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Sección: Editoriales / Juego de ojos
Ociosidad, conocimiento y frivolidad
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
01/12/2011 | Actualizada a las 14:29h
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El año llega a su
fin y en el albor de la estación política sexenal mexicana ni los frentes fríos
logran marchitar la verdura polaca que ya se esparce por los campos, montes,
llanos y planicies de la nación. Pero un viejo escéptico como el que semana a
semana pergeña JdO no puede contagiarse del entusiasmo que vibra en el ánimo de
nuestra clase electoral. Más bien cierta desazón me hace pensar, con Alan
Paton, que la amada República clama.
Por ello, y dado
que el análisis político coyuntural está satisfecho por la miríada de plumas
que nos asaltan a diario desde las páginas de los impresos informativos, lo
mismo que mi admirado Catón me apartaré de lo importante para incursionar en lo
frívolo.
Un amigo dice que
soy un “diccionario ambulante de inutilidades”. ¿A qué se debe tan duro juicio
de quien durante años ha comido y bebido a mis costillas? A ciencia cierta no
lo sé. Creo que se inflamó cuando en un centro de salud lo reté a que diera el
nombre de la mamá de Foforito Cantarranas, hijo natural de don Susano y
adoptivo de los Burrón, y el cretino respondió que la Divina Chuy. ¡Hágame
usted el favor!
(Algo parecido me
ocurrió en octubre del año pasado durante la XIII reunión de historiadores de
México, Estados Unidos y Canadá en Querétaro. Una doctora en historia presentó
un trabajo –paper, se les llama en la Academia- con el mismo error… y yo,
ponente en la mesa, cometí el error de enmendarla en público. ¡Los dioses en el
Olimpo de Marfil no acaban de desahogar la ira de la quejosa, quien, sobrina
que es de un ex gobernador del estado en donde las tlayudas parieron al queso
de hebra, no puede ser identificada de momento! Pero de que quería exprimirme
el cogote entre sus regordetas y morenas manos, no tengo duda).
Es ridículo
incurrir en tal despropósito de consanguinidad, pues como todo mundo sabe,
Foforito no tiene madre; nunca la tuvo. A Gabriel Vargas, el genial autor de la
historieta con más sociología mexicana que la obra de Samuel Ramos, se le
olvidó. Así como lo escucha. “Cuando me di cuenta ya habían pasado varios
números y de plano no moví las cosas”, me dijo en una entrevista en el 2001.
¿A usted le
parece un dato inútil? Cierto que no contribuye a la paz mundial ni alivia los
niveles de ozono en la atmósfera y tampoco infunde inteligencia en los
redactores de boletines oficiales. Pero caray, no puede uno andar por la vida
creyendo que el joven ayudante de “El Rizo de Oro” es hijo de aquella bailarina
de dudosa fama y peor conducta. Es como hablar de los Burrón sin saber el
nombre del perro de la familia o el apodo del hijo mayor (mis cultos lectores
están en posesión de estos datos, mas para el caso de que esta columna cayera
en manos impías, al final doy la respuesta).
Yo no creo que
sea una necedad saber que el nombre completo del Pato Donald es “Donald
Fauntleroy Duck”, que las jirafas se limpian las orejas con la lengua, que los
delfines duermen con un ojo abierto, que el ojo de una avestruz es mayor que su
cerebro, que los diestros en promedio viven nueve años más que los zurdos, que
el músculo más poderoso del cuerpo humano es la lengua, que es imposible
estornudar con los ojos abiertos, o que el “cuac” de un pato no produce eco.
De tarde en tarde
este diletantismo intelectual arroja luz para entender hechos “serios”. Por
ejemplo, si en 1997 la industria aérea norteamericana ahorró 40 mil dólares con
sólo eliminar una aceituna en cada ensalada servida a los pasajeros, ¿queda
clara la importancia de ahorrar medio dólar en cada barril de petróleo extraído
de los campos del medio oriente aunque ello signifique invadir un país y la
muerte de jóvenes estadounidenses y civiles iraquíes?
