El Anzuelo...
¿Por qué no les dijeron, comentaron, sugirieron ... planchar?
por El Fisgón
La expropiación de las empresas petroleras extranjeras que operaban en territorio nacional desde finales del siglo XIX fue un momento...
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
2. Propaganda e ideología
La expropiación de las empresas petroleras
extranjeras que operaban en territorio nacional desde finales del siglo XIX fue
un momento clave en la construcción del Estado mexicano post revolucionario.
Por su carga simbólica propició la cohesión ideológica en el proceso de
formación de una nueva identidad nacional anclada en los postulados de la
Revolución y la Constitución de 1917. En
el orden político, fortaleció al cardenismo al ser la vuelta de tuerca de un proyecto de
independencia basado en el control de las riquezas nacionales y consolidó los
avances logrados en materia de reforma agraria, política laboral y relaciones
internacionales. En lo económico, proveyó una fuente de ingresos fiscales que
habría de ser clave para el desarrollo del país y su inserción en la modernidad
del siglo XX.
La expropiación precipitó una crisis que por momentos puso a
México y a los
Estados Unidos al borde de un conflicto armado. Las repercusiones de la
medida configuraron uno de los episodios de mayor tensión en una relación
históricamente difícil y como una sacudida trepidatoria, lanzó ondas expansivas
a los mercados financieros y prendió focos rojos en las cancillerías de un
mundo que se aprestaba a una guerra mundial.
En paralelo al conflicto económico y político derivado de la
expropiación, se desató una intensa guerra de propaganda, quizá la faceta menos
estudiada de aquella colisión. En esa guerra los contendientes tenían objetivos
muy claros: las empresas petroleras, aliadas con sectores poderosos de la
economía y la política de sus países de origen, buscaban debilitar y
eventualmente derrocar al gobierno del general Cárdenas, para sustituirlo con un
régimen favorable a sus intereses. Por su parte el cardenismo buscaba ensanchar el apoyo político interno al
régimen mediante una estrategia de combate al imperialismo extranjero y la
salvaguarda de los recursos nacionales.
La petrolera norteamericana Standard Oil de Nueva Jersey organizó lo que hoy
llamaríamos un “cuarto de guerra” en sus oficinas corporativas del Rockefeller
Center de Nueva York y contrató para dirigirlo a uno de los publicistas
más hábiles y aguerridos de la época, Steve Hannagan. Desde ese cuartel se
diseñaron y ejecutaron campañas de propaganda anticardenista y se organizó el cabildeo en el
Congreso, en la Casa Blanca y entre grupos de presión mexicanos e
internacionales adversos al gobierno de Cárdenas. La inglesa Royal Dutch Shell tomó por su cuenta promover
el desprestigio de México en Europa y fue cabeza de lanza de acciones legales
para incautar el petróleo mexicano en los mercados internacionales bajo la
acusación de que se trababa de un producto robado.
Además de hundir al cardenismo, las campañas buscaron la
derogación del decreto de expropiación, ya fuese mediante presiones
políticas y económicas, o por la vía de la intervención armada. Para impulsar tal propósito compraron
plumas, espacios y prestigios en la prensa de Estados Unidos, en la de México y en la de
naciones europeas. Numerosos diarios norteamericanos, ingleses, francés,
alemanes y de otros países daban por cierta la movilización de una fuerza
expedicionaria para meter en cintura a los volátiles mexicanos, al estilo de la
campaña antivillista del general Black Jack
Pershing en 1916 o como una reedición de la toma del puerto de Veracruz por
el almirante Fletcher en 1914.
En el escenario internacional, las empresas expropiadas buscaban
crear la idea de que en México operaba un régimen confiscatorio (pro-comunista
o pro-fascista según el caso) que al tomar los campos petroleros había comprometido
el abastecimiento de
combustibles de los Estados Unidos y sus aliados en vísperas de la guerra y por lo tanto era
una riesgo para la seguridad nacional de estas potencias. Otra vertiente fue que
el país estaba en vías de convertirse en un enclave del fascismo en América, en
donde el nacionalsocialismo construía una plataforma bélica para atacar a
Estados Unidos.
Al interior de México, las campañas tuvieron por
meta persuadir a la población de que el general Cárdenas y su gobierno eran
notoriamente incompetentes y estaban destruyendo la economía del país y
colocándolo en riesgo de una invasión.
