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Sección: Editoriales / Juego de ojos
El león y el unicornio
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
23/09/2011 | Actualizada a las 21:08h
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Durante
73 años el león y el unicornio deambularon por la memoria del imperio con una
llave para la que ya no había puerta. Pero he aquí que por la modernidad, o la
globalidad o el neoliberalismo o sabrá santa cachucha qué, se abrió una rendija
en la coraza patria que guarda nuestras riquezas del subsuelo y, aunque ya desdentados
y artríticos, los nahuales de la Pérfida Albión recuperaron un jirón de la
tierra de la que fueron expulsados en 1938.
La
imagen del senil par de brutos arribando a Tabasco siete décadas después de
aquella jornada del 18 de marzo que para bien o para mal llevamos los mexicanos
en el ADN, es de una plasticidad maravillosa y enmarca la noticia de que Pemex otorgó
contratos para la explotación de campos petroleros “maduros” a una empresa
inglesa.
Así
lo consignó el diario electrónico Contracorriente en su edición del 19 de
agosto: “En lo que se considera una licitación histórica, Pemex anunció ayer
que la petrolera inglesa Petrofac Facilities Management resultó ganadora en dos
subastas de contratos integrales para la exploración y explotación de los
campos petroleros de Magallanes y El Santuario en la región sur del país […] Desde
1938 no se otorgaban contratos a empresas privadas extranjeras o nacionales
para que ellas realizaran todo un proyecto integral, donde se realiza la
exploración y extracción de crudo.”
“Para
este concurso se debieron librar incluso varias controversias constitucionales.
Antes, Pemex contrataba a las empresas indicándoles donde quería que le
perforaran un pozo y les pagaba por ese servicio, pero ahora las firmas
privadas tomarán decisiones de donde perforar y poner pozos.”
Imagine
el lector la siguiente escena en el Mictlán: Sir Weetman Pearson, primer
vizconde de Cowdray y Sir Owen St. Clair O´Malley, pintas de Shepherd Neame en
mano, se carcajean a dúo mientras que Edward L. Doheny, brazos en jarra y
alegre semblante, danza el son de San Patricio alrededor de una botella de Budweiser.
¡Carajo!
Pearson
era propietario de “El Águila”, la empresa que desarrolló Potrero del Llano (apodado
“el parlamentario mexicano” en la Cámara de los Comunes por sus monumentales
intereses económicos en nuestro país); O’Malley (altanero y lerdo según todas
las referencias y la lectura de sus memorias evidencian) fue expulsado del país
cuando como ministro inglés quiso regañar a Cárdenas por la osadía de expropiar
una empresa tutelada por la Cruz de San Jorge. Y Doheny, bueno… ¡qué decir de
don Eduardo! Suya era la Huasteca Petroleum Company y tuvo una vida fascinante
que he reseñado antes. Aquí únicamente recordaré que quiso organizar una invasión
y que cabildeó intensamente en Washington para que el gobierno de México fuera
derrocado.
Aclaro
que no milito en las filas de quienes creen que el petróleo es “nuestro” y que
más vale bien podrido que mal vendido. Como he escrito en otro lugar, pienso
que el general Cárdenas expropió por motivos políticos más que económicos y que
si bien hizo lo correcto a la luz de las circunstancias del país en 1938, nos
heredó un modelo que propició los vicios que aquejan a la paraestatal encargada
de producir nuestros hidrocarburos.
Ahora
bien, no tengo maldita idea de qué sea un “campo maduro” y por lo tanto no
puedo opinar si los cuatro presidentes municipales tabasqueños que promovieron
una controversia constitucional para frenar los contratos tienen o no razón. Pero
el sentido común me hace preguntar si debemos seguir comprando gasolina al
extranjero, si debemos callar cuando inefables intereses mantienen congelado el
proyecto de una nueva refinería en Hidalgo o si es correcto pasar por alto que
las cargas fiscales a Pemex le restan competitividad en el mercado interno y
controles del pasado le impiden generar recursos en asociaciones con empresas
extranjeras. En esto coincido con Aguilar Camín (Milenio, 21 de septiembre): “El
petróleo ha sido muchos años el alcahuete de nuestra improductividad,
específicamente en materia fiscal, pues la hacienda pública mexicana sin el
exorbitante descuento que hace de la renta petrolera sería un desastre
impresentable.”
Me
parece que ya es tiempo de revisar nuestra historia, someternos a una gran
catarsis nacional y aceptar que tratar con forasteros no nos va a contaminar, que
las “ideas exóticas” no nos van a inficionar el cerebro y que allegarnos de capitales,
nuevas técnicas y procedimientos, vengan de donde vengan, no significa la pérdida
de lo “mexicano” ni configuran una traición a la patria.
Mueve
a risa, aunque debiera preocupar, que algunos “defensores” del petróleo, una
vez terminadas sus arengas, suban a sus Ford, Chevrolet o Honda, manipulen sus
Blackberry para subir a su Tweeter los pormenores del éxito de su campaña,
ordenen a sus estrategas posicionarlos en Facebook, inviten a sus cofrades
mediante iPhone a reunirse en el Suntory o en The Palm y ahí, entre güisquis,
vodkas y ginebras, celebren su patriotismo.
Un
conocido me platicó que durante un encuentro en Alemania alguien sacó a
colación aquel dicho que dicen dijo don Porfirio: “Pobre México, tan lejos de
dios y tan cerca de los Estados Unidos”, a lo cual uno de los teutones
presentes respondió: “¡Pues ya quisiéramos nosotros tener no tres mil sino diez
kilómetros de frontera con ese mercado!”
En
circunstancias internas y externas de una adversidad hoy inimaginable, Cárdenas
pudo construir una idea que fue el punto de reunión de la mayoría de los
mexicanos y motor de una cruzada que permitió llevar a buen fin un propósito
que parecía descabellado: enfrentarse al poder de las transnacionales del
petróleo y ganarles la partida por primera y única vez en la historia. Harían
bien los publicistas y mercadólogos modernos en revisar aquel episodio para
aprender que no es con jingles como se moviliza a una nación.
Concluyo
ofreciendo una disculpa a otro habitante del más allá, pero éste sentado a la
diestra del dios druida Esus: perdón George, ¡no resistí expropiar el título de
tu gran ensayo para esta frivolidad!
Amén.
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