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Sección: Editoriales / Juego de ojos
Veinte puntos para una discusión sobre los medios mexicanos
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
07/10/2011 | Actualizada a las 09:22h
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Preso
de una preocupante nostalgia, hoy comparto con mis lectores las reflexiones que
escribí a fines de los ochenta para un encuentro en la Cámara de Diputados. En
aquella jornada pensé que la situación no podría ser peor. La relectura hoy no
aviva mi optimismo.
1. La inserción de nuestro país en un concierto mundial que como nunca está
interrelacionado, ha dejado de ser retórica de discursos: es una realidad.
2. Mucho antes de que la reordenación económica mundial nos insertara en una
región de “libre comercio”, México había entrado en una suerte de zona franca
en donde los medios de comunicación dejaron de tener fronteras nacionales en el
sentido clásico de la expresión.
Los satélites, los sistemas de cable y la comercialización internacional de la
información, no sólo hicieron que el mundo llegara a México en forma casi
instantánea, también expusieron a nuestro país a la mirada permanente del conjunto
de naciones.
3. Al igual que el sistema de producción protegido que durante décadas
privilegió el modelo de desarrollo mexicano, la información fue un bien
dosificado, contenido dentro de nuestras fronteras, portador de valores que se
tenían como refractarios a la influencia de “modelos” del extranjero.
4. En este contexto, nuestra opinión pública tenía como referencia principal el
conocimiento de los hechos que en forma lineal eran servidos desde la esfera de
la conducción del Estado. Como en la economía, México era una “isla”. El
desarrollo estabilizador tenía su complemento en una suerte de alejamiento
deliberado de lo que acontecía en otras zonas del planeta. Los medios mexicanos
servían a sus audiencias, en el mejor de los casos, un menú informativo que
contrastaba lo “bueno” dentro del país, con el “caos” del exterior. En México
había paz y crecimiento, con algo de pobreza inevitable, pero solucionable,
mientras que en otras latitudes eran la guerra, los asesinatos políticos, la
inestabilidad, los golpes de Estado y el hambre. “En México no pasa lo que en
Etiopía”, era una frase que las audiencias mexicanas de los cincuenta podían
repetir sin cargo de conciencia.
5. En la utopía mexicana del crecimiento y bienestar, los diarios en las
ciudades se multiplicaban sin alcanzar amplios tirajes, la televisión cubría el
territorio con “diversión” y no información, y la radio crecía en el modelo de
la “sinfonola” permanente y gratuita.
6. La crisis del fin del echeverriato -incubada en un modelo de desarrollo poco
cuestionado- no sólo sacudió a la economía: permitió que amplios sectores de la
sociedad descubrieran que no habían sido bien servidos por los medios. Salvo
excepciones valoradas mucho después, pero entonces satanizadas como visiones
catastrofistas, los medios fueron comparsas acríticos, cuando no sumisos, del
régimen. ¿Quién en los medios se atrevía a poner en duda la sabiduría de la
conducción del país si estaba fresco el recuerdo de impresos que desaparecieron
por ejercer una postura medianamente cuestionadora, o por que criticaron la
figura presidencial por omisión o deliberadamente?
7. Tlatelolco fue quizá el espejo negro de la nación. Salvo las excepciones de
rigor, los mexicanos leyeron, vieron y escucharon que un pequeño intento de
insurrección “azuzado por ideologías exóticas” no había logrado empañar el
compromiso de México como anfitrión del mundo en la Olimpiada. Los
cuestionamientos y críticas publicados más allá de nuestras fronteras fueron
conocidos sólo en los estrechos círculos con acceso a la prensa extranjera.
8. La antena parabólica fue como el martillo y cincel con que se empezó a
perforar el muro que nos protegía de la maldad del mundo. Como en las ondas
concéntricas, mayores porciones de la sociedad pudieron contrastar las informaciones
de los medios nacionales con los del extranjero. Una obligada primera fase de
la apertura enriqueció esta posibilidad con la presencia de títulos de revistas
y diarios extranjeros en las estanterías de cada vez mayor número de comercios.