Pero la verdadera preocupación de las empresas petroleras no
eran las pérdidas económicas –con el tiempo se revelaría que el valor de las
instalaciones industriales era en realidad una fracción de lo que reclamaban y
la producción del hidrocarburo había descendido notablemente- sino la
posibilidad de que el ejemplo de México cundiera en la región, se exacerbaran
el nacionalismo y el antiimperialismo y se desatara una ola de expropiaciones
en América Latina. Como ha observado el profesor de la Universidad de Texas
Jonathan C. Brown, autor de Petróleo y
revolución en México, “en el escenario internacional las petroleras eran
los árbitros supremos del mercado” y nunca antes ningún país había logrado imponer
su soberanía sobre sus propios hidrocarburos sin haber sufrido graves
consecuencias internas e internacionales.
Era entonces una lucha ideológica la que el cardenismo
libró. El gobierno mexicano operó contracampañas que fueron particularmente
exitosas si se considera el contexto político de la época y la desigualdad de
recursos de que disponían las partes. El presidente Cárdenas tenía una sólida experiencia en la
movilización de masas y en 1938 había concretado la corporativización de las
diversas fuerzas sociales mexicanas. Para la contraofensiva propagandística,
tenía a su servicio un aparato de comunicación bien estructurado: el
Departamento Autónomo de Prensa y Publicidad, organismo con rango de secretaría de Estado,
dotado de fuerza política y recursos técnicos, si bien no de medios económicos
equiparables a los que disponían las petroleras.
La Standard Oil y
la Royal Dutch Shell tenían bolsillos
muy profundos, en tanto que México era un país al borde de la quiebra. Tuvieron
a su servicio expertos formados en las escuelas de propaganda de la primera
guerra; en México los operadores se habían formado en la práctica del activismo
político. Las petroleras pudieron financiar campañas internacionales; México
tenía problemas para enviar personeros a buscar apoyo social y político en
Estados Unidos y en Europa. Las petroleras subvencionaron publicaciones
importantes en ambos países; México imprimió unos cuantos folletos que se
distribuyeron selectivamente si bien en varios idiomas. Las petroleras
insertaban sus mensajes en producciones de cine de amplia distribución; México
produjo no más de quince películas de propaganda con algunas copias en inglés y
francés.
¿Cómo explicar, en este contexto, que la propaganda de las
petroleras no hubiera logrado generar amplias corrientes populares de opinión
pública ni en Estados Unidos ni en México mientras que las campañas mexicanas
fomentaron movilizaciones masivas que el propio Embajador norteamericano en
aquella época reconoció nunca haber visto antes?
No hay una respuesta unívoca ni sencilla. Existe una multiplicidad
de factores que deben analizarse para arrojar luz sobre la pregunta. Pero un
hecho clave radica en la diferencia intrínseca de la propaganda de las partes.
La mexicana estaba basada en una ideología y en una visión de nación, en tanto
que las petroleras nunca pudieron apelar a nada más que la defensa de sus
intereses económicos. Estudiar la propaganda mexicana en este escenario es
fundamental para comprender la naturaleza del régimen cardenista. El cardenismo
no pudo haber trascendido en ausencia de su aparato de propaganda.
Cárdenas fue un propagandista en el más amplio sentido de la
palabra y un eficaz agitador, seguramente el más capaz en una generación de
caudillos notables por sus habilidades en la movilización de masas. Ciertamente,
hay una discusión y puntos de vista encontrados sobre la equivalencia de los
términos “propagandista” y “agitador”. Plekhanov escribió que “un propagandista presenta muchas
ideas a una o a pocas personas; el agitador presenta sólo una o unas pocas
ideas, pero lo hace a una gran masa de personas”. Lenin abunda en esta
distinción, al igual que Michels: “El propagandista opera principalmente
mediante la palabra impresa; el
agitador, mediante la palabra hablada”.
En realidad, como apunta Kenez, es una discusión fútil que no arroja luz sobre
la materia ya que es imposible diferenciar en la práctica al agitador del
propagandista. En consecuencia no tengo reparo en utilizar ambos términos
indistintamente y me parece que con justicia se pueden aplicar para describir
esta faceta del Divisionario de Jiquilpan.
Cárdenas sin duda destacó de entre sus pares porque de todos
fue el más preparado políticamente y el que mejor entendió las necesidades del
momento y la naturaleza de la lucha en la que el país estaba inmerso. Desde muy
joven comprendió que el éxito de la lucha política pasa por la organización y
dirección de la energía social de las masas. A este fin aplicó su notable
disciplina y fuerza de voluntad. Es cierto: una persona que durante años se ha
empeñado en la lucha política entenderá con mayor claridad la necesidad de
generar apoyo popular que otra que sólo se haya dedicado a dar órdenes, como
fue el caso de otros caudillos revolucionarios (continuará).
Profesor
– investigador en el Departamento de Ciencias Sociales de
10/3/10
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