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Sección: Editoriales / Rutinas y quimeras

Aprendiendo a hacer festivales

Por: Clara García 28/09/2012 | Actualizada a las 09:47h
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Cuando pregunté quien era la persona que organizaba los festivales en San Luis Potosí me dijeron que era un experto que había estado trabajando en el Festival de la Ciudad de México, que el gobierno potosino le había ofrecido un buen contrato y había llevado su experiencia, conocimiento y agenda al estado vecino.

Me había tocado ver en mis visitas recurrentes a San Luis cómo su tradición cultural tomaba nuevas formas a partir de los festivales que se realizan durante el año. La calidad de los artistas internacionales llenando plazas, teatros y todos los espacios públicos, en los barrios y municipios más importantes, con carácter gratuito y precios módicos; una difusión precisa completa y detallada, pero sobre todo, un acercamiento al pópulo.

Todo, absolutamente todo magistralmente coordinado, antojaba la pregunta de quién estaba atrás de esto, porque sin duda era un experto, capaz de engalanar ciudades, divertir al público y ejecutar una política cultural eficiente.

Hace más de 20 años cuando era una incipiente estudiante universitaria en Ciudad Victoria me encantaba ir al Festival de la Costa del Seno Mexicano, siempre había alguien que tenía pases y me los regalaba para poder asistir.

Había entonces uno o dos artistas internacionales y los demás eran alternativos, de esos talentosos pero de bajo presupuesto que endulzaban la  promoción cultural de entonces.

Ahí conocí a Betsy Pecanins, Oscar Chávez y algunas orquestas sinfónicas de renombre, ballets, obras de teatro, en fin, muchos espectáculos y todos gratis. Después vinieron los años tortuosos del Festival Tamaulipas organizado por el CECAT, ese bodrio, promotor de la cultura tamaulipeca donde una camarilla de escritores tamaulipecos secuestraron la cultura por seis años y burlándose de medio mundo hicieron el ridículo cuando se esforzaron por darle un toque de elitismo y no pudieron siquiera acordar con los patronatos de las señoras bien, que siempre están queriendo colaborar en estos asuntos.

El director entonces de cultura se peleó con la alta sociedad y terminó ofreciéndonos un zacahuil gigante como manifestación de nuestra identidad cultural. Porque queriendo borrar la huella del Festival de la Costa del Seno Mexicano, terminó borrando la huella de sí mismo.

Después vinieron los doce años donde la política cultural tuvo como principio rector que no pasara nada. Pero frente a la ambición que representaba un presupuesto tan jugoso, sus directivos recorrieron el mundo buscando espectáculos para traer al Festival que desde que se fundó el ITCA (Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes) con Tomás Yarrington se convirtió en internacional.

Entonces el director de la oficina cultural del gobierno empezó a aprender nuevamente cómo se hacían los festivales y entre prueba y error navegó como solo Dios les dio a entender por la rimbombante ópera que resultó al final de cuentas demasiado cara para las aspiraciones pírricas de ese sexenio, pero como esa administración se quedó cerca de 12 años explotando el presupuesto de cultura, fueron cada año bajando de nivel aunque las giras mundiales en busca de talentos que vinieran a Tamaulipas nunca paró.

Ahora la nueva administración cultural con las mejores intenciones trajo a un músico de altos vuelos para que se dedicara solo a organizar los festivales  que, según prometía, serían muchos al año y  todos de alta calidad.

Ya en este espacio se dijo en alguna ocasión que no era lo mismo ser director de orquesta que promotor cultural, aunque en una entrevista a medios el señor se defendió y dijo que el tenía mucha experiencia en festivales, pero no dijo de cuáles ni en dónde.

El caso fue que pronto se dio cuenta que la cultura seguía siendo un artículo suntuario para la política pública en Tamaulipas y que dinero para artistas de altos vuelos, pues, para eso, nada más no había. Organizó el festival del año pasado, donde la nueva administración cultural aprendió sobre la marcha a organizarlo, desapareciendo el número de la emisión que se celebraba y haciendo a un lado a los patronatos.

Pero antes de empezar a ganar experiencia en el aprendizaje de hacer festivales, el encargado del ramo se fue haciendo berrinché y nuevamente se tuvo que iniciar con el aprendizaje; que por cierto les ha costado trabajo, porque han quedado a la vista errores básicos como la impresión de programas sin confirmar y sin los elementales datos de lugar y hora.

Es momento que después de tantas administraciones, cuya política cultural fallida no ha podido afianzar el Festival, se abreve en la experiencias de quienes ya han pasado por ahí y algo debieron haber aprendido de lo que no se debe  hacer o bien, si están empeñados los funcionarios culturales en borrar el pasado, entonces que contraten a un experimentado promotor de algún festival de renombre en México. Eso sí, hay que pagarle y bien si se quiere tomar en serio la promoción cultural en Tamaulipas.

E-mail:claragsaenz@gmail.com

Clara García Sáenz
Historiadora y Promotora Cultural; catedrática de la Universidad Autónoma de Tamaulipas.
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