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Sección: Editoriales / Juego de ojos
De la ciencia, la vida, el infinito, y otras angustias
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
06/11/2011 | Actualizada a las 17:55h
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Para don Sergio Obeso en su LXXX
aniversario. Ab imo pectore.
¿Una pequeña cosa es una cosa pequeña?
No piense el lector que amanecí anfibológico. Creo que la pregunta tiene
sentido en este mundo nuestro de las grandes hazañas y los aún mayores avances
tecnológicos.
Ejemplos sobran y no necesito recurrir a
demasiados para dar sentido a mi pregunta. Desde un acorazado a mil quinientos
kilómetros en el Índico o el Mediterráneo, la gran armada puede colocar una bomba
inteligente justo en el centro del búnker donde se ocultan los cabecillas del eje
del mal y además transmitir en vivo la hazaña al mundo, pero no pudo salvar la
vida a un puñado de ancianos en un asilo de Nueva Orleáns durante un huracán.
Nos dejamos deslumbrar con demasiada
facilidad por “lo grande” y por “lo portentoso” e ignoramos las pequeñas cosas
que son las verdaderas maravillas de la vida.
Pensemos en nuestro cuerpo. Lo llevamos
por la vida como un estuche necesario pero estorboso. Lo saturamos de toxinas y
grasas que toman por asalto el hígado, las arterias y el corazón. Inyectamos
gas venenoso a presión en los pulmones. Lo asfixiamos con la ropa de moda. Los
elegantísimos tacones altos que tan bien resaltan el derrière son tortura china
para la columna vertebral. La corbata de alegres colores que aprisiona el
cuello y anuncia nuestra capacidad de compra, frena el flujo de sangre al
cerebro.
Echemos un vistazo a nuestro alrededor y
descubriremos pequeñas y maravillosas entidades. Una hormiga es capaz de
transportar objetos cientos de veces más pesada que ella: si fuese del tamaño
de un perro sería más poderosa que el más potente de los bulldozers. Una
mariposa monarca viaja miles y miles de kilómetros y regresa al árbol en que
nació con mayor precisión que un rayo láser. El murciélago se guía en la
oscuridad con un sonar que ya quisieran en la NASA para un día de fiesta. Pocos
tejidos más resistentes que la membrana del jitomate. Si nuestra piel tuviese
proporcionalmente la misma fuerza, el filoso cuchillo de un asaltante nos haría
los mandados.
De la estrella más cercana a la tierra, Proxima
Centauri, sabemos casi todo: que está a 4.3 años luz, que tiene una magnitud
aparente de -0.3, que integra un sistema de tres cuerpos en donde dos giran uno
alrededor del otro en un periodo de 80 años y el tercero en aproximadamente un
millón de años... ¡Fantástico! Pero acá abajo, en el planeta de las pequeñas
cosas, ¿realmente conocemos y comprendemos cómo funciona la clorofila, el
insignificante pigmento verde gracias al cual podemos vivir? Sí, claro. Sabemos
que está compuesto por grandes moléculas de carbono e hidrógeno y que en su
núcleo tiene un único átomo de magnesio. O sea, que lo conocemos tan bien como
a Proxima Centauri. Con la salvedad de que a diferencia de aquélla, la
clorofila posee la modesta habilidad de transformar la energía luminosa del sol
en energía química, lo cual permite la vida vegetal, lo que a su vez sustenta
la vida animal, la que por su parte posibilita que en la llamada tierra habite
una especie que tiene conciencia de sí misma y se autoproclama humana. Apenas
una pequeña cosa.
Creo que fue en una película de ciencia
ficción (o quizá en un poema) donde se dijo que somos “polvo de estrellas”.
Suena bien, pero además es cierto. El puñado de sales y minerales a que se
puede reducir nuestro cuerpo valdría en el mercado algo así como $23.50 y no
hay ninguno que no pueda encontrarse disperso en el universo conocido. Y qué
decir de nuestro ADN o de nuestras moléculas. El primero lo heredamos de una
musaraña de poco menos de diez centímetros que vivió hace 210 millones de años
(morganucodon oehli). Y ls segundas… es posible que una de las que anduvieron
por el dedo gordo del pie izquierdo de Nerón esté ahora alojada en la periferia
de mi ombligo o en otra zona más interesante. Quiero decir que una vez que
pasamos a mejor vida (o peor, nadie sabe), nuestras moléculas se desparraman y
se integran a otros seres o a otras cosas.
Es asombroso que esta humanidad nuestra
haya logrado la hazaña de poner hombres en la luna y lanzar máquinas inteligentes
a las profundidades del espacio mientras permanece con una ignorancia supina
respecto de nuestro propio planeta. Casi con la mano en la cintura se puso en
órbita el telescopio Hubble para fisgonear en las galaxias más distantes, pero
hasta hace unas cuantas décadas los geólogos debatían y se mordisqueaban entre
sí por diferencias sobre la edad de la tierra. Y no deja de ser una paradoja
que mientras nuestro establisment científico-tecnológico recientemente pudo pegarle
con una sonda espacial a un cometa a un millón de kilómetros, no haya logrado meter
en cintura a los agentes microscópicos
que causan en Sida.
