Por: Javier Rosales Ortiz04/10/2012 | Actualizada a las 13:47h
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Pocos conocen su origen, aunque parece que
a nadie le importa, excepto a los periodistas que en la Plaza Juárez de vez en cuando
se ocupan de destrozar su reputación y la de su familia. Y es que algunos comunicadores se enteraron
que en la Procuraduría
de Justicia de Tamaulipas los tachó de “pinchuirrientos” y presumió que los
periodicazos le hacen lo que las moscas al cadáver de un perro. El, de niño, junto con sus hermanos habitó
en el populoso barrio del 4 Mutualismo, en una casa de madera de una vecindad
que le rentaba Don Juan Cepeda, en Ciudad Victoria, y en la medida en que fue
creciendo sus consanguíneos le fueron abriendo los ojos y le aconsejaron que se
afilara bien las uñas porque tenía futuro en el Gobierno de Tamaulipas y la
nómina era como un botín que podía explotar. Ya de joven y por palancas familiares se
introdujo al aparato oficial, aunque el puesto de mayor relevancia que escaló es
el que actualmente ostenta, el de Director de Informática de esa dependencia, a
donde llegó por la recomendación del ex esposo de una ex Procuradora en los
tiempos de Tomás Yarrington. A ella le extrañó tal recomendación y,
dicen, los que saben, que luego de dar tal paso se arrepintió e hizo rabietas
cuando se enteró de las formas que se utilizaron para darle abrigo al nuevo
inquilino. Cuentan, que fue una de sus hermanas la que
lo empujó y lo colocó en ese lugar y aunque todos conocen la estrategia, se
reservan los datos para otra ocasión porque introducirse en la vida privada de
las personas públicas no es ético y si se puede pecar de inmoral. Lo que sorprende es lo rápido que él aprovechó
para crecer económicamente, al grado de que ya borró de la mente su humilde
origen y un día sí y otro también desde su puesto levanta el látigo para azotar
a sus empleados y les mete el pie para que renuncien. Él, y sus hermanos y hermanas, crearon fama
como buenos burócratas que fueron y son y de Mario Mota Vázquez, algunos de sus
ex empleados, entre ellos uno cuyo nombre inicia con “I”, no tienen gratos
recuerdos, porque por debajo del agua manchó su reputación para presionarlo para
que cambiara de adscripción, lo cual a final de cuentas, logró. En el área de Seguridad, en otro puesto que
disfrutó, su historia no fue diferente, tan es así que por los comentarios que
se hacen en torno a su mal carácter, lambisconería y especial forma de tratar
al personal, desde ese entonces fue perfeccionando el mote de “casiquillo” que
se ha ganado a pulso. Mario no asimila que no es nadie en el
aparato gubernamental, pero con su actitud pone en riesgo el buen nombre de la
autoridad principal donde labora, en momentos en que el horno no está para
bollos. Y es que por su comportamiento ya hasta los
periodistas empiezan a rascar entre las entrañas de la Procuraduría, sobre todo
en lo que tiene que ver con la lista de personal de Mario, los privilegios de
que gozan sus súbditos y hasta el nombre de ex funcionarios del pasado y de sus
familiares que supuestamente cobran en esa dependencia, esto, para que retire
el mote de “pinchurrientos” con el que los bautizó y que lo modifique por lo
menos por el de “investigadores” citadinos. Por lo pronto en las pláticas de café no le
encuentro a Mario un gramo bueno para poder interceder a su favor, menos aun
cuando algunos columnistas están ofendidos por el tamaño del calificativo que
uso. Por eso su osadía es insólita y su jefe, se
ve lento en reaccionar. Correo electrónico: javierrosales58@gmail.com
Javier Rosales
Columnista en Tamaulipas. Su columna Anecdotario es publicada en diversos medios de comunicación.
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