Por: Melitón Guevara Castillo02/11/2012 | Actualizada a las 16:13h
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Cuenta Savater, el filósofo
español, que cuando era niño sus padres lo llevaron a un funeral.
Y que ahí, en el silencio, sin poder hacer ruido ni jugar, se puso a pensar
sobre la muerte y llego a una conclusión: la única certeza que tiene el ser
humano en vida, es que un día –tarde o temprano, como dicen-, se va a morir.
Todos sabemos que nos vamos a morir. Sin embargo, no todos, nos preparamos para
la muerte. Y es que, buena parte de los mexicanos, somos como José Alfredo Jiménez:
la vida no vale nada, decimos o pensamos, y hacemos con ella, lo que nos de en
gana… vivimos el presente y no pensamos en el futuro. En pocas palabras: no
aprendemos de la muerte.
La pregunta es clave: ¿Qué es la muerte? Hay muchas explicaciones, pero todos,
todos los que profesamos una fe religiosa, tenemos una certeza: es una muerte
física, porque un ser querido nos abandona, sin embargo estamos convencidos de
que va al cielo, de que va a estar, como dicen, a la diestra del señor. Por lo
tanto, cuando muere un ser querido, no deberíamos llorarle, deberíamos estar
alegres.
La muerte depende de cómo se le vea: para unos, hay una muerte filosófica,
cuando se muere a la ignorancia y se llega al conocimiento; que hay una muerte,
digamos, a los vicios, cuando se llega a las virtudes. El caso es que, la
muerte, significa en todo caso la perdida de algo. Por eso, nos dicen, hay que
prepararnos para la vida. Debemos aprender de la muerte, si, de otros.
Soy diabético –como otros muchos más-, y por lo tanto, si sigo lo que dice la
ciencia, no puedo soslayar a la estadística: los mexicanos tenemos un promedio
de vida de 75 años; nos dicen que un diabético pierde 10 años de su esperanza
de vida. Es una estadística y, al fin ya cabo, una estadística, que puede ser
negada en la práctica, pero depende de cada uno de nosotros.
He visto, por ejemplo, a familiares que han fallecido por la diabetes. He visto
los estragos de la enfermedad: una tía, hermana de papa, falleció y me impacto
mucho ver las condiciones de sus pies, de sus piernas, que era lo que se vea;
cuando la vi, ya tenía insuficiencia renal y a los dos meses falleció. Se
descuido y no se atendió a tiempo, no previno que el descontrol de su azúcar
impactaba en su salud.
También he conocido a otros, incluso no familiares, que van evolucionado
lentamente a un desgaste de salud: que pierden los dientes, que pierden la
vista, que pierden una o ambas piernas, que van muriendo físicamente lento,
gradualmente. Y con ellos, veo el sufrimiento de sus familiares y amigos. Es
cuando, de pronto, si reflexionamos, tenemos que darle la razón al poeta,
cuando decía: “Somos el arquitecto de nuestro propio destino”.
Debemos ser inteligentes, racionales, y la muerte de otros, debe ser el
referente: para no ser parte de las estadísticas es preciso, en principio, no
retar a la muerte; desarrollar hábitos, desde alimenticios hasta preventivos de
salud. Una y otra vez, Norberto Treviño Zapata, como Secretario de Salud, lo ha
señalado: Tamaulipas es campeón de la obesidad y, lo más grave, es que buena
parte de ella es infantil. Prevenir es una buena receta.
Eso de que la vida no vale nada, no es cierto: vale en la medida que, cada uno
de nosotros, la queremos, la cuidamos y la protegemos: la muerte, en todo
momento, debe ser el punto de partida para una reflexión sobre la vida: ¿la
queremos? ¿la cuidamos? ¿La vivimos sanamente…o de plano la desperdiciamos?.
Licenciado en Administración Pública (UAT), Doctor en Comunicación y Periodismo (Universidad de Santiago de Compostela).
Profesor Emérito de la UAT. Líder del Grupo de Investigación “Democracia y Comunicación Política” de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales (Victoria, Tam.,).
Representante en Tamaulipas de la Red Nacional de Investigadores de la Calidad de la Democracia.
Escribe la columna política DESDE ESTA ESQUINA, desde 1984 en El Diario de Cd. Victoria y actualmente en Hoy Tamaulipas.
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