Por fortuna a lo largo de la historia
notables hombres y mujeres han dedicado la vida a explicarse y explicarnos los
misterior de nuestro entorno. Por ejemplo Albert Einstein, el más notable
hombre de ciencia del siglo XX que con sólo la fuerza de su mente, sin las supercomputadoras
y los batallones de asistentes que hoy están a disposición de los
investigadores en las universidades, pudo penetrar los enigmas del universo y
explicarlos en un lenguaje llano e incluso encantador.
A los 26 años produjo un documento de tres
cuartillas y tres pasos titulado ¿La inercia de un cuerpo depende de su
contenido de energía? que es el antecedente de la fórmula matemática más
conocida en el mundo: E=mc2 (pero si hoy
se presentara al Conacyt muy probablemente sería rechazado por carecer de marco
teórico, bibliografía y formato APA, de tal suerte que don Alberto no podría
estar en el Sistema Nacional de Investigadores).
En el Laboratorio de Inteligencia
Artificial del Instituto Tecnológico de Massachusetts, EUA, se perfecciona lo
que se ha descrito como un “robot humano, con capacidades similares a las de
una persona”. Esta máquina posee un “cerebro” integrado por 239 procesadores y
puede “ver” gracias a cuatro cámaras de vídeo digital y distingue las facciones
de sus creadores; mueve tronco, cabeza y brazos con la precisión de un humano
(no tiene piernas aún) y, gracias a su complejidad, es capaz de “aprender” de
su medio ambiente. Se llama Cog. Según los tecnólogos, los descendientes de
este robot podrán estar a cargo de tareas peligrosas para el hombre, como
apagar fuegos o pilotear naves espaciales en misiones a otros mundos. Y, digo
yo, podrían también operar las máquinas de muerte que en las guerras futuras
emprendan las potencias, hasta que un día una de esas máquinas cobre conciencia
de sí misma y decida que los humanos son demasiado estúpidos como para tenerlos
alrededor.
Una de las intensas polémicas en el
cristianismo (y supongo que también en otras religiones), tiene que ver con el
castigo a quienes violentan los preceptos, tuercen las reglas o, como decimos
por acá, se pasan por el arco del triunfo los mandamientos. Este no es un
asunto menor. A riesgo de simplificarlo, consiste en que en un universo regido
por un dios infinitamente misericordioso, quienes reciben dones materiales y
espirituales debieran ser los “buenos” o “virtuosos”, en tanto que las
enfermedades y las desgracias caerían sobre los “malos”, o “pecadores”. El
problema consiste en la frecuencia con que vemos lo contrario: personas
limpias, bondadosas y justas van a la bancarrota, pierden a su familia y
padecen cáncer de hígado, mientras que un Pinochet muere en cama rodeado de sus
seres queridos y con abultadas cuentas bancarias. Para salvar este dilema sin
poner en entredicho la sabiduría divina, surgió la doctrina del castigo
diferido. Es decir, Augusto, como tantos otros tiranos, pudo haber expirado
tranquilo y rico, pero las almas de quienes su régimen masacró lo esperarían en
la barca de Caronte para acompañarlo y depositarlo en la rosticería eterna, y
quizá colaborar en los escarmientos reservados a los genocidas.
Bueno, es evidente que la proximidad de
las fiestas decembrinas me ha secado el cacumen, así que pongo punto final a
estas disquisiciones.
Carta a García
La columna de la semana pasada provocó
reacciones asaz diversas. Mientras que algunos se identificaron con Hubbard, otros
satanizaron al mensajero (¡yo!) como enemigo de la humanidad y defensor del
capitalismo salvaje, je, je.
Las profesoras Santiago y Montes la
distribuyeron entre alumnos, profesores y autoridades universitarias. Desde
Sevilla mi tocayo Veyrat recuerda que cuando era un joven militante
antifranquista expresó sus dudas “a un viejo camarada exiliado desde la guerra
civil, sobre una orden recibida desde España, que yo debía cumplir en París. Me
citó un artículo del manual del soldado soviético, pues había luchado en ese
ejército durante la II Guerra Mundial; no recuerdo su número pero sí el
contenido de aquella frase del catecismo militar: ‘¿Qué es la iniciativa?: La
mejor manera de cumplir una orden.’ Nunca lo olvidé y me lo ha recordado ahora
tu artículo.”
En cambio Paco Blancas desde Tijuana
critica: “Esta anécdota de la tal carta es una jalada incompleta y absurda, se
ocupa un párrafo para contarla y 4 hojas para tratar de explicarla. No sé
de cuales ‘lideres’ se está usted compadeciendo, los que yo conozco son gente
arrogante que tratan a los demás como si fueran tontos e inferiores, líderes sí,
de pacotilla, que no se ganan ni el respeto ni la consideración de nadie y que
sólo ejercen el poder que ostentan, pasando sobre todo y sobre todos. Si usted
es uno de ellos, o es un subordinado de ellos lo compadezco. Yo por mi parte no
soy un ‘corre-ve-y-dile’ que haga las cosas porque me lo está mandando un
líder, yo no soy un lambe-huevos.”
Y mi admirado Musacchio me pone frente al paredón:
“Creo que tu texto es una abierta invitación a que los subordinados acaten las
órdenes más absurdas, lo que es norma en los ejércitos, pero no en la vida. Es,
también, una desafortunada defensa del capitalismo salvaje, ése que no quiere
personas, sino robots. El subordinado que duda sobre la validez de las órdenes,
el que inquiere en torno a las razones, es el que hace pensar a los jefes
porque él mismo piensa. De modo que... No me eche inglés, joven (traducción: no
me chingues).”
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