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Sección: Editoriales / Juego de ojos
De elecciones y columnistas
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
13/10/2011 | Actualizada a las 20:36h
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La
semana pasada arrancó el gran marathon electoral sexenal y conforme aumente la
temperatura política veremos asomar por doquier, entre la espesura de los
bosques de diarios, revistas y páginas web que engalanan nuestro país, los
tiernos tallos de una miríada de columnas.
Este
es un fenómeno que se repite con la regularidad y la intensidad del arribo de
las monarcas a los cerros de Angangeo y no es privativo del México grillo. En Chattanooga, en
Taldi-Kurgan, en Corrientes, en Taipei, en Puerto Moresby, en Harare o en Puerto
Moresbi... en donde quiera que haya elecciones y medios, siempre florecerán columnas con el arribo de la
primavera de los sufragios.
De
todo leeremos en los siguientes meses en estos espacios que antaño arrojaban
luz a los hechos sociales y que hoy, lo digo con tristeza, más bien azolvan los
canales de comunicación: análisis inteligentes y genuflexiones y ataques; prosa
acerada y puñaladas traperas a la sintaxis... Así que como un servicio social
para quienes ya se ajustan la visera y se arremangan los puños frente al
teclado, permítaseme ofrecer algunas consideraciones en voz alta que pudieran o
no ser de utilidad a las mujeres y hombres que se están incorporando a este
género definido como periódico dentro del periódico, pero que yo entrego como
profesor que he sido de muchas generaciones de estudiantes de periodismo:
Si el
origen de la columna es la necesidad de los lectores de recibir algo muy
personal, nada más personal puede ofrecer el periodista que su propio estilo.
De aquí que una de las características distintivas de la columna como
género periodístico, y
probablemente la más notable de todas,
sea la libertad con que el autor desarrolla su estilo.
La columna
tiene características propias, de forma y contenido, que la singularizan e
identifican. Cierto que todos los géneros periodísticos tienen algo en común y
que resulta difícil hacer muy exactas diferenciaciones técnicas entre ellos. La
columna, sin embargo, es el género periodístico que más claramente puede
diferenciarse de todos los demás.
En el editorial el redactor tiene
fundamentalmente tres clases de limitaciones. Una, la política del periódico,
que lo obliga a asumir una posición y a conservar el tono que le ha sido
marcado; otra obvia limitante, es el tema que se le fijó; y la tercera consiste
en la extensión del escrito impuesta por el formato de las páginas editoriales.
El artículo
es quizá el género periodístico que más se asemeja a la columna en cuanto a la
libertad temática, el enfoque y la
utilización del lenguaje. Sin embargo, el artículo es monotemático y está
sujeto generalmente a una estructura que no da mucho de sí, aunque supongan lo contrario los lectores y hasta
algunos articulistas.
Pero
antes de seguir despertando entusiasmo vale la pena que nos hagamos esta pregunta: ¿acaso en la columna su
autor no tiene ninguna clase de barreras
y puede hacer exactamente lo que quiere?
Los
viejos militantes del periodismo sabemos que en una publicación bien
estructurada nadie, ni su propio director, tiene una libertad absolutamente sin
límite. Por encima del funcionario de mayor jerarquía en un periódico se
encuentran valores que nadie
puede ignorar.
Seguramente
habrá que hacer algunas consideraciones sobre ética profesional. Una fuerza tal
como la que representan las columnas –me refiero, por supuesto, a las que
abordan temas políticos- no puede ser dejada al libre juego de los intereses
sin que el más alto de ellos, el
interés social, sea servido cumplidamente y, llegado el caso, se le
pueda resguardar. Sobre todo ahora.
Pero,
¿qué pasa con las columnas, o más precisamente, con los columnistas en México?