Es incalculable
el dinero, el tiempo, la energía y el talento que se destinaron a la producción
de las bombas atómicas que calcinaron a cientos de miles de seres humanos
-principalmente niños, mujeres y ancianos- en Nagasaki e Hiroshima y que desde
entonces tienen a la humanidad con el Jesús en la boca. ¿Por qué no se
dedicaron iguales recursos para domesticar esa energía y aplicarla en beneficio
de la especie cuando es de todos sabido que un kilogramo de masa, transformado
en energía, equivaldría a 25 mil millones de horas kilovatio de electricidad, y
que el combustible contenido en una pasa es suficiente para satisfacer las
necesidades de alumbrado durante 24 horas en la ciudad de Nueva York?
Pero ya basta.
Estoy fatigado. A diferencia de mi admirado Catón, hoy no lanzaré catilinarias
a nuestros estadistas. Mejor comparto con usted algunos otros conocimientos
adquiridos durante los momentos de ocio productivo que proporciona el no
dedicarse el análisis político:
Millones de
árboles son plantados accidentalmente por ardillas que entierran sus nueces y
luego no recuerdan dónde quedaron. Así como la mala memoria de estos animalitos
es una contribución directa a la oxigenación, la glotonería de los ratones
voladores que conocemos como murciélagos permite que en la mesa de usted se
sirvan diversas frutas: hay semillas que primero tienen que pasar por el
intestino de uno de estos quirópteros (mus, muris - ratón; caeculus - diminutivo de “ciego”) para germinar. Piénselo la próxima vez que le
meta diente a un mango.
Comer una manzana
es más eficaz que tomar un café para mantenerse despierto.
Nadie es capaz de
tocarse el codo con la lengua.
La miel es el
único alimento que no se descompone: las ofrendas de miel halladas en las
tumbas de los faraones podrían bañar el cereal o los jotqueics del desayuno de
los arqueólogos.
De todo el helado
que se vende en el mundo, un tercio es sabor vainilla. La marca no la sé.
La “j” es la
única letra que no aparece en la tabla periódica de los elementos.
Una sola gota de
aceite de motor puede contaminar 25 litros de agua potable. Juego de ojos 4
La Torre Eiffel
no siempre fue el símbolo peculiar de la Ciudad Luz. Cuando se construyó,
turbas enfurecidas quisieron remover el mamotreto, al que consideraban tan poco
estético como la escultura de Sebastián en la antigua glorieta de Carlos IV. Y
en los años siguientes, fue “vendida” en por lo menos dos oportunidades,
episodios luminosos en la historia de los grandes embaucamientos que algún día
narraré aquí.
El himno nacional
mexicano está registrado a nombre de un particular en Estados Unidos. No se
sabe si ha intentado cobrar regalías por su uso en los honores a la bandera
embajada y consulados.
El 25 de
septiembre de 1954, el abogado chileno Jenaro Gajardo Vera reclamó ante el
registro público de la propiedad de su país la propiedad de la luna. Como en
las leyes vigentes no se encontró una disposición en contrario, por lo menos en
aquella parte del mundo él es legítimo propietario del satélite de la tierra.
En 1849, un
esclavo negro llamado Henry Brown pudo escapar a la libertad cuando fue enviado
por correo en una caja desde Carolina del Norte a Filadelfia. No se sabe cuánto
pagaron de tarifa postal sus cómplices.
Además del
hombre, los únicos animales capaces de reconocerse en un espejo son los
chimpancés y los delfines... y algunos políticos.
Reír durante el
día permite descansar mejor en la noche.
Y con esto pongo
final a las entregas de JdO de noviembre. Como ha sido costumbre a lo largo de
los años, en la primera semana de diciembre haré un regalo de Navidad a los
lectores que me hicieron el favor de leerme y tomaré un respiro hasta después
del Día de Reyes. La respuesta a la interrogante planteada al comienzo es:
“Wilson” y “Tejocote”.
P.D. ¿Intentó
lamerse el codo?
Profesor –
investigador en el Departamento de Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.
30/11/11
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