Por: Javier Rosales Ortiz12/10/2012 | Actualizada a las 12:47h
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Viajar es
un placer y conocer y estrechar la mano de nuestros hermanos mexicanos en sus
pueblos, en sus comunidades, gratifica y provoca que se inquieten las neuronas
y que se multipliquen los conocimientos sobre cultura, tradiciones y la
variedad que ofrece nuestro país en el arte culinario. Como
estudiante universitario mis correrías por la república mexicana ocuparon
demasiado espacio en el bello estado vecino de San Luis Potosí, tierra verde,
lluviosa y generosa que yace capturada en fotografías que llenan un amplio lugar en mi
álbum, De un
pueblo que se llama San Martín Chalchicuautla, nombre que tiene raíces aztecas
y que significa “Esmeralda sin pulir”, eran tres de mis mejores amigos- Pedro,
Rodrigo y Bernardo-, quienes en mis tiempos de universitario compartieron las
duras y las maduras en ese tremendo monstruo que es el Distrito Federal. Y es
cierto, San Martín en los ochenta era un pueblo sin pulir, un pueblito
pintoresco de la provincia mexicana con sus casas de techo de paja o de teja
asentadas en la montaña a las que se llegaba por veredas flanqueadas por
enormes árboles y donde todas ellas conducían a ríos cristalinos que invitaba a
un chapuzón. Abajo, en
la cabecera del pueblo, era delicioso recorrer sus calles empedradas, limpias y
bien ordenadas, donde el viernes se instalaba el tradicional tianguis, un lugar
donde por primera vez me deleité con el exquisito zacahuil, un enorme tamal
elaborado a base de varias carnes que curaba hasta la resaca consecuencia de
los excesos del día anterior. Y es que
en ese lugar era tradicional acompañar los alimentos con aguardiente mezclado
con frutas y, a mí, el de Jobito me hacia alucinar, ver estrellitas. Pero lo
mejor de todo San Martín eran sus pobladores, sus bellas mujeres de ojo azul y
los jóvenes alegres, saludadores que reciben al fuereño entre bromas y aventones
como para establecer química para cosechar nuevos amigos. Mis
visitas a ese lugar eran frecuentes y aun extraño los trozos de carne seca
colgados en los tendederos, los huevitos que recién puso la gallina con chilito
colorado que devoré con ricas tortillas que pasan del comal de mano en mano, el
café y los frijolitos de olla de barro y los pequeños piloncillos de chocolate
con leche bronca que poco hacen envidiar a los platillos más sofisticados. Y es
que como dicen, en el racho un huevo y unos frijolitos con queso saben a
gloria. Esto
viene a colación porque nada hay mejor que conocer a palmo primero a nuestro
país, por eso es positivo que Tamaulipas se hermane con SLP en un intento para
que se incluya a la
Huasteca Mágica en el Catálogo de Rutas de México y que
compartan sus lugares turísticos, sus tradiciones y su gastronomía y que de esa
manera nos despojemos un poco de la venda que nos impide ver lo que México
posee y ofrece. Nada
mejor en estos tiempos de convulsión que los dos estados estrechen lazos y que
pasos como éste que se dio mediante la firma de un convenio, nos hagan olvidar
un poco la pena y es que como describe Chava Flores, “El Pintor Urbano”, en su
melodía “Mi México de ayer”: “Cuando era niño, tenía mi México un no se qué”. Entre paisanos,
nos entendemos mejor. Correo
electrónico: javierrosales58@gmail.com
Javier Rosales
Columnista en Tamaulipas. Su columna Anecdotario es publicada en diversos medios de comunicación.
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