Por: Javier Rosales Ortiz02/09/2012 | Actualizada a las 22:22h
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Apenas
unos cuantos turistas se deslizaban por El Zócalo, por La Catedral y por el
edificio del DDF y se tomaban la fotografíadel recuerdo. Frente al
imponente inmueble donde manda Marcelo Ebrard nos llamo la atención a mi esposa
Blanca y a mí la figura de dos bomberos que al igual que Jesucristo se
crucificaron y nos abrimos paso entre docenas de periodistas de las principales
cadenas televisivas para contemplar de cerca la escena. Varios de sus compañeros
le daban la nota a los medios y denunciaban que ellos y otros tragafuego fueron
despedidos injustificadamente. Era el 7
de Julio pasado, días después de que se celebró la elección presidencial y de
pronto, con gritos desesperados y como hormigas, miles de personas que entraron
por la calle Madero empezaron a invadir el Zócalo capitalino, coreando
consignas en contra de Enrique Peña Nieto. De
lejecitos, observamos a aquella multitud que gritaba “fraude, fraude” y sobre
todo a estudiantes de la UNAM
que coraban el famoso “Goya, Goya, cachun cachun ra ra”, algo que hacia que se enchinara
la piel, porque nos remontó a nuestro
tiempo de universitarios en esa querida institución. Vimos en
estos jóvenes un rostro distinto al que recordamos en los tiempos de antaño, un
rostro furioso, agresivo y con muecas groseras, mientras que en sus manos
portaban pancartas con leyendas en las que denostaban en contra del PRI, de
Peña Nieto y de su esposa, Angélica Rivera, a quien ridiculizaban con
caricaturas mal elaboradas, insultantes, demasiado burdas. Frente a
nosotros desfilaron un par de personajes que nos llamaron la atención, eran dos
señores de edad perfectamente disfrazados de Benito Juárez y Miguel Hidalgo,
quienes hondeaban la bandera de México y quienes a gritos, clamaban justicia. Enormes
alebrijes, muchos jóvenes con el rostro cubierto con pasamontañas, mujeres con
peluca y largas pestañas maquilladas como Angélica Rivera y otros cargando
algunos ataúdes, cruzaron por nuestro lado y algunos le gritaban a los turistas
que se agregaran a la manifestación, la que logro medio llenar El Zócalo. Abandonamos
el lugar y a pie, porque el mitin impidió que funcionara el transporte público,
llegamos a la Torre Latinoamericana,
desde donde nos sorprendió que el Palacio de Bellas Artes estaba totalmente
cercado por estructuras metálicas y por cientos de policías. Avanzamos por la
avenida Juárez y apreciamos que la enorme alameda central lucía igual. Estaba
protegida por lozas pero de madera que fueron pintadas con aerosol por los
manifestantes con leyendas en contra de Peña Nieto y con groserías, muchas
groserías. Realmente
el espectáculo era denigrante porque también algunos viejos y bellos edificios
sufrieron los efectos de los modernos grafiteros. No
entiendo a los integrantes del llamado “Yo soy 132”, ni la sumisión de los
estudiantes de la UNAM,
porque primero se declararon independientes y luego exhibieron que su corazón
es obradorcita. Y menos
aun que los universitarios adopten una actitud de callejeros que le deforma el
rostro a esa importante casa de estudios. Hoy
observo cada fotografía que imprimí durante ese mitin y lastima que los jóvenes
quemen sus energías en ejecutar desmanes y que atenten contra una bella ciudad
que inspira a los buenos recuerdos. Por eso
yo nunca seré uno más de los 132. Correo electrónico:
javierrosales58@gmail.com
Javier Rosales
Columnista en Tamaulipas. Su columna Anecdotario es publicada en diversos medios de comunicación.
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