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Sección: Editoriales / Juego de ojos
Carta a García
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
27/10/2011 | Actualizada a las 22:07h
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En un
frío atardecer de febrero de 1899 en su casa de Búfalo, Elbert Hubbard y su
hijo Bert se lamentaban de los inútiles esfuerzos gastados en la misión
imposible de poner a trabajar a “infelices sumidos en los limbos de una
inacción criminal”.
A
punto de darse por vencidos, recordaron la anécdota del soldado Andrew S. Rowan,
una suerte de Miguel Strogoff cuya hazaña fue decisiva para el desenlace de la
guerra entre Estados Unidos y España en Cuba. El Presidente norteamericano
debía enviar una carta al general García, cuyo paradero en la selva cubana
nadie conocía con precisión. En el relato Rowan es comisionado y al recibir la
orden sólo pregunta una cosa: “¿Para quién es el mensaje?” “Es para el general García”, fue la única respuesta.
No preguntó de qué medios dispondría para llevar a cabo esa tarea, ni si le
iban a pagar por ello. Tampoco preguntó qué plazo le daban y si tendría algún
ascenso si lo lograba. El correo del Presidente se limitó a cumplir con su
deber.
Elbert
entonces redactó a vuelapluma un texto que con el tiempo fue publicado en el
mundo entero. Se estima que llegó a 40 millones de ejemplares en vida del autor,
un récord no igualado.
El
director de los ferrocarriles rusos lo hizo traducir y se repartieron cien mil
ejemplares entre los empleados de la empresa. De Rusia pasó a Alemania, a
Francia, a España, a Turquía, al Indostán y a China. Durante la guerra ruso-japonesa,
cada soldado ruso que iba al frente llevaba un ejemplar de aquel escrito. Al
encontrar los japoneses el folleto en poder de los prisioneros de guerra, creyeron
que era un documento secreto y lo tradujeron. Al conocer el contenido del
Mikado lo mandó repartir entre militares y civiles.
Aquí
la Carta, en traducción libre:
“Cuando
estalló la guerra entre España y Estados Unidos, hubo necesidad de un acuerdo entre
el presidente McKinley el general Calixto García. Pero, ¿cómo hacerlo?
Hallábase García en esos momentos en alguna serranía perdida en el interior de
la Isla. Y era precisa su colaboración. Pero, ¿cómo hacer llegar a sus manos un
despacho? ¿Qué hacer?
“Alguien
le dijo al Presidente: conozco a un hombre llamado Rowan. Si alguna persona en
el mundo es capaz de dar con García es él: Rowan.
“El
tal Rowan recibió la carta, la guardó cuidadosamente y a los cuatro días desembarcó
en Cuba. Se internó en la selva y a las tres semanas reapareció al otro extremo
de la isla después de haber entregado la carta a García. El punto que quiero
destacar es: McKinley da a Rowan una carta para que la lleve a García. Rowan
toma la carta y no pregunta:
“-¿En
dónde podré encontrar a esta persona?
“¡Vive
Dios! He aquí un hombre cuya efigie debería ser fundida en bronce y colocada en
cada una de las escuelas del universo. Porque lo que debe enseñarse a los
jóvenes no es esto o aquello, sino templar su ser íntegro para el deber,
enseñarlos a obrar prontamente, a concentrar sus energías, a hacer las cosas, a
llevar la carta a García.
“El general
García ya no vive. Pero hay muchos Garcías en el mundo. Qué desaliento no habrá
sentido todo [líder] ante la imbecilidad del común de los hombres, ante su
abulia, ante su falta de energía para llevar a término la ejecución de un trabajo.
“Descuido
culposo, trabajo a medio hacer, desaseo, indiferencia, parecen ser la regla
general. Y sin embargo no se puede tener éxito si no se logra por uno u otro
medio la colaboración de los subalternos… a menos que del cielo descienda
milagrosamente un ángel luminoso como ayudante.
“El
lector puede poner a prueba mis palabras: llame a uno de sus subordinados y
dígale:
“-Consulte
usted la Enciclopedia y hágame el favor de sacar un extracto de la vida de
Correggio.
“¿Cree
usted que su ayudante responderá “Sí señor” y ponga manos a la obra? Pues no.
Le lanzará una mirada vaga y le hará una o varias de las siguientes preguntas:
“-¿Quién
era él? ¿En qué Enciclopedia busco eso?
¿Está usted seguro de que esto está entre mis deberes? ¿No será la vida de
Bismark la que usted necesita? ¿Por qué no ponemos a Carlos a que busque eso?
¿Necesita usted de ello con urgencia? ¿Quiere que le traiga el libro para que
usted mismo busque allí lo que necesita? ¿Para qué quiere saber eso?
“Y
apuesto diez a uno que después de que usted haya respondido el cuestionario y
haya explicado el modo de verificar la información y para qué la necesita
usted, el prodigioso ayudante se retirará y buscará a otro empleado para que le
ayude a buscar a García… y volverá a informarle que tal hombre no existió en el
mundo (esto también sucede si se le pide a un subdirector una esquela).
