Por: Clara García21/09/2012 | Actualizada a las 09:12h
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El
Estado mexicano como todos los estados nacionales del mundo contemporáneo le ha
otorgado a la historia un sentido utilitario para fomentar en sus ciudadanos
los valores patrios; su propósito es forjar una identidad y construir una
memoria heroica que cuente la grandeza de nuestros antepasados “a quienes les
debemos todo el bienestar del presente” según dicen sus propagandistas.
Cuenta mi mamá que en los años 60 las autoridades municipales se encargaban de
notificar casa por casa a los ciudadanos de que se les multaría si la fachada
de su casa o negocio no estaba decorada con motivos patrios el 16 de
septiembre.
Por eso, siempre fue común encontrar en casa banderas e imágenes alusivas a la
independencia que mis padres guardaban para volverlos a usar el siguiente año y
renovarlas cuando estuvieran ya desgastadas (era la época del reciclaje). Las
imágenes de Hidalgo, doña Josefa y Morelos impresas en anchas tiras tricolores
de plástico se vendían por metros en la papelería, las que se compraban y
usaban como ahora se hace con los adornos navideños.
Cuando estaba en la primaria, ya en los años 70, las celebraciones patrias
tenían tres fechas importantes; la primera era el 13 de septiembre día de los
niños héroes. De la escuela nos llevaban cerca del Moro, un lugar que en mi
pueblo marcaba la línea divisoria entre la comunidad pame y nosotros que
también éramos indios, pero nos sentíamos de ascendencia española, por aquello
del idioma y el mestizaje aunque también estábamos bien morenitos.
Ese día visitamos ahí el monumento a los niños héroes que había sido construido
en 1910 para celebrar el centenario de la independencia, (nunca entendí que
tenía que ver una fecha con la otra), en el acto cívico estaban presentes
alumnos de las diversas escuelas que participaban declamando, leyendo la
efeméride de la batalla de Chapultepec y depositando la ofrenda floral.
Otro acontecimiento era el 15 de septiembre por la noche cuando la cabalgata
recorría las calles del pueblo, eran muchos hombres a caballo con antorchas,
algunos vestidos de charro pero todos con sombrero. Con las calles en penumbra
pasaban a galope gritando las arengas independentistas.
Cuando uno es niño, la pequeñez hace ver las cosas grandes y mágicas, así veía
yo la cabalgata e imaginaba que Hidalgo iba en el contingente, sentía temor
pero también mucha emoción.
Nunca fuimos al grito, a mi madre no le gustaban las aglomeraciones pero además
consideraba peligroso que saliéramos por la noche, así por muchos años solo lo
vi por la tele.
La fiesta patria continuaba al siguiente día con un gran desfile donde todas
las escuelas del pueblo desfilaban por las principales calles, al final se
hacia una ceremonia frente a la presidencia municipal donde declamadores,
oradores y maestros de ceremonias nos aburrían con los mismos pasajes de
siempre: el descubrimiento de la conspiración de Querétaro y el grito en
Dolores.
Hablar de septiembre como mes de la patria es una idea muy reciente pero aun
más reciente ha sido el que se hagan reuniones y fiestas familiares y de amigos
para conmemorar el 15 de septiembre; son un pretexto para la pachanga más que
por el fervor patrio.
La educación escolar que alimentó nuestro amor a la patria a través de la
admiración de los héroes, a fuerza de repetición se volvió monótona y
monolítica. La indiferencia hacia la historia es un recurso de autodefensa de
muchos a quienes los obligaron no solo aprenderse de memoria estos pasajes sino
también para que sintieran admiración y orgullo por el pasado.
Sin duda el slogan de “Septiembre, mes de la patria” ha servido, más allá de
justificar el gasto de adornos y pendones como en la época navideña, para darle
a septiembre un sabor de mexicanidad.
Poco o nada le importa a la gente la vida de Hidalgo y su arenga de Viva
Fernando VII; la ocupación norteamericana y la pérdida del territorio después
de la batalla de Chapultepec. La historia moralizante simplemente es un mero
pretexto para vestirnos de charros, chinas poblanas, ponernos reboso,
huaraches, trenzas y sombrero de ala ancha; tomar tequila, comer pozole, chiles
en nogada, irnos de parranda y sentirnos bien mexicanos.
La patria se ha trasformado, los mexicanos le hemos otorgado a la supuesta fecha
de su nacimiento como estado- nación un significado que poco o nada tiene que
ver con la utilidad de la historia oficial y sus propagandistas decadentes.
E-mail: claragsaenz@gmail.com
Clara García Sáenz
Historiadora y Promotora Cultural; catedrática de la Universidad Autónoma de Tamaulipas.
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