Cierta clase ilustrada -crecientemente numerosa, por lo demás- comprendió la
importancia de leer Time antes que Excélsior. La proliferación de máquinas
de facsímil anuló prácticamente la eficacia del “mecanismo protector” contra
las “malas noticias” o las informaciones inconvenientes para la nación que
había sido la confiscación de publicaciones en los puntos de entrada al país.
La televisión por cable, inmune a la censura o a la interferencia en virtud de
las reglas del juego impuestas por el comercio y la apertura internacional -es
decir, por la “modernización”-, completó el derrumbe de los muros y nos puso en
un plano de igualdad informativa con los centros de mayor desarrollo
democrático. La noche en que los primeros cohetes norteamericanos cayeron sobre
Bagdad, el terror en los hogares de Pihuamo, Jalisco, México, no fue inferior,
y sí simultáneo, al que se experimentó en aquellos de las verdes colinas de
Annandale, Virginia, Estados Unidos.
9. Sin embargo esta penetración de los medios internacionales, poco pareció
sacudir a los medios nacionales. Siempre con las excepciones de rigor, nuestra
televisión, nuestros diarios y nuestra radio, continuaron más o menos con el
mismo modelo informativo.
10. Parece que la radio fue la que primero entendió este fenómeno, y genéricamente
el medio que a la fecha más ha ensanchado esa libertad fundamental que es la de
expresión.
No se pueden ubicar con precisión fechas, pero en la última década se han
multiplicado programas informativos de mayor duración (hasta cuatro horas
seguidas), más críticos y abiertos a la participación del público, y con mayor
alcance territorial. Hemos visto también el surgimiento de canales dedicados
exclusivamente a proporcionar información.
11. En los medios impresos, también en la última década, o con mayor precisión,
desde la crisis de Excélsior en 1976,
tenemos una corriente, aún insuficiente pero constante, de ofertas
periodísticas que se apartan del modelo tradicional. El “fenómeno Proceso”, de un periodismo preocupado con desvelar el lado oscuro del
poder público y privado y ajeno a la información complaciente, no fue exclusivo
de la capital. En todo el país tuvo seguidores que han corrido diversa fortuna.
12. Por lo que corresponde a las audiencias, es innegable que hoy existe en el
país un público más exigente, menos indiferente, más crítico y cuestionador de
los medios (y de las autoridades). Examínese el fenómeno del 88: las elecciones
más reñidas y cuestionadas de la historia moderna, fueron también el escenario
para el mayor cuestionamiento social de los medios de que se tenga memoria. Y
en particular ahí encontró su Waterloo el hasta entonces incontestado mito del
poder de penetración y convencimiento de la televisión. Ya hay mediciones (cfr.
Arredondo, et al.) que nos permiten comprobar la primera observación empírica:
el voto en los centros urbanos fue en sentido contrario al que proponía el
mensaje televisivo. Se comprobaba que el “efecto bumerang” no era una invención
de la academia.
13. Por lo que respecta al marco legal, tanto la libertad de expresión como el
funcionamiento de los medios, son temas añejos en nuestra sociedad. Desde la
disposición de no considerar a la imprenta como instrumento de delito, recogida
en la constitución del 57, hasta el aún no suficientemente explorado y comprendido
“derecho a la información”, pasando por una Ley de Imprenta anterior al actual
texto constitucional, y aún vigente, la discusión social sobre estos temas en
México ha sido rica y permanente, por mucho que pueda cuestionarse su eficacia.
14. Pareciera que desde el poder hay una visión esquizofrénica de los medios:
el discurso y el ritual oficiales los presentan como cimiento y argamasa de
nuestra democracia, y celebran su independencia y su rol de vigilantes y
acotadores del poder, mientras que en la realidad cotidiana se privilegia a los
que se mantienen en la ortodoxia del status
quo.
15. Un ejemplo ya clásico de esta visión pudiera ser el del gobernante que al
mismo tiempo que se negó a pagar para que le pegaran, instruyó a su Congreso
para que aprobara una modificación del texto constitucional garantizando el
“derecho a la información”. Pero el propósito fue fallido: la sociedad,
supuesta beneficiaria, no lo entendió; los medios, también supuestos
beneficiarios, se opusieron ferozmente, y tampoco lo entendieron. Se tuvo que
recurrir a la simulación: una consulta nacional
como quizá nunca antes se había dado en la materia, fue diluida en la
frivolidad de una frase todavía no igualada en su cinismo: “no se le encontró
la cuadratura al círculo”. Y si la ofensa no fue recogida, se debió quizá a que
las partes supuestamente beneficiadas tenían más interés en sepultar el asunto
que en seguir discutiéndolo.
