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Sección: Editoriales / Entre Nos

Iola Daphne

Por: Carlos Santamaría Ochoa 11/11/2011 | Actualizada a las 12:17h
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El pequeño niño llegaba corriendo y abrazaba amorosamente las piernas de su madre: la estatura no alcanzaba para más: “¡Vengan a goler a mi mamá!” gritó.
 
“Goler”, refiriéndose al exquisito aroma a Channel número 5 que revestía a aquella mujer que dedicó los mejores y más valiosos años de su vida a la formación del fruto de su matrimonio: Adán (siempre lejano), Benjamín, Alma y Carlos. Difícil situación pero que se convirtió en una de las más grandes y maravillosas experiencias.
 
No se puede echar abajo la memoria y olvidar aquellos días en el departamento de Progreso o en la casa de Benjamín Franklin, donde los sueños de los niños rodaron como lo hacían las pelotas manufacturadas con bolsas de plástico, o cuando los carritos de madera y baleros de fierro, escandalosamente, cruzaban por la calle de Franklin, para que la señora Schick saliera a callar a los juguetones impertinentes.
 
No es puede echar abajo en la memoria el recuerdo de la lámpara formada por una raíz de árbol, donde indios y vaqueros estaban escondidos para librar una “gran batalla”, surgida en la mente e ilusión del niño. Tampoco podría olvidarse el conjunto de ladrillos plásticos rojos que enmarcaban la pista de carritos de fierro, aquellos de la marca “Matchbox Series” que celosa y difícilmente ella compraba a sus hijos en las tiendas especiales, a un precio de 12.50 pesos, una cifra que no se olvida, porque eso costaba un dólar americano en los setentas u ochentas.
 
Tampoco se puede olvidar la serie de mañanas en el jardín “Brígida Alfaro”, con Rosita, Martha Trillo y Lolita, Nanyel y otras más. No puede echarse a la desmemoria el venturoso día en que Alejandro llegó a compartir esa existencia tan especial, a llenar el vacío dejado casi quince años atrás por quien nunca supo más de sus hijos, salvo aquella vez en que les obsequió ¡un peso! Para comprar un Napolitano.
 
No puede dejar de agradecerse el motivo que propicia que ella encuentre al hombre de su vida y llegue posteriormente Iola, la pequeña, la chiquita, la “hija-hermana” de todos, la compañerita de andanzas de Alma Eugenia, y el fruto de un amor ejemplar e insustituible.
 
No puede olvidarse tampoco aquellas mañanas en los juegos del Nuevo Chapultepec, donde ella paseaba con los hijos, engalanada con su alto peinado de la época y mil ilusiones, compartidas en aquel entonces, hoy recordadas con el corazón.
 
Tampoco pueden dejarse atrás los momentos vividos en la escuela Luz Bringas cuando estuvo presente en las fiestas de fin de cursos de sus hijos varones, o en el colegio Kent, con su hija mayor. No puede dejarse a un lado el difícil momento vivido cuando del jardín de niños corría a Azcapotzalco a trabajar en la clínica donde, finalmente, llegó lo mejor de su destino: Alejandro.
 
No puede uno olvidar los mimos y besos mil que cruzaron por la existencia del niño y el adolescente, para convertirse hoy en bendiciones y rezos, preocupaciones y satisfacciones de quien supo ser amiga y madre y lo sigue siendo, de quien ha concentrado en su persona el amor y la ternura de muchos años, el agradecimiento a la vida y a Dios por su existencia: la consolidación del concepto de “ser madre” que seguramente el Supremo Creador  concibió cuando tuvo que echar mano de todos sus recursos para demostrarnos lo que es el amor.
 
Un 12 de noviembre de mil novecientos treinta y tantos llegó al mundo, producto de la relación de María de los Angeles y Enrique, el gran Enrique, el ejemplar Enrique… Un día del cartero, el mensajero, el que provee de buenas nuevas.
 
Hoy, con el permiso de quien se ocupa de leer estas líneas, rendimos tributo a quien nos acompaña en todo momento con su amor y bendiciones, que llegan a tierras lejanas para recordarnos que es lo mejor que Dios pudo poner en el camino de unos cuantos: los hijos, su marido… sus nietos y su existencia.
 
Es el recuerdo, desde la fría y helada Compostela a la mujer, la amiga, la madre, la compañera: Iola, felicidades de siempre, con el corazón y todo lo que podemos tener dentro.
 
Comentarios: entrenos@prodigy.net.mx 

Carlos David Santamaría Ochoa,

(México, D.F., 1957) Licenciado en Relaciones Públicas, Maestro en Trabajo Social y maestro en Comunicación; Doctor en Comunicación y Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela (Galicia, España). Diplomado en periodismo y en locución ( U.A.T.) Periodista desde el año de 1979.

Jefe de fotografía del periódico El Heraldo de México (1979).

Ha colaborado en los diarios locales El Mercurio de Tamaulipas, El Diario de Ciudad Victoria, La Verdad de Tamaulipas y en revistas como Poste Restante, A quien Corresponda, entre otras. Fue corresponsal del diario El Nacional, de la revista Época de México y de radio grupo ACIR. Fotógrafo profesional desde el año de 1978.

Fue jefe de prensa del Instituto Estatal Electoral en Tamaulipas y del Hospital General de Ciudad Victoria. Actualmente se desempeña como profesor de periodismo y fotografía en la licenciatura en Ciencias de la comunicación, en la Universidad Autónoma de Tamaulipas, donde también colabora como investigador.

Es presidente de Vive con Diabetes, A.C., dirige y conduce el programa de radio Al Día en Radio UAT.

Recientemente publicó su primer libro: Diario del Camino, Unidos por la Diabetes.
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