Aparte de otros pecados menores, ¿acaso no solemos comportarnos con demasiada
arrogancia, al extremo de erigirnos en fiscales, jurados, jueces y verdugos,
todo a un tiempo, de personajes de nuestra vida pública? Juicio y sentencia,
entre comillas, en los que no se ha querido ver más que un sólo aspecto de la
cuestión y esto, con frecuencia, sin el
tiempo suficiente de reflexión, y sin ofrecer alternativas a los lectores, como
si éstos, según el decreto imperial, no tuvieran otra posibilidad que la de leer y obedecer. Juicios en los
que, además, esplende la muy decente máxima de que todo mundo es culpable,
hasta en tanto demuestre su inocencia… si es que el columnista y el periódico
le dan oportunidad de hacerlo.
¿Qué
ley, qué convención, qué asamblea soberana nos ha conferido la potestad de
otorgar, con magnífica suficiencia, lo mismo salvoconductos imprescriptibles
que inapelables pliegos de mortaja a funcionarios, dirigentes políticos o
sindicales, empresas e instituciones?
¿Cuántos
periódicos conceden al ofendido por una columna el mismo privilegiado espacio
para expresar sus inconformidades o rectificaciones?
¿Cuántos
juicios por difamación se ventilan en estos momentos –en los tribunales para
ciudadanos vulgares- contra
temibles columnistas?
Una
de dos: o en este angelical país nadie incurre en tales delitos o el régimen
jurídico de toda una nación y la moral pública se pueden poner en entredicho
por la audiencia de unos pocos.
Pero
hablar de ética entre nosotros los periodistas es como mencionar el cilindro:
casi todos afirmarían que lo pueden tocar, pero no muchos se ofrecerían de voluntarios para
cargar con él. Y no porque deseemos vivir al margen de leyes generales o de
particulares códigos de honor. Todo lo contrario. Nos preocupa profundamente lo
que ocurre, y a veces hasta nos indigna y lo rechazamos. Pero también hemos
sido perfectamente incapaces de hallar una salida.
Así
las cosas, el boom de
columnistas a que me refiero quizás debiera despertar la conciencia vigilante de la sociedad para
detectar a tiempo si este curioso fenómeno augura un perfeccionamiento del
periodismo mexicano o simplemente agrava
y extiende una amenaza que ya existía.
Un
decidido empeño de respetar hasta el escrúpulo el estatuto especial del
columnista y de afianzarlo para fundar con ello lo que puede ser el inicio de
una gran tradición, sin duda honraría al director del periódico pero arroja
sobre el columnista una tremenda, pública e intransferible carga de
responsabilidad.
Los
periodistas somos muy dados a la autocomplacencia y muy poco a la autocrítica;
y desde luego, la sola posibilidad de que otros nos enjuicien nos parece una
ofensa intolerable. Pero me parece que ya es tiempo de que en este país madure
la posibilidad de un juicio imparcial y abierto para todas y cada una de las
profesiones, sobre todo aquéllas que
tienen las más altas y por lo tanto la más graves responsabilidades de servicio
social.
La
sociedad tiene que encontrar una solución, de algún modo. Es preciso que
recupere su capacidad para juzgar a aquellos que dicen servirla, y para no
permitir regímenes de excepción porque éstos llevan inevitablemente a
servidumbres como las que quisieran imponer a esa misma sociedad grupos en los
que alienta el espíritu del fascismo, y que se valen de ciertos periodistas –
principalmente de los que practican géneros de opinión- para ir creando un infraestructura
de ideas que eventualmente les facilite el asalto del poder, al tiempo que
esgrimen la invectiva y la calumnia como
armas de intimidación contra todos aquellos funcionarios y líderes sociales a
quienes consideren enemigos reales o potenciales.
A
esto se expone permanentemente quien haya decidido practicar un género
periodístico que mucho tiene, pues, de solitaria aventura.
A lo largo de muchas conversaciones con don Manuel Buendía tuve el
privilegio de atestiguar cómo sus ideas sobre el periodismo y sus géneros se
pulían y perfeccionaban hasta esplender. Una tarde de mediados de 1981, en la
Universidad del Valle de Atemajac, estuve en el auditorio mientras el maestro
exponía una de las pocas tesis estructuradas sobre este género. Fue en la
conferencia titulada “Origen y proyección de la columna” que después publiqué
en Ejercicio periodístico, de donde he
tomado los párrafos en cursiva.
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