La ironía: el mismo que se negó a “pagar para que le pegaran”, terminó su
sexenio, informativamente hablando, en manos del más pagador y manipulador de
todos los jefes de prensa. En el ocaso, “pagó para que no le pegaran”.
16. Ahí se vio lo delicado que es el tema. Por el lado de los medios, cualquier
iniciativa para modificar el marco legal se percibirá siempre como un intento
de control por parte del Estado, y será enfrentado con energía y eficacia, como
lo demuestran las discusiones sobre el mismo derecho a la información, o sobre
códigos que han pretendido castigar las filtraciones y preservar la “confidencialidad”
de ciertas acciones de Estado. Por el lado de la sociedad, siempre habrá mayor simpatía hacia los medios tal como están ahora,
pese -esa es la paradoja- a la conciencia creciente de que poco han servido,
genéricamente, a las mejores causas de la sociedad, que para un nuevo marco
legal que en el papel ofrezca mejores condiciones. Ello es consecuencia, quizá
no única pero importante, de una generalizada desconfianza en el aparato del
gobierno y en sus intenciones.
17. Sin embargo, discutir, reflexionar, analizar a los medios, es algo cuya
importancia hoy ni los mismos medios pueden minimizar. Y como en la anécdota de
los economistas, los medios son demasiado importantes para dejarlos sólo en
manos de los periodistas, los editores y los empresarios. Los medios son por
necesidad un bien social, y su discusión es por necesidad asunto de la sociedad
toda, incluido el gobierno.
18. ¿Puede el Congreso esperar una reacción favorable de los medios y de la
sociedad en este intento de “actualizar la legislación en materia de
comunicación social”? Difícilmente. No deben olvidar los diputados que los
propios medios se han encargado de ofrecer de ellos una imagen de holgazanería,
molicie, frivolidad y desinterés por las verdaderas causas populares. Al día de
hoy, en el argot del gremio se llama “diputado” al desconocido que se encuentra
muerto en la vía pública. Injusta imagen, sí; pero de ninguna manera algo que
deba ignorarse.
19. ¿Hasta dónde se extenderá la sensación de que los diputados invertirán una
considerable porción de energía y de recursos en un tema sin salida cuando la
nación se encuentra en el centro de la más aguda y peligrosa crisis de los
tiempos modernos? No quiero sugerir, por supuesto, que el tema no sea de
capital importancia precisamente por la crisis, sino de la percepción social
que se tenga del mismo.
20. Vista la necesidad, habría que buscar otros caminos para abordar la
discusión. En primer lugar, separar lo técnico -por así decirlo-, de lo social;
reagruparlo y no mezclarlo. Por ejemplo, satélites, informática, antenas
parabólicas y telecomunicaciones, por su naturaleza técnica -que no única, entiéndase- pueden ser abordados con menos
complicaciones. Derecho a la información, prensa escrita, radio, televisión,
cine, libros, teatro, requieren de mayor cuidado. ¿Por qué no iniciar el
abordamiento del gran tema criticando la ausencia de una política de comunicación social del gobierno de la República?
Habría mayor atención razonada a una propuesta para que sea el propio aparato
de gobierno el que dé el ejemplo de transparencia en sus relaciones con los
medios. Ya se han dado pasos en ese sentido (pago de viajes, cancelación de
pagos por la libre, disminución de los presupuestos publicitarios, venta de los
medios del Estado, apertura de las fronteras al papel, legislación sobre gastos
de propaganda política, etc.). ¿Puede razonablemente exigirse a los medios que
certifiquen sus audiencias cuando el gobierno se rehúsa a hacer público el
monto de su gasto publicitario y propagandístico? Estas son cuestiones que
podrían dar pie a una discusión que, de entrada, no genere un muro de
desconfianza entre los medios y entre las audiencias.
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