“Puede
suceder que yo pierda la apuesta, pero si la ley de las probabilidades es
cierta, no la perderé. Y si usted es un hombre cuerdo no se tomará el trabajo
de explicarle a su ayudante que Correggio se busca en la C y no en la K. Sonreirá,
dirá “dejemos eso”, y buscará personalmente lo que necesita saber.
“Esta
incapacidad para la acción independiente, esta estupidez moral, esta atrofia de
la voluntad, esta mala gana para superar los obstáculos, es lo que retarda el
bienestar de la sociedad. Y si los hombres no obran en su provecho personal,
¿qué harán cuando el beneficio de su esfuerzo sea para todos?
“Parece
necesaria la presencia de un capataz con garrote. El temor de ser despedidos el
sábado por la tarde es lo único que retiene a muchos trabajadores en su puesto.
Ponga un aviso solicitando un secretario, y de cada diez aspirantes, nueve no
saben ni ortografía ni puntuación.
“¿Podrían
tales personas llevar la carta a García?
“En
cierta ocasión me decía un empresario:
“-¿Ve
usted a ese hombre?
“-Lo
veo, ¿y qué?
“-Es
un gran contador, pero si lo envío a la parte alta de la ciudad, puede que
desempeñe la misión correctamente; pero puede ser también que en su viaje se
detenga en cuatro cantinas y al llegar a la calle principal de la ciudad haya
olvidado a qué iba.
“¿Podría
confiársele a un tío semejante la carta para García?
“En
tiempos recientes se habla con lástima del pobre trabajador víctima de la
explotación industrial, del hombre honrado, sin trabajo, que por todas partes
busca inútilmente emplearse. Y se lanzan palabras duras contra los que están
arriba. Pero nada se dice del jefe que encanece prematuramente luchando en vano
por enseñar a ejecutar a otros un trabajo que ni quieren aprender ni les
importa; ni de su larga y paciente lucha con colaboradores que no colaboran y
que sólo esperan que se descuide para perder el tiempo. En todo almacén, en
toda fábrica, hay una continua renovación de empleados. El jefe despide a
individuos incapaces y llama a otros a ocupar sus puestos. Y esto no cesa ni en
los buenos ni en los malos tiempos. Con la sola diferencia de que cuando hay
escasez de trabajo la selección se hace mejor; pero en todo tiempo el incapaz
es despedido. La ley de la supervivencia de los mejores se impone. Por interés
propio todo jefe conserva a los más hábiles: aquellos capaces de llevar la
carta a García.
“Conozco
a un hombre de facultades verdaderamente brillantes, pero inhábil para manejar
sus propios negocios y absolutamente inútil para gestionar los ajenos, porque
lleva siempre consigo la insana sospecha de que sus superiores lo oprimen o
tratan de oprimirlo. Ni sabe dar órdenes ni sabe recibirlas. Si se enviara con
él la carta a García, contestaría muy probablemente:
“-Llévela
usted.
“Hoy
este hombre vaga por las calles en busca de oficio, mientras el viento silba al
pasar entre las hilachas de su vestido. Nadie que lo conozca se atreve a
emplearlo por ser él un sembrador de discordias. No le entra la razón y sólo
sería sensible al taconazo de una bota número 9 de doble suela.
“Comprendo
que un hombre tan deformado moralmente merece la misma compasión que si lo
fuera físicamente; pero al compadecerlo recordemos también a quienes luchan por
sacar adelante un proyecto sin que sus horas de trabajo estén limitadas por el
checador y que encanecen prematuramente en la lucha tenaz por conservar en sus
puestos a individuos de indiferencia glacial, imbéciles e ingratos que le deben
a él el pan que se comen y el hogar que los abriga.
“¿Habré
exagerado? Puede ser; pero cuando todo el mundo habla de los trabajadores, así,
sin distinción ninguna, quiero tener una frase de simpatía para el hombre de éxito;
el que luchando contra todos los obstáculos, dirige los esfuerzos de los otros,
y cuando ha triunfado, sólo obtiene por recompensa -si acaso- pan y abrigo. Yo
también he trabajado a jornal y me he hecho la comida con mis propias manos; he
sido jefe y puedo juzgar por experiencia. La pobreza no da excelencia por sí
sola; los harapos no son recomendación; no todos los jefes son duros y rapaces,
ni todos los pobres son virtuosos.
“Mi
corazón está con aquellos que trabajan lo mismo cuando el jefe está presente
que cuando está ausente. El hombre que se hace cargo de una carta para García y
la lleva tranquilamente sin hacer preguntas idiotas, y sin la intención
perversa de arrojarla en la primera alcantarilla que se encuentra al paso, y
sin otro objetivo que llevarla a su destino, jamás será despedido de su
trabajo, ni tendrá jamás que entrar en huelga para obtener un aumento de
salario. La civilización es una lucha prolongada en busca de tales individuos.
Todo lo que un hombre así pida, lo tendrá; lo necesitan en todas partes: en las
ciudades, en los pueblos, en las aldeas, en las oficinas, en las fábricas, en
los almacenes. El mundo los pide a gritos, el mundo está esperando siempre
ansioso a hombres capaces de llevar la carta a García.”
¿Me escucharon, mentecatos?
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