Por: Clara García19/10/2012 | Actualizada a las 09:49h
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Expertos en gestión cultural en América Latina
coinciden en que el modelo institucional de la política cultural que impera en
México está agotado; a pesar de haber sido un ejemplo de éxito en el resto del
continente, por su visión comprometida de fomentar la cultura; se ha convertido
en un mecanismo obsoleto donde la burocracia, la incapacidad y la nula
transparencia presupuestal son el pesado lastre de las instituciones culturales
gubernamentales.
Si CONACULTA es un monstro burocrático, el INBA un nido de ratas y la Cineteca
nacional un simulador cultural convertido en aspiradora presupuestal; en
Tamaulipas las cosas no llegan a tanto porque aquí nos hemos pasado los
sexenios en el eterno aprendizaje de hacer política y promoción cultural, como
hongos venenosos que no vemos más allá de los recintos culturales que son
elefantes blancos casi todos días del año.
Del Festival Internacional Tamaulipas (FIT), atrás quedaron las fanfarrias
yarringtonianas con que se pregonaba que éramos el segundo festival más
importante de país, solo superado por el Cervantino; atrás también quedaron las
declaraciones de un monolítico director del Instituto Tamaulipeco para la
Cultura y las Artes (ITCA) que aseguraba que el público tamaulipeco era
incipiente; bueno, hasta hemos olvidado las ofensivas y limitadas declaraciones
del diputado Marco Antonio Bernal cuando decía que la cultura era cosa de
maricones.
En Tamaulipas tenemos la capacidad de reinventarnos cada seis años, borrar la
memoria del pasado inmediato y construir nuevos mitos que glorifiquen el pasado
remoto, donde nos refugiamos para darle razón a nuestro presente. Sin embargo,
el aprendizaje en la ejecución de la política cultural tal parece que este
sexenio va muy lento, pues casi estamos al final del segundo año de gobierno y
los funcionarios culturales siguen dado palos de ciego.
Comprobando que cuando el modelo institucional de la cultura va a la baja a
nivel nacional, en Tamaulipas ni siquiera hemos podido remontar el vuelo.
El FIT plagado de errores mostró que el ITCA sigue practicando los viejos
modelos de aprendizaje del antiguo promotor cultural basados en prueba y
error, y a golpe de martillo; es decir, trabajar en la improvisación, en
la inmediatez y en la organización de última hora.
Los maravillosos cursos que este instituto ha pagado a excelentes capacitadores
para gestores culturales no han encontrado eco en sus funcionarios ya sea
porque o no asistieron o bien no pusieron en práctica lo aprendido.
Ya señalé hace algunas semanas en este espacio que era penoso que un festival
con tantos años imprimiera programación de actividades sin lugar ni hora, a
esto se suma la cancelación de grupos artísticos como el Bolshoi, donde dieron
gato por liebre, porque las entradas ya habían sido vendidas. Entregaron
programas de mano de factura costosa que no le aportaban al público ninguna información
más allá que el currículo del artista, el cual era escueto, pobre y sin
novedad. En los eventos gratuitos la confusión y desinformación fue la
característica que distinguió su organización. Mientras el Centro Cultural
Tamaulipas repartía en Ciudad Victoria pases (cuya impresión rompía con la
imagen de los elaborados por el festival), algunos trabajadores del ITCA se
empeñaban en decir que las entradas estaban agotadas un día antes de la fecha,
y otros decían que no se necesitaba el pase.
El resultado final: eventos medios llenos y la confusión total en una taquilla
que abrió preventa dos días antes de lo anunciado y que vendió a su contentillo
boleto a quien se le indicaba; mandando a la basura la tan pregonada democracia
cultural, símbolo inicial de esta administración.
El modelo agotado nos alcanza y solo podemos volar a ras de suelo, porque
vivimos en una isla donde el absolutismo de la súper directora del ITCA rige
los destinos de la promoción cultural gubernamental promocionando maestrías en
animación cultural en la Universidad de Sevilla con costosos carteles y
volantes, pasando por alto los excelente programas de formación cultural que
tenemos en México como los que ofrece la Universidad de Guadalajara, la
Universidad Autónoma de Coahuila, la Universidad Metropolitana o la de la
Ciudad de México.
Ha despreciado la extraordinaria experiencia de CONACULTA en materia de
promoción de la lectura y ha diseñado desde su isla tamaulipeca un programa con
improvisados promotores para enseñar a los burócratas a leer.
Nuevamente la promoción de la cultura como un esfuerzo serio tendrá que esperar
porque su titular no aspira a que la política en esta materia tenga éxito,
aspira sí a tener éxito ella pero en su carrera política tomando como trampolín
esta sensible área para candidatearse como alcaldesa de su natal Mante.