Por: Clara García17/08/2012 | Actualizada a las 10:49h
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Los libros de historia nos enseñan desde niños que la
Segunda Guerra Mundial terminó con el lanzamiento de la bomba atómica en Japón
y con ello los países llamados del Eje se rindieron firmando la paz; incluso
terminamos creyendo que la bomba atómica fue letal pero necesaria para evitar
que la guerra se prolongara y hubiera más muertes. Para la mayoría de
nosotros, la bomba atómica es un hecho histórico que en ocasiones pasamos al
anecdotario de nuestra cultura general con datos sobre su existencia,
generalmente equivocados y con argumentos repetidos de generación en generación,
que respaldan la visión y versiónde los
triunfadores de una devastadora guerra diciendo su verdad sobre los hechos. Valga decir también que a 67 años de su lanzamiento, la
bomba atómica es para los que vivimos en América un acontecimiento doblemente
lejano: por la distancia que nos separa de Japón y a la vez porque es ya
demasiado tiempo para tenerla fresca en la memoria. Hasta que vi por primera vez la película de Akira
Kurosawa Rapsodia en agosto, tuve conciencia del horror que ha significado ese
hecho para los habitantes de Japón y específicamente para los de las ciudades
donde se detonó la bomba. La película realizada en la década de los 90 donde actúa
Richard Gere, es un homenaje a las víctimas de esa tragedia a través del canto
a la vida que Kurosawa hace del filme, con una profunda reflexión sobre el
amor, el respeto y la paz que todos los seres humanos debemos sentir por
nuestros semejantes. Rapsodia en agosto nos permite descubrir la realidad que
aun viven los descendientes de las víctimas de este hecho atroz. Siempre debemos recordar el estallido de la bomba atómica
para no olvidar el dolor que muchos viven en forma cotidiana con la guerra,
experiencia que la gran mayoría de los mexicanos desconocíamos hasta hace poco. Siendo aproximadamente las 8:10 de la mañana, el seis de
agosto de 1945 en Hiroshima la vida comenzaba con brío cuando las alarmas antiaéreas
sonaron, el aviso de bombardeo alertaba a la población a protegerse de un
posible ataque pero en seguida sonó la que daba el aviso de que el peligro se
había alejado, fue cuestión de segundos, el bombardero estadounidense Enola Gay
había soltado su carga y se había retirado Little Boy, nombre con el que habían
bautizado a la bomba atómica que esa mañana estallaría, estaba en el aire,
minutos después, su devastador efecto comenzó. El piloto del avión ignorando el tipo de bomba que
llevaba, contó después que la fuerza del estallido tambaleó la nave que
conducía y al intentar ver que sucedía alcanzó a apreciar el ya muy conocido
gigantesco hongo de humo e impactado exclamo ¡dios mío, que hemos hecho! Una
bola de fuego de 400 metros de diámetro hizo surgir ese gran hongo que alcanzó
una altura de 20 kilómetros, el cielo brilló y desató grandes vientos de hasta
1 600 kilómetros por hora. La bola de fuego provocó una ola de calor de 3000° C
lo que convirtió en carbón casi automáticamentea miles de personas. Ahí, sólo ahí en Hiroshima murieron 200 mil
habitantes, la mitad de la población de la ciudad y muchos más fueron
condenados a una muerte lenta por las quemaduras y deformaciones. Cuando el mundo creyó que podía empezar a digerir ese
horror, el nueve de agosto fue depositado por otro avión norteamericano en el
centro de la ciudad de Nagasaki, Fat Man, bomba de consecuencias igualmente devastadoras.
La Segunda Guerra Mundial que había comenzado en 1939 con la invasión alemana a
Polonia, fue larga y costosa para todos los involucrados, sin embargo, los
aliados había trabajado arduamente en la invención de armas sofisticadas que pudieran
ser efectivas ante el enemigo. Para principios de 1945 la bomba atómica estaba
totalmente lista, sin embargo, Alemania firmó su rendición en mayo de ese mismo
año, la guerra estaba prácticamente terminada, considerando muchos de los
científicos que trabajaron en el proyecto que su uso era ya innecesario, pero
el encargado del proyectoRobert
Oppenheimer consideró junto con el gobierno norteamericano la oportunidad de
conocer las posibles consecuencias de una detonación nuclear, eligiendo como
lugar de experimentación blancos japoneses. A los sobrevivientes de las bombas atómicas y a sus
descendientes se les conoce en Japón con el nombre de hibakusha. Ellos siguen
sufriendo las consecuencias todavía a 67 años del estallido; son para el mundo
el testimonio del dolor, del odio y la devastación que el hombre es capaz de
producir, no para pagar el precio de la paz como se ha dicho, sino para experimentar
y mostrar su poder a costa de un alto precio, que a menudo olvidamos e incluso
justificamos. E-mail:claragsaenz@gmail.com
Clara García Sáenz
Historiadora y Promotora Cultural; catedrática de la Universidad Autónoma de Tamaulipas.
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