gg@hotmail.com
Juan Sánchez Mendoza
Ha ejercido el periodismo durante más de tres décadas, alcanzado premios estatales en dos ocasiones; autor del libro "68. Tiempo de hablar"(que refiere pormenores del memorable movimiento estudiantil); autor de ensayos literarios; y reportero de investigación de tiempo completo, acá en territorio nacional y más allá de nuestras fronteras y del continente americano.
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